Sobre realidades: el teatro y el performance

Una realidad performática en función de la propiedad líquida del género

El ya conocido mito de la Caverna de Platón nos arroja, si se quiere, una interpretación grandilocuente sobre la realidad.., donde las sombras que le conforman no son sino un mero reflejo de lo que en verdad le compone. Es la luz afuera la que comprende el entendimiento de la realidad que percibimos. Y es entonces el trabajo del filósofo el de traer esa luz a los encadenados en la caverna.

Luis Cuauhtémoc Treviño Ruiz /A los 4 Vientos 

Si bien las discusiones sobre el mito podrían guiarnos hacia la negación de una realidad “real”, o hacia los temas que trata, por ejemplo, la psicología, respecto del problema del software y el hardware en el cerebro, donde se implica que la realidad es a todas luces formada por el cerebro (Tirapu-Ustarroz y Goni-Saez, 2016), también es cierto que puede dirigirnos, más que hacia un logos, hacia una physis.

En un sentido posestructuralista obtenemos la mirada sensualista y cuasi-empírica de Merleau-Ponty (Sáenz, 2008) sobre una psicología basada en el cuerpo y en el ego, como aparente componente de un aparato psíquico que trasciende las pulsiones, a favor de las mismas…

Quizás fuera de sincronía con los ejemplos que se extrapolan, pero aquí se puede contrastar, desde el problema del soft, el reduccionismo biológico y fisiológico tan apremiante desde el renacimiento hasta entrado el psicoanálisis. Y a su vez, las bases de una perspectiva posmoderna acerca del sujeto, con sus cimientos en los psicoanálisis posteriores a Freud y que se asoman dentro de una teoría de género.

Una vez más, quizá comparable con los debates de los idealistas y los empiristas. Encontramos con el reduccionismo fisiológico un acercamiento mucho más, dígase, teatral, y con el posmodernismo uno mucho más performativo. Y quizá como un ejemplo que puede clarificar estas diferencias en base a marcados contrastes, podemos mencionar cómo la estructura general de una obra de teatro se ve totalmente destruida bajo un performance, como lo hace Portilla (2018) al citar de la siguiente manera el peformance Muriéndose la sirena, de María Ribot:

Muriéndose la Sirena. Foto Isabelle Meister-Azzuro Matto Photo (internet: Archivo Virtual de Artes Escénicas)

Inmóvil, desnuda, tumbada en el suelo, con una sábana de hotel cubriendo parte de su cuerpo y una peluca, su quietud sólo era interrumpida por los últimos espasmos de la sirena antes de morir acompañados por la grabación del sonido de un camión de basura. Esta sería la primera de una serie de 34 piezas con las cuales esta artista, formada en danza clásica y contemporánea, se proponía crear una nueva escritura coreográfica con la cual iba a cuestionar los límites espaciales, temporales y conceptuales de la danza, y que la ha situado como una de las artistas más representativas de la nueva danza europea.

Esto completamente rompe con un planteamiento tradicional siguiendo una curva aristotélica, que se vería en el teatro. Sin embargo, ambas interpretaciones pueden ser consideradas como una interpretación de la realidad, ni bien se contrapongan en puntos casi opuestos.

Una interpretación teatral de la realidad podemos recuperarla de los estudios de Rathbone, Moulin y Conway (2008), quienes respecto a la memoria refieren la existencia de los guiones-de-vida (life scripts), bajo el entendido de que, para rememorar eventos pasados, opera la memoria en base a este guión de vida, que sería el papel que nos hemos designado a nosotros mismos a través del tiempo, por lo que hemos de recordar las cosas bajo ciertos contextos, dependiendo de estos papeles.

Así el cine y el teatro se transforman en una exacta representación de la realidad, que se supondría entonces regida por roles y papeles preestablecidos. Y, sin embargo, también supondría que han de ser dictados los diálogos y acciones por ejercer. Y si bien podría asomarse tal vez un indicio al respecto con el tan resonado término de lo políticamente correcto, sería parcialmente incorrecto.

