APARADOR: Entre la verdad y la mentira

Odiamos que nos mientan. Nos disgusta que alguien nos diga algo que sospechamos que no sea verdad, incluso toda persona en su sano juicio tiene una actitud de molestia o repulsión en algún grado sobre alguien que le ha mentido.

Alfonso Jiménez / A los 4 Vientos

Tanto nos parece desagradable la mentira que tenemos estructuras sociales que atienden a su control, por ejemplo, las leyes, la religión o la ciencia. Bajo la óptica de la ley, la mentira atenta contra la moral y la posibilidad de separar los lazos que nos mantiene unidos como sociedad, ya que es el uso de la verdad aquello que nos lleva hacia la libertad y a poder confiar entre nosotros.

La religión, al menos la católica, considera a la mentira como un pecado que nos aleja de la palabra de Dios; aquel que miente, establece distancia de las acciones a las que Dios nos encamina, que es el camino de la verdad. En la ciencia se establecen métodos y técnicas que nos permitan rasguñar la verdad sobre lo que las cosas son y cómo funcionan. En el terreno científico no se acepta la posibilidad de no enunciar algo que no tienda hacia la verdad.

Si la palabra verdadera nos acerca a Dios, nos permite mantenernos como sociedad y nos explica lo que las cosas son y cómo funcionan. ¿Por qué seguimos mintiendo? La mentira no es algo natural, no lo vemos en las manifestaciones de otros seres; por ejemplo, algunos animales no mienten –como los perros o gatos–, en ellos no existe esa posibilidad.

Cuando uno miente a otra persona suele deberse a que en ese momento la mentira nos parece más valiosa que lo que la verdad nos pueda ofrecer. Podemos mentir en pro de obtener un trabajo, de mantener estabilidad, de no ofender a los amigos o a la pareja, de evitar que nos encierre la policía, depende el caso. Dibujamos una realidad que no hace justicia a los hechos sucedidos o a nuestra verdadera forma de pensar. La mentira nos da cosas que la verdad no necesariamente ofrece, a pesar que nos permita mantenernos como sociedad o acercarnos a Dios.

Sea lo que sea que hayamos ganado con la mentira en cada caso que hemos mentido, asumimos que nuestros intereses están por encima de la verdad. Ahora, habrá quien diga que la verdad es relativa, que está en función del observador y la circunstancia, y sí, es una posibilidad; sin embargo, ello no reduce el hecho de enunciar cosas que no atiendan a lo que se considera verdadero. Vaya, independientemente de lo que sea la verdad, enunciamos una mentira de forma intencionada.

Cuando alguien nos dice una mentira nos ofendemos, sabemos que intencionalmente atendió en contra de lo que nos mantiene unidos, que hay un interés individual del mentiroso que está por encima de nuestra relación con él. La mentira es ofensiva debido a que supera el bienestar del otro y el bien común. También se da el caso que aceptemos mentiras, ya que abonan a nuestra estabilidad e intereses.

La cuestión es que la mentira es un reflejo de nuestra esencia como seres humanos. Buscar la verdad significa que reconocemos que esta fuera de nosotros, que no nos pertenece. Enfocarnos en la verdad es como cuando deseamos algo, no es de uno, pero queremos que nos pertenezca; está alejada de nuestro ser y de lo que nos constituye, por ello la reconocemos y vamos tras ella. Tenemos la mentira dentro de nosotros y a través de mecanismos sociales (como los ya mencionados iglesia, leyes y ciencia) buscamos artificialmente hablar y dirigirnos con la verdad.

Es como si estuviéramos dentro de una caverna oscura, en la que podemos reconocer la luz al final del túnel, lejos de nosotros; así reconocemos nosotros la verdad. Lejos de nuestra caverna personal, en la cual tenemos nuestra estabilidad e intereses, reconocemos a lo lejos la posibilidad de la luz. Aunque lo más reconocible para nosotros es la mentira.

Buscar la verdad, decir la verdad y seguir el camino de la verdad son las acciones más nobles. Representan la posibilidad de la unión entre seres humanos; de forma contraria, sumirnos en la mentira representa el pecado, es decir, aniquilar la posibilidad de ser con otros. Sin embargo, la verdad se mantiene como una posibilidad, una luz al final del camino. Nuestra realidad es la mentira, esa se vive, esa se sabe, esa atiende a nuestros intereses y estabilidad. Hablar y conducirse con la verdad es un riesgo, por ello, lo conocido, lo nuestro, es la mentira.

 

José Alfonso Jiménez Moreno es un mexicano –entre chilango y ensenadanse– interesado en estudiar todo aquello que ayude a conocer lo humano.