El malestar en la cultura

Somera revisión sobre psicoanálisis y un proceso terapéutico

El psicoanálisis se caracteriza por no ser una disciplina particularmente instaurada; es decir, no se encuentra asentado y reconocido formalmente como una profesión instaurada. Es cierto que existen varias organizaciones, pero, muchos autores psicoanalistas plantean que no existe un título como tal, sin el afán de restar la importancia que juegan las asociaciones psicoanalíticas en el respaldo “académico” que provee a sus miembros. Además, por su carácter excesivamente “fenomenológico” se le acusa de ser anticientífico.

Luis Cuauhtémoc Treviño/ A los 4 Vientos

       Es por aquello de que no es completamente aplicable una metodología única a seguir en cada caso particular, que se aminora el papel que ejerce el psicoanálisis, ya que, aunque Freud hubiese querido colocarlo como una ciencia natural, hoy no existen academias ni cátedras de la práctica psicoanalítica que tengan resguardado un lugar dentro de las instituciones de la salud.

       Bien es cierto que los textos Freudianos son complicados en su lectura y lo son aún más en su interpretación, sin embargo, no significa que inmediatamente quede impune por todo lo que pueda quedar englobado en la categorización de su “mala praxis”, puesto que el mismo método psicoanalítico tiende a hacer suposiciones casi deshumanizantes del analista para que pueda éste funcionar adecuadamente, a la vez que impone la necesidad de una relación en calidad del término “humana”.

       Se ha de plantear, primero, un poco el método que se ha de utilizar en una consulta de tipo psicoanalítico.

       El método por excelencia para la ejecución de un psicoanálisis consiste en lo que se conoce como asociación libre, que básicamente consiste en tumbar al paciente sobre un diván, dándole la espalda al analista. Es curioso conocer el porqué de esto: en realidad es que Freud no quería tener que soportar la mirada de su paciente, como lo explica Etchegoyen (2005) cuando expone las bases históricas del psicoanálisis.

Psicoanálisis. Caricatura publicada en internet por ContraInfo, comunicación alternativa.

En fin, retomando a la asociación libre, toca explicar que se basa en la expulsión de información por parte del paciente, no importando (ni siquiera importando particularmente si el paciente miente) el contenido de sus palabras. Esto se le pide al analizado con el objetivo de que el analista capte todas las manifestaciones de su inconsciente (por ejemplo, mediante los lapsus) para que posteriormente el analista (y esto se recalca muchísimo a la hora de revisar la literatura psicoanalítica) no ha nunca de interpretar (porque se ve obligado a regresar de vez en cuando una interpretación de lo que se le ha dicho) utilizando el juicio propio, sino el del paciente mismo.

Cuando se habla del psicoanálisis se habla de “la cura del habla”, o talking cure, como hace ya tanto tiempo Anna O. nombrase al método que formaría las bases junto con Breuer y Freud para convertirse en la psicodinámica, posteriormente.

Se habla de la cura del habla y de la medicina del alma, pero si se revisa esto desde una perspectiva completamente Freudiana se encontrará que no existe tal cosa como una cura, al menos no en el sentido convencional de la palabra, pues, como Freud lo expone en su obra psicología de la vida cotidiana, todos somos, en esencia, neuróticos. Es por esto, entonces, que el objetivo del psicoanálisis no sería tanto el de una “cura”, si no el devolverle al paciente una concepción “normal” de lo que otrora le provocase, por ejemplo, su obsesión. Encontraríamos entonces algo que podría denominarse como una paradoja de la praxis, dado a que es el mismo inconsciente quien se impone barreras a sí mismo para impedirse alcanzar un deseo inconscientemente reprimido, gracias a un mecanismo conocido (y aún a sabiendas que estoy ejerciendo cacofonía) como represión. Y repito, este no es un proceso del que se tenga conocimiento, pues por algo es llamado inconsciente 

La represión se produce en los casos en que la satisfacción de una pulsión (deseo) – susceptible de originar placer por sí misma – podría provocar desagrado con respecto a otras exigencias (Fua, T. H., 1978).

