LOS PERROS GUARDIANES: Observo a niños en jaulas, como perros

        Una mano tendida al enemigo para que cambie… Suena bien, pero sin antes vaciarlo del odio que profesa –y pone en práctica– resulta improcedente.

         ¿Pero si el odio es también el combustible de quien hace la petición?

         ¿Cuántas veces los rivales se han apropiado de las estrategias del enemigo para aplicárselas? Sucede siempre, y hoy no será la excepción.

Rael Salvador /A los 4 Vientos

         Observamos a los niños en jaulas, como si fueran perros infectos –que para la política de Trump los son, por eso se encuentran confinados, sin defensa legal, a espera de una resolución comparable a la cuarentena–. Entre el interés de la defensa, las imágenes ya rebasan las estadísticas de lo asociado a lo humano.

        A diferencia de los adultos, que temen con la conciencia, estos infantes exhiben un temor físico que vulnera los tratados de la razón y nos colocan en el análisis de una sinrazón, lesiva del honor y de dignidad humana.

Fotografía difundida en internet

         Hace unos día leía con cierto grado de aprecio, por la verdad que conlleva, la siguiente frase de Joe Bageant: “Los sueños escapan por la misma puerta por la que nunca entra la oportunidad de una educación decente”, que engloba, sino de una manera correcta sí cercana, las crisis existencial de nuestro tiempo.

       Al ofrecer seguimiento al cinismo de la política de Donald Trump, en relación a los migrantes y la separación forzada de sus hijos, doy por sentado que la crueldad, aunada a una locura vulgar, ha extraviado la política para aplicar, lesa humanidad, toda la bajeza ignorante que concentra un cinismo envilecido.

        Una orquesta de quejidos, un coro de lloros, un pandemónium imberbe. Asomar la cabeza a los audios de esa pesadilla resulta una experiencia traumática. Malla ciclónica, con la que se construyen las leoneras, las perreras, las animaleras... Construcciones que revelan el fracaso colectivo y exhiben la impotencia personal.

     Cabría pensar, como se suscitó en Auschwitz y Treblinka –o en los centros de detención para japoneses en California, después de Pearl Harbor–, que la humanidad presente no aprende de las lecciones del pasado… Y, gracias a la permisible dejadez que acarrea la modernidad, ahora repite la ofensa al mismo grado infame de vulnerabilidad infantil. Porque eso ya pasó en los centros de concentración Nazis y en los Gulag Soviéticos, y se suscita, en el presente, en las calles de Palestina, en la minas de África, en las cloacas de México o en las cárceles latinoamericanas…

         ¿Una mano tendida al enemigo para que cambie…? Habría que comprobar primero si la Educación, en su fuero internacional, está cumpliendo con la exigencias racionales de imaginar una sociedad de adultos mejores –practicantes humanitarios de la salvedad debida–, para que no nos atropelle el absurdo y la sinrazón de un gabinete encumbrado en ofrecer lecciones de megalomanía, crueldad y vergüenza emanadas de la pudrición de lo humano.