APARADOR: La maldición de la esperanza

Comienza un nuevo año. A su inicio reflexionamos sobre los aciertos y errores del año previo como preámbulo para plantear lo que esperamos que suceda en el nuevo ciclo que inicia. Buscamos dejar de fumar, ser más responsables y terminar algunos proyectos inconclusos, tener más amistades, bajar de peso, mejorar en el trabajo, entre otras cosas. Todos esos proyectos o propósitos están cargados de la esperanza.

Alfonso Jiménez / Ilustración por Gabriel Moreno / A los 4 Vientos

La esperanza no es exclusiva del inicio de año, es algo que tenemos presente constantemente en diversos ámbitos y situaciones de nuestra vida, particularmente cuando deseamos algo bueno. Por ejemplo, en una situación de enfermedad, nos esperanzamos de una mejora de la salud; en una condición de desempleo, nos esperanzamos de contar con un trabajo; al no tener pareja podemos desear encontrar el amor de nuestra vida. La esperanza es aquello que nos permite dibujar lo deseado a futuro a consecuencia de alguna falta en nuestras vidas.

Coloquialmente se dice que la esperanza es lo último que muere. Para los antiguos griegos, la esperanza (representada con la diosa Elpis) era aquel espíritu que yacía hasta el fondo de la caja de Pandora, representando así que es lo último que se mantiene cerca del ser humano cuando ya las calamidades han salido a la luz. De esta manera, la esperanza representa una especie de confort en la vida humana que estará a nuestro lado aun cuando todo parezca perdido.

La cuestión con la esperanza es que se presenta frente a nosotros únicamente cuando las calamidades han salido a flote. La esperanza es una especie de declaración de que todo se ha perdido, que hemos sido víctimas de desgracias en algún aspecto de nuestra vida; ésta se hace latente en el malestar que nos acecha.

La esperanza no necesariamente es un confort frente a la tragedia, sino que es la manifestación de la tragedia misma. La posibilidad de pensar que las cosas tenderán hacia la mejora en el amor, el trabajo o lo que sea que nos acongoje, implica necesariamente que la agonía de la pérdida o la desgracia se mantenga constantemente presente en nosotros; de alguna manera es una especie de maldición humana. La esperanza no favorece que las cosas mejores sucedan o se presenten frente a nosotros, por la esperanza misma no dejaremos de fumar, bajaremos de peso o encontraremos un mejor trabajo, pero sí nos recordará nuestros males y la inevitable necesidad de pensar en trascenderlos.

Tener esperanza, basar nuestras acciones y futuro en ella nubla la vista. La esperanza no es real en sí misma, sino que representa la lejanía de lo que no es en nuestras vidas, es un constante recordatorio de que la vida que se tiene, difiere de la que se desea. Siendo así, ¿qué tanto debemos esperar algo bueno del futuro? Si la esperanza no ofrece certeza ni virtud, ¿sobre qué nos basamos para salir triunfantes frente a la adversidad?

Para tratar de dar respuesta, el filósofo Arthur Schopenhauer -conocido por su visión pesimista de la vida- nos sugiere evitar negar el hecho de que hay cosas indeseables en nuestra vida y la de los demás. Estar subido de peso, estar enfermo, no tener pareja o estar desempleado son elementos que forman parte de lo cotidiano y, en muchas ocasiones, son consecuencia del azar; en el mejor de los casos, nosotros somos responsables de lo que nos acontece. La aceptación de la existencia de cosas que valoramos como malas y la valoración de nuestro nivel de responsabilidad en que hayan sucedido nos ayudará a enjuiciarlas en su medida y bajo nuestras propias condiciones de vida, abonando así a la comprensión de nosotros mismos.

La esperanza por sí misma no abonará a comprender nuestra responsabilidad sobre nosotros y las condiciones de vida en las cuales estamos. Por el contrario, si aceptamos la propuesta de Schopenhauer, evitar nublarnos la vista con la esperanza y aceptar nuestras condiciones podría ser realmente el primer paso para generar acciones de cambio a diario y cada inicio de año, si es que nos gusta pensar en la idea de los propósitos de año nuevo. No necesitamos el constante recordatorio de los malestares que origina y genera la esperanza, tal vez solo necesitamos aceptarlos para reflexionar sobre nosotros mismos.

 

 

José Alfonso Jiménez Moreno es un mexicano –entre chilango y ensenadanse– interesado en estudiar todo aquello que ayude a conocer lo humano.