APARADOR: A veces fresas, ñoños o nacos… una reflexión sobre nuestros prejuicios

Los prejuicios siempre están presentes en nuestra vida cotidiana, seguramente todos hemos sido víctimas de ellos, aunque la mayoría de las veces ni siquiera nos enteremos que fuimos objeto del prejuicio de otro. A la par, nosotros también mismos somos jueces de los demás y los enjuiciamos antes de conocerlos. A diario somos jurados implacables de cómo se visten los demás, de su forma de ser e incluso de lo que podemos esperar de ellos.

Alfonso Jiménez / A los 4 Vientos

A nadie le gusta ser víctima de prejuicios, queremos que primero se nos trate y se nos conozca antes de ser juzgados; creemos que cuando lo que nos rodean sean testigos de nuestro comportamiento, entonces podrán valorar que no somos aquello que aparentamos ser a primera vista. Prejuzgar pareciera una tontería, una acción infructuosa, ya que al prejuzgar generamos una idea del otro en función solo de nosotros mismos y de nuestra limitada visión de la vida. Si es así, ¿por qué insistimos en prejuzgar a los demás? Sabemos que lo que pensemos del otro previo a conocerlo es una idea creada por nuestra propia percepción de la vida, buscando que los demás encajen en visión que nosotros tenemos de lo que las personas deben ser. Pero, además, sabemos que los prejuicios tienen alcances nocivos e incluso nos molesta que seamos víctimas de este tipo de acciones… sin embargo, ello no nos ha quitado el derecho que creemos tener para juzgar a los demás.

Sin embargo, ¿qué pasaría si realmente prejuzgar no fuera absurdo? Los prejuicios nos permiten encontrar una relativa satisfacción en tratar de establecer lo que la otra persona es, incluso aún sin conocerla. Decimos que alguien es fresa, ñoño, naco o cualquier otro calificativo, y sabemos que no conocemos a quien prejuzgamos, pero la verdad es que eso conocerlo no nos importa, ya que prejuzgar nos da cierta satisfacción. Incluso quienes se afanan de no prejuzgar a la gente están inmersos en un simbolismo que les orienta sobre lo que una persona puede ser incluso sin haber tenido trato con ella.

¿Qué es lo que nos importa entonces? ¿Qué función pueden tener los prejuicios? Sí, atentan contra la moral, contra la paz en las relaciones, pero, ¿acaso son evitables? Pareciera que prejuzgamos porque nos interesa el otro, queremos adelantar la posibilidad de conocerlo. Nada más falso, en realidad, la intención de enjuiciar a las personas es un acto de egoísmo bastante satisfactorio. Al asignar calificativos satisfacemos nuestra necesidad de darle sentido a lo que nos rodea. Me permitiré explicar más a fondo este punto.

Nuestro pensar sobre las cosas, los objetos, las situaciones, incluso de las personas no es en sí misma, no es de facto, sino que es resultante de nuestro juicio, de nuestra percepción. Lo que nos agrada o nos asusta está relacionado con nuestra propia perspectiva, experiencia y aspiraciones, más que por las cosas en sí. En función de nosotros mismos (nuestra historia y vida) es que el mundo adquiere sentido. Buscamos valorar o enjuiciar para dar sentido a lo que no tiene sentido en sí mismo, vaya, para tratar de entender nuestro mundo.

Los prejuicios nos permiten saber en dónde estamos parados y quién está en nuestro alrededor. Poco nos importa saber quiénes son los otros, aunque en la impresión inicial ese pareciera ser el sentido de prejuzgar. Etiquetando al otro como fresa, naco, ñoño, machista, odioso, amable, amoroso, o lo que sea, satisfacemos nuestra intención y necesidad de entender y darle sentido a las personas que nos rodean y de las cuales no tenemos idea sobre cómo son.

A partir de enjuiciar la forma de vestir, los ademanes, entre otras cosas que en realidad no tienen la mayor importancia, construimos en nuestra mente una posibilidad de lo que el otro es. Al menos en un primer momento no tiene importancia realmente quien sea, ya que gracias al prejuicio hemos alcanzado un relativo entendimiento del otro. De esta manera logramos satisfacer nuestra egoísta necesidad de saber quién está frente a nosotros.

Nos molestan los prejuicios, pero todos hemos sido víctimas y victimarios. En el proceso de juzgar a los demás, la persona que realmente nos importa somos nosotros mismos y juzgamos para satisfacer nuestra necesidad de entender lo que nos rodea. En lo personal yo dudo que aún conviviendo con el otro logremos desapegarnos de nuestra necesidad de juicio, aunque será un tema para otra ocasión. Por el momento, después de esta reflexión me tocará lidiar con mi propio egoísmo y con la satisfacción y relativa certeza que mis prejuicios dan a un mundo impreciso, inexacto e impredecible, ¿a usted con qué le toca lidiar?


José Alfonso Jiménez Moreno es un mexicano –entre chilango y ensenadanse– interesado en estudiar todo aquello que ayude a conocer lo humano.