SALTO CUÁNTICO: #Soy migrante…

“La mayor parte de la gente es buena, es normal, con las lógicas debilidades humanas. Detesto a los que humillan a los más débiles y me irrita profundamente que algunos vuelquen sus iras contra los inmigrantes como causantes de los problemas que padecemos (…)”

Miguel Ángel Revilla

Imagina por un momento que te quedaste sin casa, que has buscado por meses trabajo  y no consigues. Tienes hijos, no hay nada que poner en la mesa; las ofertas de empleo gubernamentales no dan respuesta; tienes dos meses viviendo con unos parientes que ya no pueden sostener tu estancia y la de tu familia. Duermen en el suelo con apenas unas frazadas, el crimen organizado y las policías te persiguen, unos para reclutarte y los otros para extorsionarte lo poco que pudieses juntar entre dádivas y trabajitos ocasionales. Tus hijas han corrido el peligro de ser secuestradas por tratantes de blancas y a tus hijos los andan rondando pandillas y puchadores. Gran parte de tus conocidos están igual o peor, no hay garantía de nada ni posibilidades en corto y mediano plazo, mucho menos a un futuro incierto. Te dicen fuentes que crees confiables y con el ofrecimiento de apoyo económico que en el norte hay oportunidades de solicitar asilo ante la inseguridad que priva en tu tierra, que es un derecho humano fundamental y que no debe serte negado, que además, si vas en bola, con otros en tu misma condición es más seguro y tal vez funcione. No tienes nada que perder puesto que no tienes nada y más vale irse con todo y familia antes que mueran de hambre, y que tus hijos e hijas los pierdas en manos del crimen. Optas por huir, agarras lo que puedes y te unes a una marcha improvisada pero con un sueño prendido en la imaginación, conseguir trabajo. Sabes que en la comitiva van individuos oscuros que no muy bien digieres qué demonios hacen ahí.

José Luis Treviño Flores/ A los 4Vientos

Te das cuenta que te convertiste junto con tu familia en un paria, en un indigente señalado como un estorbo social y que dependes de la caridad. Algunos nativos de los países por los que pasas te proporcionan albergue y comida, cosa que no tenías.

Una madre migrante con sus dos hijos más pequeños descansa un momento de la larga caminata. Foto: EFE/El País. Internet

Pese al frío y las largas caminatas, sueñas obtener piedad cuando llegues a la frontera de Estados Unidos con México. Por el contrario, de una parte de la población mexicana recibes trato de delincuente, de arrimado, de oportunista, flojo, abusivo, sucio, desagradecido y por culpa de unos cuantos arribistas que van en tu caravana, que ya no sabes a bien si todo eso fue planeado para desestabilizar utilizándote, observas que medios masivos con cizaña y crueldad magnifican un comentario absurdo en una generalidad mal enfocada que pone aún más en riesgo a tu familia. ¿Qué hacer? Te ofrece el gobierno tercermundista como el tuyo del que vienes, un trabajo para sobrevivir, y apreciaste en tu trayecto que muchos mexicanos viven igual o peor y pese a ello recibiste ayuda y caridad.

Imagina que eres tú y solo recibes memes racistas, comentarios xenofóbicos, clasistas. Lo has perdido todo y te aferras a un trozo de cobija, un plato con apenas poco y tus hijos enfermaron. El día que esa realidad te atrape, harías lo mismo y querrías ser tratado como ser humano y no como un perro callejero. Lo peor es que muchos de los que salieron contigo ya desaparecieron, nadie sabe dónde están, tus hijos ya no pueden más, tu mujer camina con paso incierto y tú estás entre regresar, seguir o quedarte en la tierra mexicana. ¿Cómo es que  pasaste de hombre trabajador con familia, a ser un migrante sin más posesión que una mochila y las manos desesperadas de tus seres queridos? 

¿De verdad crees que migrar a la total incertidumbre es por gusto? ¿En serio te crees eso de gritar ¡largo de aquí! a personas muertas de hambre?

¿Acaso ya te viste en un espejo y te reconociste tan latino como un hondureño o salvadoreño? O piensas que por tener techo y trabajo eres superior y te piensas clase sublime. Que vergüenza y que deshonor actuar como fascistas desde una realidad tan endeble.

Marcha antimigrantes de un grupo de tijuanenses. Foto: internet

Por tan sólo un minuto, piensa que perdiste todo, como ellos, por tan sólo un instante ponte en sus zapatos, sin nada, sin nadie… Te utilizaron una vez más, el sueño americano no existe, sólo alambres de púas, muros infranqueables.

Además y por mucho, el mismo pueblo de México ha migrado por décadas, la diferencia es que lo ha hecho en pequeños grupos o en soledad, miles se han perdido, han sido asesinados, esclavizados, no somos diferentes, nada más en tiempos distintos y realidades paralelas.

La misma clase conservadora a la que crees pertenecer pero sin recursos económicos, está detrás de cada vileza, eres peor, porque vas y gritas vituperios por encargo o por mendrugos, ondeando tu bandera, mancillándola, haciendo pasar a tu lábaro patrio vergüenza mundial.

El alcalde de Tijuana, Juan Manuel Gastelum Buenrostro fue elogiado por el presidente Donald Trump por sus declaraciones xenófobas contra los migrantes centroamericanos. Foto: internet/El Universal

Hay voces que marcan con desafío cruel la raya “patriótica”, como si patria fuese un término peyorativo. Aquellos que osan utilizar el dolor para fines políticos y contraponer el hambre con la necesidad, despojando de su humanidad a quienes jamás han tenido nada, habrán de recoger los despojos de su tierra, tierra por donde pasaron los abandonados, los necesitados, lo humildes, los que perdieron todo.

Cada vez que grites con falso orgullo a un hermano latino un ¡largo de aquí!, te estás lanzando tú mismo a la ignominiosa ladera donde habitan los que no tienen dignidad, decencia, empatía y tus hijos aprenderán que el desprecio es una forma de vida que sutilmente carcome el alma, la consciencia.

“Cuando la gente sale de su país, se convierte en la caricatura de los que se quedan. Esta frase me mató. Es una realidad de los emigrantes. Bueno, yo nunca he salido de mi país, pero sí conozco gente que lo ha hecho y uno no sabe si reír o llorar

Jorge Franco