Si bien se encuentra construido bajo un concepto, y es un motor conceptual lo que mueve la pieza, bajo símbolos casi literales, la realidad que se representa se hace en términos de la physis, donde estos actos son “más tangibles”. Una realidad del cuerpo, que no hace, sino que traducir los efectos de un logos: el cuerpo como lienzo.

Por otro lado, en el teatro podemos observar al cuerpo como un instrumento y no como un lienzo físico para lo metafísico. Es un motor conceptual quien rige al teatro y también un motor conceptual quien rige al cuerpo, más que un cuerpo real como intérprete del logos, podría decirse: ya que todo está planificado.

Arte en el barroco y el neoclasicismo:

una trascendencia de la ética ilustrada y el feminismo

Viniendo de un período barroco, en donde el paradigma italiano en Europa como una reforma en contra del protestantismo influenciado por la tesis de Martín Lutero se trataba de un empoderamiento de la iglesia cristiana ortodoxa, es solo natural pensar en una respuesta casi renacentista como un reclamo intelectual durante el período neoclásico (la época de la ilustración), sólo que, sin un entendido humanista, sino pragmático (Gombrich, 1999).

Este sentido de crítica notaría una herencia protestante. Holanda sería un ejemplo del protestantismo durante el Barroco, donde se promovería una recompensa terrenal por una existencia honesta; es decir, material, en contraposición a la contrarreforma, donde una recompensa después de la vida vendría a ser el vaticinio.

De esta forma se observa un arte que apela hacia una catarsis, o una perturbación sentimental; es decir, un arte apoteósico, del éxtasis y del castigo. Desde imponer admiración (por supuesto todo arte dentro de las iglesias) hasta imprimir un realismo como herencia del estilo renacentista que busca volver más verosímil una representación terrenal del castigo divino, aún más efectivo que un Jesús pantocrátor, juzgador, durante el período románico en la era medieval.

La piedad, de Annibale Carracci (internet/ WahooArt)

Ejemplos de estos mensajes podemos observarlos en pinturas como La piedad de Caracci (1599-1600), donde se ven los efectos de un claroscuro empezado en el manierismo, que sin embargo apela hacia el perdón y deshumanización del sufrimiento (Gombrich, 1999).

En el barroco protestante se notan algunos principios que después serían ilustrados acerca de un trabajo que dignifica y sobre una ética, como puede observarse en las pinturas de género. Tales como La lechera (1660-1661) o El geógrafo (168-1669) de Johannes Vermeer, donde una cotidianidad se vuelve principal y un trabajo como algo que dignifica, teniendo la lechera y el geógrafo igual importancia como sus roles desempeñados.

Y aunque es en el barroco protestante donde surge esta visión sobre la ética, sin embargo, es en el neoclásico donde se niega como tal todo el período barroco como reclamo por los cánones clásicos (griegos) y surge un ennoblecimiento de un contrato social, que sin embargo va en función de un despotismo ilustrado…

Es por esto que observamos en cuadros como El juramento de los Horacios (1784) o La muerte de Sócrates (1787) y La muerte de Marat (1793) de Jacques Louis David una protección del ilustrado sobre el frágil e ignorante y una glorificación del intelectual o el idealista, respectivamente.

El juramento de los Horacios, obra de Jacques Louis David (internet/Tuitearte)

Al respecto, Serret (2000) expone una crítica sobre la ética actual, como herencia de una ética ilustrada, argumentando el hecho de que la mujer ha sido relegada del aspecto de un contrato social del ejercicio de esta ética, por lo cual se forma una posición indefinida dentro del contrato, así resultando en una mujer sometida.

También expone una crítica de Gilligan (1982) acerca del sistema de moralidad propuesto por Kohlberg, en donde supuestamente se encuentra construido en favor hacia una posición masculina, y que por herencia de aquel despotismo ilustrado es que las mujeres obtienen menores resultados, debido a que es este despotismo el que supuestamente limita la interacción femenil en el contrato social.

