«Perro Sarnoso», por Pablo A. Ordoñez

Un perro sarnoso cojeaba por las calles de Ensenada. Hacía ya casi un año desde que se había salido por la puerta delantera de su hogar. Víctima de su espíritu aventurero, se dedicó a recorrer varias avenidas y colonias de la ciudad, pasando hambre, frío y miedo; siempre había algo nuevo para explorar que lo distraía y lo llamaba nuevamente a su aventura.

Pablo A. Ordoñez / A los 4 Vientos

Saúl había buscado a su perro sin cansancio por varias semanas desde aquella mañana en que salió para darle su alimento y observó la puerta de la reja a medio cerrar. Con preocupación caminaba por las banquetas mientras pegaba anuncios en los postes, hablaba con sus amigos, preguntaba en la universidad y compartía volantes en las veterinarias que iba encontrando a su paso. Un día, el joven, con el corazón en la mano, tuvo el valor de preguntar por su amigo en la perrera municipal. Afortunadamente le dijeron que no había llegado ningún can con las características que él buscaba: un branco alemán de pelo corto, café, con el pecho blanco y lunares en él. Esa noche —de alegría o tristeza— Saúl lloró hasta quedar profundamente dormido.

Ya habían pasado tres meses desde que el pobre animal vagaba en la ciudad de Ensenada, buscando comida, agua o cualquier cosa que pudiera complacer su instinto de sobrevivencia. Ya enfermo, con parásitos en el estómago por comer de la basura, y la piel dañada por alguna que otra pelea, se acercaba a cualquier desconocido en busca de algo de cariño; lamentablemente nunca era bien recibido. En ocasiones olfateaba los aromas de las taquerías, intentando atrapar cualquier bocado que cayera a sus pies, por lo menos hasta ser sacado a patadas o limonazos por los dueños del lugar, al mismo tiempo que gritaban molestos:

—¡Sáquese de aquí, perro sarnoso!

También fueron varias las veces que fue cruelmente ahuyentado por un grupo de niños que entre risas le lanzaban piedras sólo por diversión.

—¡Perro feo! —gritaban todos— ¡Vete perro feo! ¡Sí, está bien feo!

Como fuera, siempre había algo de que huir y esconderse.

Cierto día, mientras el perro cruzaba una avenida poco transitada fue inesperadamente golpeado por un automóvil rojo que venía a exceso de velocidad. El conductor intentó frenar a tiempo, dejando las llantas marcadas en el pavimento mientras rechinaban fuertemente. Al recibir el golpe, el pobre animal salió volando algunos metros, cayó con fuerza, rodó un par de vueltas y quedó tendido sobre la línea peatonal, a los pies de una joven mujer que iba caminando. Al observar lo sucedido, el conductor del sedán rojo no hizo otra cosa más que irse rápidamente del lugar. La mujer se sorprendió de lo ocurrido y sintió gran desprecio al ver que el hombre se alejaba sin aparente remordimiento. Miró al pobre perro tumbado en el suelo, lo tomó con una sudadera que traía en su mochila, lo cargó con ambos brazos y lo llevó a un lugar que consideraba seguro; en un parque que se encontraba cruzando la calle. Ahí lo recostó sobre el pasto verde, sacó una botella y colocando un poco de agua sobre su mano le dio a beber un poco, mientras decía:

—Lo siento, tengo que ir a la escuela. Tengo un examen muy importante y no puedo faltar. Prometo que volveré a buscarte más tarde y veré la manera de ayudarte —pero a pesar de que la joven cumplió su promesa, al volver, lo único que encontró fue una sudadera manchada con la suciedad de aquel perro…

Sin duda, buscamos culpar al destino que se vuelve cruel, arrancando de raíz el amor de los seres vivos. Por el descuido de alguien, por odio o alguna enfermedad incurable… Los recuerdos de cada amor regresan a la mente como cataratas que golpean las piedras. Todo es estruendo, todo es tristeza… ¿De cuántos perros no se ha aprovechado el cruel espíritu aventurero? ¿Cuántos niños no han llorado porque quizás nunca volverán a ver a sus mascotas? El destino termina por apoderase de nuestra razón, de la misma manera en que lo hizo con aquel branco de pecho blanco: alejándolo de su amigo que lo amaba. Y a pesar de todo, tratamos de encontrar una enseñanza en semejante dolor.

Tiempo después de lo sucedido, Saúl esperaba el transporte público en el centro de la ciudad. Cuando estaba a punto de subir —ya con un pie adentro del transporte—, tuvo la impresión de haber visto —con el rabillo del ojo— a un perro sentado en la esquina de la banqueta, y así fue: los segundos pasaron lento, sus miradas se cruzaron como una historia de amor y en ese mismo instante los ojos de Saúl brillaron con gran tristeza. Intentando volver desesperado, al mismo tiempo que gritaba el nombre de su perro, pisó por accidente el pie de un sujeto que lo detenían para reclamarle y empujarle, siendo prácticamente arrastrado hacia el fondo del camión por las demás personas que no comprendían lo que estaba pasando. No pudo hacer otra cosa que observar por la ventana trasera a su amigo, que se quedó mirándolo por un momento, para luego darse vuelta y perderse por siempre.

El branco alemán aún sigue vagando por las calles de Ensenada, cojeando, con el hocico jadeando, el estómago vacío y casi irreconocible por la sarna que cubre su cuerpo… Y quizás así siga, hasta el día en que el espíritu aventurero decida terminar su viaje.