SALTO CUÁNTICO: Del ´68 al 18

“Lo justo no agrada nunca a los que se acostumbraron a la injusticia,

y más aún cuando ésta era provechosa para ellos”

Santiago Posteguillo

No es una conmemoración porque sí, tampoco un desahogo catártico, mucho menos una tradición de salir y marchar por las calles para hacerse notar y ya, hasta el próximo aniversario luctuoso.

José Luis Treviño Flores/ A los 4 Vientos

Es difícil olvidar, más aún, perdonar. Murieron pensando que cambiarían el régimen, fueron asesinados por creer que México merecía transformarse, fueron desaparecidos o sepultados sabrá dónde. Con terror, muchachos que soñaban, rebeldes, amorosos, humildes. Imposible poner de escudos los volantes y pancartas ante las balas inmisericordes del ejército, ese ejército vanagloriado por los diferentes presidentes, ese ejército que sigue órdenes y no piensa, que masacró jóvenes porque representaban un “peligro” para el Estado.

Después del 2 de octubre de 1968, las persecuciones, desapariciones y asesinatos continuaron, había que asegurarse de no dejar un solo pensamiento de izquierda vivo. La consigna siguió vigente, siempre fue una dictadura, cruel, despótica.

Nos cambiaron la manera de enseñar en las escuelas para asegurarse de no volver a educar generaciones críticas, la educación socialista de Lázaro Cárdenas fue sepultada con planes y programas mediocres, quitando toda la atención humanista y filosófica. Ganaron la batalla por 50 años, pero el ser humano siempre busca rendijas. Miradas asombradas de nuevas generaciones vieron como aquellos viejos revolucionarios persistieron y no dejaron de gritar; de pronto ningún aparato de control funcionó, la gente dejó de escuchar el discurso frívolo de los neoliberales, los muertos resucitaron y reclamaron lo suyo. Se abrieron las tumbas, los años acumulados de ignominia fueron el caos para los encumbrados.

En una fiesta espontánea por la alegría del triunfo, miles de mujeres y hombres se concentraron en el Zócalo de la Ciudad de México el domingo primero de julio de 2018 para celebrar que Andrés Manuel López Obrador ganó la presidencia de la República y la mayoría del Congreso de la Unión con más de 30 millones de votos, en una jornada electoral histórica, medio siglo después de la masacre de Tlatelolco de 1968. Foto: internet

La historia, por más que la escriban los vencedores, los agraviados saben lamer sus heridas, y ahí, donde hay sangre hay memoria, el Estado mexicano no pudo lavarla, no quiso jamás reconocer nada.

Han de quedar archivos y asesinos vivos que juraron cubrirse unos a otros, han de pasearse por las instituciones aún, cobijados por aquellos poderosos que aplauden sus crímenes.

Las balas fueron el juicio sumario, sin tregua, sin aviso. No hubo espacio para ningún argumento, la orden fue clara, después de las bengalas desataron el infierno.

Soldado, aprende a tirar:

Tú no me vayas a herir,

que hay mucho que caminar.

¡Desde abajo has de tirar,

si no me quieres herir!

Abajo estoy yo contigo,

soldado amigo.

Abajo, codo con codo,

sobre el lodo.

Para abajo, no,

que allí estoy yo.

Soldado, aprende a tirar:

Tú no me vayas a herir,

que hay mucho que caminar

(Nicolás Guillén)

No se puede imaginar acto más cobarde que el de un gobierno masacrando a su juventud. Nada lo justifica por más pretextos que busquen.

El presidente Gustavo Díaz Ordaz y el secretario de Gobernación Luis Echeverría Álvarez, quedan en el historia como los responsable de la peor masacre cometida en México contra los jóvenes estudiantes que demandaban justicia, democracia y libertad. Foto: internet

Gustavo Díaz Ordaz durante su informe de gobierno en el mes de septiembre de 1968, un mes antes de la fatídica noche de Tlatelolco dijo: «hemos sido tolerantes hasta excesos criticados, pero todo tiene un límite»

Criticados ¿por quién? No por los ciudadanos sino por los grupos económicos de intereses nacionales y extranjeros que veían sucumbir su amado régimen, y sí, el límite fue terrible. El informe presidencial fue crónica de una masacre anunciada, mas nunca ponderada por el pueblo. Era impensable tal barbarie, tanto, que asimilarlo se convirtió en décadas de miedo. El parteaguas, el divorcio entre gobierno y gobernados jamás encontró reconciliación, sólo el terror de saber que la respuesta siempre iban a ser las balas.

Hoy que sacudimos del gobierno a quienes ostentaron “su verdad” justificando cada abuso, debemos saber que siguen ahí, agazapados, no van a soltar amarras y van a reclamar lo que creen es suyo. México no está reconciliado está impactado, todavía no asimila lo que acaba de hacer. Por más que los chacales buscaron confrontación, fueron las urnas las que vencieron, las mismas urnas tantas veces violentadas.

Y no, no habrá olvido y sabemos bien lo que significa perdonar, pero que no se vayan impunes, eso jamás. Es verdad que no volverán los amados hijos, hermanos, padres, no por ello habrán de quedar mancilladas sus memorias con el gozo de libertad de sus verdugos.

El hoyo del agravio es profundo, no hay generaciones suficientes para taparlo y del abismo de la desigualdad surgimos nosotros, los que nunca olvidamos, los que perseguimos el sueño de nuestros muertos. Ahora que las derechas y las falsas izquierdas no son mayoría en las cámaras, chillan como cerdos al matadero con cada iniciativa que les quita el privilegio de continuar masacrando.

La multitudinaria concentración de estudiantes en la Plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco, momentos antes de la masacre cometida por el ejército mexicano. Foto internet

Por todo y por mucho 2 de Octubre, Ayotzinapa, Nochixtlán, Atenco, Acteal… No se olvidan.

“Reparar injusticias sin crear justicia siempre termina empeorando la realidad.”

Desmond Tutu

Imagen de portada: fotografías del movimiento estudiantil y la masacre del 2 de octubre de 1968 publicadas en internet