LOS PERROS GUARDIANES: A voto pasado

Podemos cambiar el futuro, pero no el pasado.

         Si el futuro domina nuestras pretensiones, si trabaja siempre en la prospectiva del placer, entonces habría que reconocer que el pasado es el trampolín que nos lanza a la gloria o, de nuevo, a la derrota.

 Rael Salvador / A los 4 Vientos

         Solía recriminar Santayana: “Quién olvida su pasado, está condenado a repetirlo”.

         El hecho de imaginar que el futuro no es predecible, que no podemos saber qué pasará en el porvenir, detengámonos un poquito y recapitulemos cuántas ocasiones él mismo nos ha dado la contraria. Cuántas veces nos ha puesto en el lugar y la hora justa para que aquello que soñamos imposible se posesione como un elemento más de la realidad ordinaria.

         ¿Podemos decidir lo que queremos que suceda?

         Desde luego.

         A eso se le llama tendencia, planteamiento que indica que lo que piensas tiene la posibilidad de suceder, es decir (ejemplifico): si los políticos de tal partido han fallado, resulta tendenciosamente probable que así sea el resto de los mandatos bajo “X” membrete, si es que de nuevo alguien decide votar por ellos.

         No se olviden que somos capaces de generar circunstancias, no sólo quedar atrapados en ellas.

         La victorias no van a detener las derrotas. Las derrotas no va a anular las victorias.

         Cito al maestro Norberto Bobbio, quien ha insistido sobre las múltiples debilidades de la democracia: “¿Qué cosa es la democracia sino un conjunto de reglas (las llamadas reglas del juego) para solucionar los conflictos sin derramamiento de sangre?”. “No se puede cultivar la filosofía política, sin adentrarse a la esfera de lo no político, sin establecer los límites entre lo político y lo no político”. “El único modo de salvar la democracia es tomarla como es, con espíritu realista, sin ilusionar y sin ilusionarse”.

         Quienes se conforman con la normalidad a medias, le otorgan a la mentira el privilegio de interpretar la realidad de acuerdo al vacío de su propia comodidad.

         Es decir, a través de la neutralidad obscena que es lo “políticamente correcto”.

         Porque es muy cómodo guardar silencio y no votar.

         Porque es muy cómodo ver el desastre educativo o social y no hacer nada.

         Porque es muy cómodo no pensar y actuar a lo pendejo (ya lo vimos).

         Si el ciudadano toma por verdad lo que es sólo una ilusión, hay que abrirles los ojos y atentar contra esa especie de fe, esa estafa de credulidad ociosa que hace a los secos paseantes sentirse doctos políticos, técnicos y capaces para todo y sin ser buenos para nada.

         Ellos no van a esta guerra, ellos no disparan contra la ignominia y la ignorancia, ellos se quedan cómodamente en los escritorios a gestionar las municiones de una batalla donde no están de cuerpo presente: ¡Por lo menos háganlo a la altura de las circunstancias! Y las circunstancias exigen capacidad y creatividad, no sólo la ligereza petulante de ser juez y parte.

         Así, muchas veces se confunde la irresponsabilidad con el infantilismo más perverso, es decir la “emoción neurótica” del cumplimiento egoísta de los caprichos materiales, desatendiendo la obligación de lo social y lo educativo.
         
         En aras del sacrificio puntual y la entrega misericordiosa, nos “encantamos” con un sentimiento de satisfacción, estado de gracia –nuestra propia morfina– que se confunde con la plenitud.

         Nada posee la realidad de lo que parece: las cosas no tienen nombre, sino apellido, sobre todo porque es muy cómoda la neutralidad obscena que se cifra estelarmente en lo “políticamente correcto”.