La obligación de sentirse alegre

En el poema “Defensa de la alegría”, el escritor uruguayo Mario Bendetti nos invita a luchar por la alegría muy a pesar de las infamias, de las malas noticias, del agobio y de muchas otras cosas de la vida que se encargan de alejarnos de esa sensación. Benedetti nos sugiere la relevancia de buscar la alegría muy a pesar de la vida misma.

José Alfonso Jiménez Moreno / A los 4 Vientos

Este poema es una muestra de la manera en que incesantemente buscamos la sensación de alegría dentro de nuestra vida. Todas nuestras experiencias como infamias, malos diagnósticos, homicidios, ira e incluso la muerte son las responsables de que no nos sintamos constantemente alegres.

Pero, si esto es así, más bien pareciera que lo más común en la vida cotidiana es no sentir alegría. Entonces, ¿por qué deberíamos de buscarla y, más aún, defenderla? Al parecer, la sensación de alegría es de lo más extraño en la vida práctica. Tan sólo en un día común nos enfrentamos al tedio y al aburrimiento, a la desesperación, a la frustración y al miedo. No hay día en que no tengamos contacto con una o a varias de estas sensaciones. Tal vez debido a su rareza en lo cotidiano es que un pequeño destello de alegría nos parece fenomenal y nos orilla a su búsqueda constante.

Vale aclarar, por cierto, que la alegría no es lo mismo que la felicidad. De acuerdo con la filósofa mexicana Rocío Cázares, la felicidad representa un estado de trascendencia y plenitud en la vida del ser humano. En contraparte, la alegría adquiere un sentido mucho más pragmático y efímero, difiere de la felicidad en función de su fugacidad, es un breve estado que experimentamos cuando no nos dejamos llevar por la congoja “de las dulces las infamias y los graves diagnósticos”, como apunta Benedetti en su “Defensa de la alegría”.

La búsqueda de la alegría no tiene nada de malo. Decir lo contrario sería tergiversar la agradable sensación que la alegría nos hace sentir —si algo se siente tan bien, ¿por qué no buscarlo continuamente? La cuestión se complica cuando en nuestro mundo actual sentirse alegre se vuelve una especie de obligación y objeto de venta.

Cuando alguien se deprime buscamos actividades que nos llenen de alegría o vamos al psicólogo para que nos quite esa enfermedad de no sentirnos alegres. Cuando nos enfrentamos a un problema laboral procuramos “ver el lado positivo” y, de este modo, sentirnos alegres a pesar de que la sensación que nos genera lo que sea que nos incomode se torne insoportable. Nos obligamos a sentirnos alegres si el día en el que estamos viviendo se asemeja a lo que socialmente puede valorarse como un “bonito día”. Incluso, en Facebook solo vemos publicaciones que nos muestran que la vida de nuestros contactos es una constante alegría. Las empresas nos venden viajes, ropa, ensaladas y café con imágenes promocionales que reflejan a gente alegre: la máxima mercadológica dice que lo que vende son las sensaciones, no los productos.

Buscamos la alegría, pues, muy a pesar de la vida, muy en contra de lo cotidiano que genera malestar, sufrimiento, aburrimiento, somnolencia y otras sensaciones de las cuales nos gusta olvidarnos en aras de defender la alegría. Así, ¿hemos querido defender tanto la alegría que se ha vuelto obligatoria? En el poema citado, Bendetti nos pide “defender la alegría como un destino”, incluso defenderla de “la obligación de estar alegres”. ¿Qué pasa si nuestros amigos no están alegres cuándo se supone que deben estarlo? ¿Qué pasa si nuestra pareja no está alegre cuándo se supone que debe estarlo? ¿Qué pensamos sobre nosotros mismos si no estamos alegres cuando se supone que debemos estarlo?

La suposición de que hay momentos en los que uno tiene que estar alegre nos hace pensar que el objetivo de la búsqueda de la alegría parece haber trascendido la mera intención, el mero propósito, para mutar en una coerción socialmente determinada. Parece que nos estamos olvidando de que en la vida lo que menos abunda es la alegría. En realidad, la alegría es una de las sensaciones más esporádicas. Su característica efímera es lo que nos hace defenderla.

Parece que Benedetti tiene razón: debemos defender a la alegría, pero incluso de nuestra intención obsesiva y enfermiza de sentirnos alegres en cualquier instante. Peor aún, hemos permitido que se nos vendan ensaladas y café de alto costo bajo la promesa de la alegría. Seamos, pues, conscientes de que no siempre hay que estar alegres, de que no estamos obligado a ello. Pero, eso sí, podemos ser felices si eso es lo que queremos, muy a pesar de nosotros mismos.

 

 

José Alfonso Jiménez Moreno es un mexicano –entre chilango y ensenadanse– interesado en estudiar todo aquello que ayude a conocer lo humano.