Del clasismo a la esperanza razonable

La ola de clasismo que el caso del El Mijis y la foto de la familia de Andrés Manuel López Obrador desataron en las redes, sólo reitera lo que para cualquier testigo medianamente observador es evidente. Uno de los males más acuciantes de nuestra sociedad emerge, a veces a costa de muchos ciudadanos que realmente no se creen capaces de discriminar a sus semejantes y que incluso se ofenderían si alguien les llamara racistas o xenófobos.

Alfredo García Galindo / A los 4 Vientos

Así, el síntoma de su mal venía por mano propia al compartir un comentario a las fotos del ahora diputado de pasado pandillero o del look del hijo pequeño de López Obrador: “Naco, delincuente y prieto, así son los de Morena”. “Este niño parece lesbiana”. El desprecio al semejante mostrándose como un campo común no limitado al uso de abstractos villanos de telenovela, sino en este caso, a personas concretas sometidas por la normalización de lo inaceptable en un mundo en el que la sensibilidad humanista ha perdido demasiadas batallas.

“El Grito” de Zalo Peralta. Publicado en internet/ zaloperalta.blogspot.com

Anclados así en una estratificación propia de las pinturas de castas del siglo XVIII, los clasistas y racistas de hoy nos gritaron por qué pueden llegar al punto del odio contra un político: al ofenderse por la apariencia de El Mijis y de ese niño demostraron qué es lo que desprecian de su propio entorno y por qué entonces pueden aborrecer al candidato que para ellos representa esto mismo.

Fue el clímax de lo que ya había sido la norma durante toda la carrera por la presidencia. Los epítetos más socorridos, cuyos autores pretendían presentar como burda justificación para su repugnancia, fueron pan de todos los días: naco, ignorante, prieto, indio, corriente. Pero en estos días –en los que sólo los más aferrados son los que no ceden frente a la posibilidad de que López Obrador quizás no sea necesariamente un demonio– se llegó al punto de una exposición tan abierta y cruda que no les quedó otra a muchos de ellos que tratar de corregir la nota; pero terminaron haciéndolo con una fe de erratas más que evidente en su fingimiento y en su impresentable pretensión: “No me refería a la apariencia del Mijis sino a sus antecedentes. ¿O acaso tú quieres que tu diputado haya sido un delincuente?”

La imposibilidad de defender lo que fue evidenciado de su descompuesto criterio, llevó a muchos de estos ciudadanos a optar así por una estrategia que (desafortunadamente para ellos), resultó en un tiro por la culata: es inaceptable la biografía de El Mijis, pero no los delitos que se le imputan al candidato por el que ellos votaron.

En fin que se reitera lo dicho al principio: la intensidad anímica de los procesos políticos conflictivos hace emerger lo éticamente más agreste de nuestros principios y actitudes. La ansiedad que nos supone el enfrentarnos a lo que consideramos un futuro imprevisible (aun cuando concuerde poco con lo más probable) nos lleva a una suerte de abandono de la templanza por lo cual nos permitimos concesiones poco decorosas al sentirnos arropados por cierto efecto multitud cuando vemos que otros se comportan en forma parecida. Un escenario aciago, desde luego.

Sin embargo, esto no debe colocarse por fuerza en la lista de lo lamentable que no tiene remedio. Si bien es cierto que buena parte de estos clasistas se durmieron al final del día sin aceptar abiertamente su impertinencia o incluso radicalizaron el tono de sus adjetivos, también lo es que se ha tratado de una lección para muchos que se encuentran conectados a esta especie de ágora posmoderna que son las redes sociales y el internet en general.

El paso de la historia ha visto diversas coyunturas que han implicado un cambio de dirección en lo discursivamente tolerable, lo cual normalmente antecede a una modificación real del parecer ciudadano. Este puede ser uno de esos casos. La prudencia en la expresión, aun cuando sea asumida de dientes para afuera, puede favorecer una nueva normalidad en la que haya menor movilidad para el llamado al odio; en un menor margen de maniobra simbólico y lingüístico para el racismo, el clasismo, la aporofobia y cualquier otra clase de discriminación.

Confiemos entonces en el hecho de que en las aguas embravecidas de polémicas como esta, generalmente se terminan por asentar los sedimentos de lo que debe ser extirpado para que todos en general tengamos claridad respecto a lo que a todos conviene. Que arribaremos a una mayor estatura cívica a través de la visualización y el nombramiento puntual de lo inaceptable, como es el señalamiento de estos trances lamentables que podemos voltear por el revés de su potencial para la pedagogía ciudadana.

En eso radica una esperanza razonable. No en la pretensión excedida de que todos seamos una comunidad de amor pleno, sino que podamos identificar las condiciones mínimas para una cordialidad entre ciudadanos que se relacionan en una vecindad amable y que comienzan en su acercamiento mutuo por no ofenderse unos a otros.

Imagen de portada: alertan sobre expansión de racismo. Internet/ANNURTV