XXXV Semana de Ciencias en la UABC: despertando la curiosidad científica de la comunidad

Ella es, digamos, Laura. Tiene 10 años. Asiste a una escuela primaria en Ensenada. Y esta mañana a Laura le sucede algo que la divierte (a ella y a sus compañeros), algo que la hace retorcerse y reír sin parar mientras va sintiendo una invasión de “hormiguitas” cada vez más urticantes, cada vez más hilarantes, cada vez más numerosas que suben por su mano y se desplazan por todo su cuerpo.

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Juan José Flores Nava / A los 4 Vientos

Aunque no lo parezca, Laura, la valiente Laura, está participando en un experimento científico. Les ha mostrado a sus compañeros, a ella misma, lo que una corriente eléctrica (una ligera corriente eléctrica, a decir verdad) produce en el cuerpo.

IMG_20181023_101259Como Laura, miles de niños de preescolar y primaria, adolescentes de secundaria y preparatoria y estudiantes universitarios de todo el estado son desde hoy, y hasta el 26 de octubre, los verdaderos protagonistas de la XXXV Semana de Ciencias, que realiza la Universidad Autónoma de Baja California (UABC), en su unidad Campus Ensenada. Son cuatro días de ciencia a los que, además, se suman las XXV Jornadas de Ingeniería Arquitectura y Diseño y la XI Casa Abierta de Ciencias Marinas e Instituto de Investigaciones Oceanológicas.

En total, hay más de cien locales (o stands) con talleres, exposiciones, conferencias, teatro guiñol y hasta un par de exhibiciones museográficas que dan cuenta (apenas una probada, en realidad) del vasto mundo de la ciencia y el conocimiento. Todo esto animado por alumnos y profesores de las facultades de Ciencias, Ciencias Marinas, Arquitectura, Ingeniería y Diseño y el Instituto de Investigaciones Oceanológicas de la UABC.

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El recorrido puede empezar, por ejemplo, en los edificios de la Facultad de Ciencias. Ahí, el visitante curioso tiene la posibilidad de aproximarse a la Escuela Pitagórica de la Grecia antigua y conocer, entre otras cosas, la llamada Copa Pitagórica que castiga a quienes abusan de la bebida, pues se vacía sola si el borracho o libador rebasa cierto límite al llenar el cáliz. O que tal escuchar la explicación que dan Carolina, Ivonne y Dalí de cómo aquellos hombres de los siglos VI y V aC hallaron la forma matemática de afinar instrumentos empleando un monocordio. Eso sí, se advierte a la entrada que en la Escuela Pitagórica deben observarse unas cuantas reglas: no recoger lo que ha caído; no revolver el fuego con el acero; no mirarse al espejo cerca de una luz; no tocar pollos blancos; mantenerse alejado de los frijoles; y no cortarse las uñas durante un sacrificio.

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Apenas se sale de la Escuela Pitagórica y el visitante puede ingresar a un fantástico mundo de insectos (libélulas, chinches, escarabajos…), arácnidos (viudas negras, tarántulas…), serpientes y plantas carnívoras. Sobre estos vegetales insectívoros, Carlos (¿o fue Haran?) nos hace saber que no sólo se alimentan de agua, luz y nutrientes del suelo, sino que en algún momento de su evolución sumaron a su dieta (y a su belleza) a distraídos bichos atraídos con sortilegios, jugos y encantos propios de hechiceras.

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Pero con la sorpresa aún a cuestas se avanza unos pasos y nos encontramos con Bauzar, una tortuga de espolones africana, cuya especie (Centrochelys sulcata) llega a medir hasta 85 centímetros, pesar hasta 50 kilos y vivir más de 100 años. Metros adelante, de la longevidad de la tortuga y su rugoso caparazón, se puede pasar a una muestra sobre el símbolo de la UABC, el borrego cimarrón, o conocer el mar, sus recursos, sus misterios y los instrumentos para adentrarse en él al caminar por el Museo Katsuo.

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Y esto es apenas el principio, pues si la jornada por la Semana de la Ciencia se hace con tiempo, calma y un poquito de aguante se pueden conocer, entre muchísimas otras cosas, los rangos de la luz visible, la importancia de los arrecifes, qué es la levitación ultrasónica, la importancia de la salud bucal, el desarrollo de un plástico biodegradable de nopal, un indicador térmico que nos informa si nuestra bebida (una cerveza, por ejemplo) se ha calentado.

También podemos ver totoabas, erizos comunes, estrellas de mar; las consecuencias de la acidificación del océano; el desarrollo de la inteligencia artificial con algoritmos bioinspirados; una buena forma de captar y aprovechar el agua de lluvia; y cosas tan raras pero que con una sencilla explicación muestran su utilidad, como la “adquisición de bioseñales oculares mediante un oculógrafo” o el “circuito resonador para sensores en microbalanza de cuarzo” o “la respuesta de edificios sísmicamente aislados”.

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Casi al final del recorrido, Moisés, Rocío y Paola explican con diligencia la química de los perfumes y cómo estos, para fijar los aromas en el cuerpo, emplean, por mencionar un caso, secreciones de castor; Leo nos hace coloridas y dinámicas demostraciones de algunos teoremas de la geometría, por ejemplo, el teorema de la pizza. Hay también talleres de juegos matemáticos (cubo de Rubik, tangram), desarrollo de videojuegos, competencias de robots hechos con legos y hasta un reto al espectador para adivinar el peso de un objeto que posa sobre una rampa: “Toma medidas, plantea ecuaciones, resuélvelas y gana dinero”. Sobre este reto, unos jóvenes cuchichearon: “Alguna vez fue más divertido y estimulante adivinar el peso del objeto, pues el ganador se llevaba dos cartones de caguamas”. Cierto o no, ésta de las caguamas es, sin duda, otra historia.

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*Como escritor, es periodista y aficionado a la psicología social;es forofo del Atlas y practicante (siempre que se puede) del dolce far niente. No es especialista en nada. Correo electrónico: juanjose.floresnava@gmail.com