«Sala de Blanco», por Pablo A. Ordoñez

Una mañana, al salir de mi casa y caminar por la cuadra, pude notar que había una ambulancia y un par de patrullas enfrente de donde solía vivir un amigo de mi infancia. Me detuve un momento frente al lugar y pude alcanzar a ver y escuchar algo que me dejó pensando por el resto de la tarde.

Pablo A. Ordoñez/ A los 4 vientos

   Recordaba que cuando éramos niños, mi amigo y yo pasábamos horas y horas jugando juntos por la calle; corriendo de un lado a otro. En el parque hacíamos castillos de lodo y hojas, que destrozábamos al final con piedras y palos. Fueron grandes momentos juntos, pero sin duda, los mejores habían sido en su casa, acompañados de algún primo o amigo que iba de vez en cuando a visitarlo.

  Muchas veces nos encerrábamos en su cuarto, formábamos una especie de círculo, cada quien en una esquina de la habitación y armábamos las típicas peleas de almohadas o muñecos de peluche. Primero, nos arrojábamos algún objeto que tuviéramos a la mano —para provocar a otro— y luego corríamos mientras tirábamos almohadazos para no ser atrapados, pues ya sabíamos que el que caía al suelo era rodeado y atacado por los demás con una lluvia de golpes, hasta que todos regresaban a sus esquinas.

   Como es de esperarse, no faltó la ocasión en que a alguien le pegaran con un power ranger directamente en el ojo o en la cabeza, y que a causa del dolor saliera llorando; directo con su mamá. Después de todo, éramos niños. Afortunadamente, nunca fue motivo de regaño, más allá de un: “Ya, tengan cuidado y jueguen a otra cosa”. Y eso hacíamos —con una curita y un chichón en la cabeza del tamaño de una nuez… pero no pasaba mucho tiempo para que armáramos nuevamente el círculo y alguien lanzara el primer juguete o almohadazo.

   Indudablemente, fueron muchos momentos en los que corríamos por la habitación de mi amigo, subiendo la litera o brincando de ella para evitar ser atrapados por el golpe de un peluche. Y estoy seguro de que hubo más de una docena de ocasiones en las que escuchamos el grito de “¡Martín!” al casi romper algún objeto.

   Haciendo memoria de todo esto, vino a mi mente algo sobre la mamá de Martín. Ella tenía una extraña obsesión por mantenernos alejados de la sala de su casa. La cual —creo— que había sido un regalo de bodas o algún recuerdo del padre de Martín. Sin importar mucho cuál fuera su origen, por algún motivo, nunca toleró que nos acercáramos a ese lugar; a comparación de otros. Para mí parecía una sala como cualquier otra: muebles de madera, algunos adornos en dorado y sillones de color blanco y beige que hacían juego con la alfombra igual de clara. Recordé un día en especial, en que entramos corriendo a la sala, con almohadas en las manos y su mamá nos gritó:

   —¡Martín! ¡Sálganseme de ahí, pero como van!

   Espantados y como perros con la cola entre las patas, nos salimos lo más pronto posible para dirigirnos nuevamente a la recamara de mi amigo. Una vez ahí, escuchamos los pasos de su mamá que venían desde el pasillo, al parecer algo molesta. Yo me escondí detrás de la litera que quedaba pegada a la pared y mi amigo se fue a su closet, lo cual no sirvió de mucho, ya que su madre había alcanzado a ver dónde se había metido. Entonces, cuando la mamá llegó al marco de la puerta, se paró y dijo con molestia y firmeza:

   —Martín, no quiero que se vuelvan a meter en esa sala. La próxima vez que los vea ahí y me ensucien los muebles, a ti te voy a agarrar de las greñas ¡¿Me oíste?! —y vaya que no volvimos a entrar a aquella sala…

   Por este y muchos otros motivos, me mantuve un tanto nostálgico y reflexionando sobre lo que miré y escuché aquella mañana. Ese mismo día, cuando regresé a mi casa por la tarde, mi madre tocó a la puerta de mi cuarto para hablar conmigo.

   —Hola mijo ¿cómo estás? —me preguntó mientras se sentaba en el borde de mi cama— ¿Supiste lo que pasó en casa de Martín?

 —Sí… Estoy un poco sorprendido —contesté—, hoy al ir hacía las prácticas me detuve frente a su casa y miré a Martín en una patrulla. Él no me miró, pero no no puede evitar sentirme nostálgico.

  —Pobre señora… No puedo creer que su hijo se atreviera a hacer tal barbaridad. Qué tristeza –dijo mi madre, limpiando las pequeñas lágrimas de sus ojos y llamándome con su mano para darme un abrazo.

—Por eso agradezco el tener a mis hijos, aunque me hagan enojar yo los amo —añadió típicamente, dándome un beso en la mejilla, para después dejarme solo nuevamente e irse a descansar.

 

Al pasar un momento, decidí distraerme de la situación vagando por internet. Pero fue ahí donde me enteré de lo que ocurrió. Al parecer, Martín, había discutido con su madre por su frecuente consumo de drogas, el cual iba cada vez en aumento. Ella le dijo que debía irse de la casa y esto molestó en sobremanera a Martín, quien la persiguió por toda la casa, dejando a su paso un gran desorden… Al escuchar los ruidos y gritos, la abuela —que vive cruzando el patio—no dudó en llamar a la policía. Lo que más cautivó mi atención, es que el artículo de internet mencionaba que encontraron a la mamá muerta, que Martín la había asesinado a cuchilladas sobre un sofá de la sala y que todo había quedado manchado. Para mí, fue una completa ironía.

 

*Pablo A. Ordoñez Cisneros. Nacido y criado en la ciudad de Ensenada Baja California. Actualmente estudia la licenciatura en psicología, tiene interés por la literatura, el dibujo y la cocina. Algunos de sus autores favoritos son: Hermann Hesse, Charles Bukowski, Horacio Quiroga y J. R. R. Tolkien.