MEMORIAS DE NADIE: ¿Quién le teme a López Obrador?

Pérez: «¡Nos van a convertir en Venezuela, nos van a expropiar, nos van a…!»

Ramírez: «Lo sé, lo sé, nos van a castigar… y tanto que nos ha costado a nosotros expropiar a las mayorías…»

Don Nadie / A los 4 Vientos / Imagen de portada: «A volar», monero de Rapé

¿Quién le teme a López Obrador? ¿Cuál es el perfil de los personajes que promueven tanto odio contra el nuevo mandatario? ¿A qué le temen? Propongo que en esta ocasión, para responder a estas cuestiones, iniciemos con un ejercicio de imaginación: contemos una pequeña historia.

Sentado en el restaurante de un hotel de veinte pisos Carlos Slim cena langosta acompañada de vino blanco mientras conversa con otros cinco empresarios mexicanos. Entre ellos están el mayor accionario de Televisa, uno de los socios mayoritarios de Grupo HIGA, el representante de un despacho de abogados, economistas y contadores egresados del ITAM y claro, el presidente en turno. Al lado de los comensales hay cinco meseros (uno para cada depredador), listos para obedecer cualquier mandato que sugieran nuestros curiosos personajes con sombrero de copa y ligero aspecto de cerdo.

Mientras devoran su comida los “hombres de negocios” conversan preocupados por el devenir de sus empresas y proyectos multimillonarios. Todos saben que la mayor parte de su fortuna se la deben a la corrupción del sistema político mexicano. No pocos de ellos tienen o han tenido amigos y compadres en los más diversos puestos de gobierno, un factor clave en materia de permisos, concesiones —tan sólo en el 2016, 125 mil 162 contratos federales fueron realizado bajo la adjudicación directa a los compadres—, resoluciones jurídicas y protección política al momento de cometer fraudes fiscales, despojos de territorio, explotación laboral, abusos sexuales, asesinatos de activistas… la lista es interminable.

Ahora es evidente que todo va a cambiar, y el horizonte que perciben estos personajes neoliberales no se ve muy alentador… para ellos. Mientras siguen la plática en la que comparten sus miedos y posibles “soluciones” de lo más creativas (desde golpes de Estado financiados por Estados Unidos hasta trampas mediáticas contra actores estratégicos del gobierno entrante), los meseros intercambian miradas entre sí. Su trabajo supone que actúen como máquinas al servicio de los empresarios, que no cuestionen el origen de su desigualdad ni de los privilegios de sus “amos”. “Sólo sirve el vino, retira el plato, coloca la servilleta en su lugar y guarda silencio”, es la orden. No pueden hablar, no pueden expresar nada, pero hay un lenguaje silencioso que comparten.

Los meseros han escuchado los discursos del presidente electo, y algunas de sus palabras se han quedado grabadas en su mirada. Ahora no piensan que su miseria es únicamente resultado de sus acciones individuales, comienzan a entender que detrás de tanta pobreza, violencia y abuso de poder hay una estructura, un sistema que dicta quienes gozan y quienes pierden la vida, un sistema que tiene cómplices por doquier. Varios de ellos ya miran con otros ojos a esos devoradores de langosta, ya comprenden que las decisiones que se toman en este tipo de mesas destruyen vidas, dejan sin agua a los pueblos, contaminan los ríos, asesinan voces incómodas… de nuevo, la lista de crueldades humanas es interminable.

Uno de los empresarios percibe en cierto momento la mirada de uno de los meseros, y sin decir palabra pero con la audacia de cualquier tecnócrata, comprende que supone que tiene los días contados. Comienza a sudar frío. Quizás ésta sea una de sus últimas «cenas de altura». Quizás el próximo año, él y sus compañeros, quienes tantos años han gozado del binomio de corrupción e impunidad del gobierno mexicano, estén tras las rejas; o, en su defecto, preparando las maletas para convertirse en prófugos de la justicia. El sueño se ha acabado. La esperanza brilla en las miradas de los meseros, mientras un grito ahogado se atora en la garganta de los cerdos.

México ha sido desde hace décadas un país donde la complicidad entre empresarios y gobiernos corruptos han hundido a millones de mexicanos en situaciones de miseria, violencia y descomposición social impensables para muchos escritores de ficción. Hoy tenemos en puerta un gobierno cuyas principales consignas han sido acabar con la corrupción y la impunidad, y a pesar de no haber entrado a gobernar todavía, varias de sus acciones ya comienza a perfilar un cambio de régimen total en el país.

Una primera acción que sienta un precedente simbólico, político y económico de los vientos que se avecinan es la cancelación del NAICM. Curiosamente los empresarios inconformes por su cancelación forman parte de una lista de 10 contribuyentes a quienes los gobiernos panitas y priistas les han condonado impuestos por montos superiores a los cien mil millones de pesos, hasta alcanzar la cifra de 794 mil 731 millones 878 mil pesos.

Otra muestra de la mortal estocada contra las élites políticas y económicas mexicanas es el fin de las pensiones para los expresidentes, que otrora significarán un gasto de 5 millones de pesos al mes. Si bien la cifra no es enorme, tiene un peso simbólico de impacto, porque el gobierno entrante está mandando un mensaje claro: se les acabaron los privilegios.

 

Piedra angular – Hernández

Pero bueno, el miedo no anda en burro. Peña Nieto y sus colaboradores ya han tramitado un amparo ante la Suprema Corte de Justicia para no ser investigados, detenidos, arraigados, integrados en averiguación alguna por parte de la Fiscalía de Chihuahua y en el proceso que se le sigue a Alejandro Gutiérrez por el desvío de 250 millones de pesos; cabe mencionar que es la primera ocasión que un presidente en funciones en México “pide amparo” y que además la Corte lo protege.

 

Así pues, el perfil de quien teme el gobierno de Obrador no puede ser otro que el del corrupto, el del corrupto cuya moral no incluye valores como el respeto a la vida ajena, el del corrupto que roba, engaña, destruye y mata con tal de acaparar gozo y poder; El del corrupto que ha logrado acumular bienes y capitales gracias a la violación sistemática de la ley; El del corrupto que ha recibido millones del gobierno federal con tal de manipular la opinión pública y hablar mil maravillas de los gobiernos neoliberales; El del corrupto cuyo credo máximo es el enriquecimiento individual por medio de la explotación laboral; El del corrupto que defiende la desigualdad como “ley natural”; El del corrupto que ve en la educación popular una amenaza para sus intereses.

El cambio que se avecina pretende acabar con este cáncer. Y los individuos corruptos, diseminados entre estructuras de gobierno, empresas nacionales y trasnacionales, restaurantes caros, hoteles de lujo y playas privatizadas, tienen sus días contados. Le temen, pues, a la justicia. Y por eso le temen a López Obrador.