Sin embargo, Serret también argumenta que Gilligan comete el mismo sesgo al proponer una ética del cuidado en donde expone que la mujer, casi que, por el hecho de ser mujer, se encuentra moralmente superior al hombre, debido a que, en esta ética del cuidado, la mujer se encuentra centrada en los subjetivismos y por lo tanto al individualismo y las relaciones personales.

Aun así, se expone que, si se habla de equidades, entonces ninguno puede ser superior como tal, y entonces o se trata de los hombres o de las mujeres, en una cosmovisión casi que polarizada y dicotómica. ¿Qué será entonces?

¿Individualidades o contrato social?

La aceptación de la crítica epistémico-ontológica postestructuralista simplemente se pone en paralelo con una revisión y actualización de los principios ético-políticos de la modernidad, sin resolver una contradicción entre ambas que, en último análisis, debiera llevar la construcción de una propuesta alternativa del concepto de sujeto. […] En este sentido, creemos que una crítica desde la crítica desde la ética feminista al feminismo postmoderno debe incorporar algo más que una carta de intenciones sobre el sujeto, que señale la necesidad de pensarlo a la vez construido y capaz de ejercer su autonomía. […] debe decidirse por una reflexión seria sobre el proceso de constitución de identidades, y en particular de las identidades género, que permita dar una salida cabal a este dilema (Serret, 2000).

¿Qué hay que decir sobre individualidades? Una crítica al contrato social también puede observarse en Estrada Rodríguez (2016), cuando nos cuenta sobre la problemática que surge en México al marcar los roles de género en un ejercicio social que solamente no hace sino reforzarles.

Al respecto expone estadísticas sobre los porcentajes de ocupación laboral en la mujer, y no obstante que explica la superioridad académica de éstas, asevera que de todas maneras la escena laboral se ve dominada bajo una política machista.

Retrato de la actriz Gabriela Betancourt Aragón

La mujer se ve supeditada en sus acciones a la aprobación de los varones, primero de su padre, después de su novio o pareja y posteriormente de su marido, al que muchas veces conoce en la propia universidad. Pero también viven las jóvenes universitarias la “femeneidad idealizada”, es decir, en la televisión y en los medios de comunicación se muestra el estereotipo de las mujeres mexicanas: abnegadas, sumisas, entregadas totalmente a la familia (Estrada Rodríguez 2016).

Sobre ello la posición ilustrada sobre filosofía política de Freud, que habla de un contrato social también, justifica un punto de vista donde la mujer se queda en la tangente, aunque no sin inclusiones. De todas formas, el problema que conlleva la existencia y la búsqueda de la felicidad.

En el entretejido de las expectativas sociales se construye una identidad que se transformará en un subjetivismo que obedece a las masas en cierta medida, cumpliendo su carácter dialéctico. En este sentido podemos entender a la cultura mexicana como un instaurador de posiciones y reforzador de tradiciones: el «día de las madres» promovido por Vasconcelos, se transforma en un adoctrinamiento… al menos si lo entendemos como cultura de las masas según Jas Reuter (1983):

la llamada cultura de masas que persigue fines por demás claros: hacer negocio a toda costa, desintegrar las culturas tradicionales y nacionales para ampliar los mercados de sus productos, imponer sistemas de vida que obliguen a las «masas» -a las poblaciones consideradas no como grupos de personas, sino como objetos que en el juego económico cumplen la función de compradores- a consumir esos productos y, a través de ello, dirigir hacia cauces inofensivos la fuerza latente en ellas.

Sin embargo, el reclamar sobre la hiperfeminidad esperada y no sobre la hipermasculinidad esperada es un punto que critica Cassie Jaye en su documental The Red Pill (2016), al exponer que también los hombres enfrentan problemáticas intrínsecas a su género y que las voces de los feminismos han minimizado.

Rodríguez y Díaz (2005) exponen un punto sobre las cuestiones estructurales y sobre las intrínsecas, en donde la vida cotidiana también lo hace. Respecto de las estructuras de las instituciones se sugiere que son estas como meras instituciones y como tales que promueven un currículum oculto de jerarquías que no hacen sino reforzar lo que en la vida privada y por ende sociedad también instaura.

