Moviendo espíritus en la obra «Los muertos también cuentan»

Los últimos meses del año siempre son la excusa perfecta para montar todo tipo de presentaciones artísticas. Especialmente en la frontera, donde seguido se adoptan tradiciones propias de los vecinos del norte, los días entre octubre y diciembre están cargados de obras del día de gracias,  bailes de navidad y casas embrujadas por Halloween. La línea entre México y Estados Unidos es muy difusa en la frontera; quizá por eso resulta refrescante toparse con obras puramente mexicanas.

Sofía Grijalva/ A los 4 vientos

***

El pasado miércoles 31 de octubre fue uno de esos días de aire fresco. La obra Los muertos también cuentan, organizada por el Instituto de Cultura de Baja California, estaba por presentarse en el foro del café/librería Libromar. La obra debía comenzar a las 8pm; para las 7:30 el lugar estaba lleno al máximo de su capacidad.

Es algo curioso cuando obras de la naturaleza de Los muertos también cuentan logran invocar suficientes personas para llenar una sala. A pesar de que por el simple título y las fechas en que se llevó a cabo era evidente que el tema estaría basado en la tradición del Día de Muertos, realmente no era posible tener una idea de qué esperar. La mayoría han visto alguna vez el ballet del Cascanueces, o por lo menos han sido partícipes de El nacimiento del niños Jesús, pero ¿y el día de muertos? ¿Qué tan seguido se monta un altar de muertos hoy en día?. Es un campo desconocido, no quedaba más que sentarse a esperar que anuncien la tercera llamada.

Una voz ronca anuncia la tercera llamada, las luces se apagan, el chachareo del público se apacigua de golpe y comienza la obra con algo de música ambiental. Se escucha silencio, o mejor dicho lo que el silencio permite escuchar, sólo grillos y el soplo tenue del viento, el público se muestra un tanto impaciente, y en la oscuridad se pueden distinguir cabezas volteando de un lado a otro buscando quien sabe qué cosa. Entonces, de las escaleras del foro, baja lentamente un hombre sosteniendo una pala y una lámpara de aceite, comienza a hablar: “En el principio de los tiempos, nadie moría, y los hombres y los animales se reproducían sin parar”,  bajo esa premisa no mucho ha cambiado desde este supuesto principio de los tiempos.

***

La obra Los muertos también cuentan es una función de dos programas artísticos: La muerte pies ligeros de Natalia Toledo y No oyes ladrar los perros de Juan Rulfo. Ambas interpretaciones fueron llevadas a cabo con la colaboración de Catalejo-Teatro, la academia de danza contemporánea Cuerpo Expresivo, la academia de baile afroguineana Inuali Fare y la participación de Manuel Ayuso Chacón en percusión.

Los primeros 15 minutos de Los muertos también cuentan estuvieron dedicados a una interpretación dancística de La muerte pies ligeros. El guion de esta obra cuenta la historia de cómo la muerte, preocupada por la sobrepoblación en el planeta, elabora un plan astuto para eliminar a tantos seres vivos sea posible, engañándolos en un juego de saltar una cuerda de tamarindo hasta morir del cansancio. El elenco estuvo conformado por 13 intérpretes; Omar Domínguez (narrador) Martha Jiménez y Roberto Razo (seres humanos), Samantha Badri Gómez Díaz (el chango) Martha Jiménez (la iguana) Alaia Medina (sapo) Martha Jimenez (coyote y chapulín) Soraya Magdaleno (Conejo) y Vanessa Ramos (lagarto).

Estos 13 jóvenes se pararon sobre el escenario, transformados en hombres y animales, dispuestos a entregar de sí lo que fuera necesario. Si la escena requería risa, reían desquiciados; si requería enojo, miraban al público con ira en los ojos; y cuando llegaba el momento de morir, ellos caían con todo el peso de su cuerpo al suelo.

Hubo un momento en que mientras Alex (la actriz que interpretó a la muerte) hacia su danza introductoria, todos los niños presentes comenzaron a llorar, asustados terriblemente por la forma en que esta joven miraba fijamente al público, como una serpiente mirando a su presa. En los movimientos de estos bailarines se podía seguir la historia como líneas de un cuento.

 

El segundo acto correspondió al cuento breve No oyes ladrar los perros de Juan Rulfo, interpretada por los actores de Catalejo-Teatro: Damian Flores en el papel de Ignacio,  y Ángel Blanco interpretando al padre de Ignacio.

La obra comenzó con Ignacio y su padre, sentados a la mesa en completo silencio, iluminados por una vibrante luz roja detrás. Lentamente la muerte hizo acto de presencia de nuevo, se escabulló entre ellos, y comenzó a rodearlos con su cuerda hasta que Ignacio terminó atado a la espalda de su padre. Padre e hijo abandonaron el escenario y empezaron su recorrido entre el público, el recorrido por el monte hasta Tonaya, donde con suerte Ignacio ,cargado por su padre, podrá sanar sus heridas y vivir un día más.

No oyes ladrar los perros narra el peregrinaje de un padre y su hijo Ignacio herido de muerte hasta el pueblo de Tonaya. En el camino, Ignacio es repetidamente reprochado por su padre por haberse convertido en un hombre de malas andadas: “¡Que se le pudra en los riñones la sangre que yo le di!” le grita con sudor en el rostro.  A pesar de que el diálogo evidencía una relación tumultuosa entre padre e hijo, Ángel Blanco, interpretando al padre, muestra a todo momento un rostro de desesperación paternal, intensificado por el sudor cayéndole por el cuello.

En la obra el padre mantiene la esperanza de salvar a su hijo, a pesar de tener todo en su contra; la oscuridad de la noche; el propio peso de Ignacio; el camino empinado del monte; todos estos elementos crean una atmósfera trágica, un ambiente de esperanza desesperada como lo llama Ada Aragona en su resumen del cuento. Inevitablemente Ignacio muere en la espalda de su padre, y éste lo reposa sobre el escenario, con la cuerda de la muerte rodeando su cuerpo. La esperanza de llegar a Tonaya desaparece en ese instante, un silencio total  engloba a toda la sala, pero el padre aún intenta hablar con su hijo, aunque lo único que puede decir es otro inútil reproche “¿Y tú no los oías, Ignacio?»  dijo «No me ayudaste ni siquiera con esta esperanza”.

Los muertos también cuentan culminó como empezó, con unas palabras del  narrador, quien se descubre es un sepultero con una filosofía de respeto hacia la muerte: “los muertos son los seres más buenos que hay”, dice mientras regresa a la oscuridad de la que emergió. La puesta en escena logró ser más que historia y diálogo, o música y baile, emoción pura, comunicada a través del cuerpo de los actores directamente hacia los miembros del público, en quienes se pudo percibir una inmersión en la obra por la manera en que seguían con la mirada cada movimiento de los intérpretes. Definitivamente estas fechas del año están cargadas de obras, bailes y eventos artísticos, algunos ya conocidos y repetidos año tras año, pero otros, como Los muertos también cuentan, son una muestra del talento que se germina aquí mismo en nuestra tierra.