Como tal, quiere decir que las instituciones, como parte de un entorno histórico-sociopolítico-cultural no son, sino que influidas por estos contextos a la vez que los refuerzan, en lo que Braunstein (1997) compararía con una teoría del sujeto acerca de un materialismo histórico, donde el sujeto es producto de los sistemas de producción y estos del sujeto, al éste actuar como efecto y soporte de los mismos.

The Red Pill (imagen publicada en Internet, por A Voice for Men)

No cabe otra que finalizar con una cita de Hernández (2010):

Por otro lado, los vuelcos de la realidad y las encrucijadas humanas que han dado forma al mundo actual generan la pregunta: ¿qué tan sólidas son nuestras concepciones educativas y éticas, tal vez ya no sólo argumentativamente, sino para responder a los vacíos que van dejando la «ciencia», la tecnología, el mercantilismo, la vulgarización de la economía y la política, sustentadas en el poder monetario y coercitivo? […] Sin duda, en el deseo de volver a lo básico, a lo que trasciende la mundanidad impuesta, la materialización y la fugacidad del vivir, pero que permite, primordialmente, el diálogo de tú a tú entre los individuos desde un marco educativo y ético no ostensible, sólo presente en los pliegues discursivos que prevén el reconocimiento de los seres humanos.

Sin embargo, esta pequeña reflexión acerca de la ética y la educación no hace sino instaurar de nuevo una diatriba bastante pronunciada acerca de los dilemas que primero fueron planteados en este ensayo, y sería el entender la otredad y al sujeto en una visión ultraposmoderna, que no haría sino guiarnos a una realidad como la pinta Borges en su cuento del hombre que está cansado…

Aún así, las discusiones sobre lo políticamente correcto y lo que no continuarán aun, hasta que la liberación de las soluciones universalistas tan académicas y sociocéntricas discutidas desde el neoclásico vayan difuminándose…

Bibliografía

Gombrich, E. (1999). La historia del arte. México, D.F.: El Consejo Nacional para la Cultura y las Artes.

 Serret, E. (2000). Ética y feminismo. Debate Feminista, 21, 103-128.

Rodríguez, A., & Díaz, Á. (2005). Género, cuestiones éticas y formación en valores. Convergencia. Revista de Ciencias Sociales, 12(37).

Pérez, D., & Perez, I. (2006). El Producto, Concepto y Desarrollo. España: Escuela de Negocios EOI, 7.

Hernández, Silvestre Manuel. (2010). Educación y ética. Sociológica (México), 25(72), 215-227. Recuperado en 12 de mayo de 2018, de http://www.scielo.org.mx/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0187-01732010000100010&lng=es&tlng=en.

Sáenz, M. C. L. (2008). De la sensibilidad a la inteligibilidad: rehabilitación del sentir en Maurice Merleau-Ponty. Investigaciones fenomenológicas, (6), 217-246.

Tirapu-Ustarroz, J., & Goni-Saez, F. (2016). El problema mente-cerebro (II): sobre la conciencia. Revista de Neurologia, 63(4), 176–85. Retrieved from http://www.ncbi.nlm.nih.gov/pubmed/27439487

Rathbone, C.J., Moulin, C.J.A. & Conway, M.A. Memory & Cognition (2008) 36: 1403. https://doi.org/10.3758/MC.36.8.1403

Portilla, A. É. (2018). Danza distinguida, las piezas de La Ribot. Boletín de Arte, (32-33), 233-250.

Estrada Rodríguez, J., & Mendieta Ramírez, A., & González Vidaña, B. (2016). Perspectiva de género en México: Análisis de los obstáculos y limitaciones. Opción, 32 (13), 12-36.

Colombres, A. (1989). La cultura popular. Prejuicios y preguntas en torno a la cultura popular México: Premià.

Braunstein, N. (1997). Psiquiatría, teoría del sujeto, psicoanálisis. México: Siglo Veintiuno.

Imagen de portada: Mujer-reptil, personaje interpretado por la actriz Gabriela Betancourt en la obra «Sin paracaidas».