En la dinámica de una terapia psicoanalítica es fundamental el concepto de transferencia, y aún más importante lo que Freud llamaba neurosis de la transferencia. En parte, si el vínculo entre la pareja analítica es compatible para que exista una relación provechosa de donde el analista pueda sacar el material (que no serán nunca más que sólo palabras) que necesita; en parte porque al establecerse una relación sólida entre paciente y analista, entonces el paciente comenzará a depositar su confianza y sueños o metas en el analista.

También la transferencia representa el hecho de que (y por esto es que el analista juega un papel de silencio que muchas veces puede ser interpretado como frío y vacío) el analizado recreará en el analista características que asocia con alguien más que puede ser importante, ya sea de manera positiva o negativa, en su vida. Es gracias a esto que se puede obtener bastante información, como si un paciente llegase por primera vez a consultarse, y lo primero que saliese de su boca fuesen cuentos del campo. Quizás podríamos interpretar, con el avance de las sesiones, que en realidad “Pablo”, el paciente, se avergüenza de sus orígenes humildes de manera consciente, pero inconscientemente sigue rindiendo honor a su padre, como diciéndole que nunca se ha ido de ahí, y que sigue acompañándolo (Fua, T. H., 1978).

Ha de comprenderse entonces que no existe pauta ni directriz tallada en piedra, como si se tratase de caracteres cuneiformes, de la cual pueda servirse el analista para guiar el proceso, más que lo que muchos autores psicoanalíticos considerarían como recomendaciones en lugar de leyes, precisamente por aquello mismo de que cada caso debe abordarse de una manera diferente, sólo teniendo en cuenta el papel que ha de desempeñar el analista, y más o menos una manera para establecer las bases que serán utilizadas a lo largo de todas las sesiones.

He de recalcar, además, que al paciente se le irá adecuando para que vaya respondiendo como se supone que debería responder o comportarse durante las sesiones, y cualquier anomalía ha de utilizarse como material de análisis.

Aquel espacio en donde se discuten las dimensiones y componentes del tratamiento es lo que se conoce como el contrato psicoanalítico, aunque Freud prefería referirse a él como pacto, en ascuas de aminorar la enorme cantidad de sugestión que puede arraigar el sólo término, por lo que se ha utilizado (como mucha de la jerga psicodinámica) exclusivamente entre terapeutas. Esto porque el psicoanalista no desempeñará función de consejero, no prescribirá comportamiento ni nada de ello. La única función del analista es la de ayudar al paciente a redescubrirse a sí mismo, a la vez que va desvelando nuevos secretos que no conocía el paciente sobre sí, y todo utilizando únicamente el material que el paciente ha proporcionado.

Sigmund Freud…El pacto. Imagen publicada en internet por Medium.com

Sobre el individuo y su problema de cara a la cultura

Como logra apreciarse, el enfoque psicoanalítico se centra en el aparato psíquico y en la estructura de éste, cómo las interacciones entre el ello, yo y el superyó conforman o más bien canalizan la proyección consciente del sujeto. De esta forma podemos hablar de un inconsciente que rige al sujeto.

Este inconsciente ha de regirse por un principio de conservación, donde, en teoría, nunca ha de borrarse ninguna estructura primitiva en éste. Así las primeras interacciones del “proto-yo” con una base reaccionaria han de mantenerse cuando el adulto ya ha desarrollado nuevas estructuras psíquicas.

En este sentido, el infante que recién existe no posee un sentido del yo, ni ha desarrollado propiamente un ego. Aquí se rige solamente por un principio de placer, y ese sentido prototípico del yo se convierte en un sistema dicotómico de evaluación de estímulos, donde algo es o no es placentero, y sólo se tiene la comprensión de que el propio cuerpo existe separado de todos los demás estímulos que le hacen reaccionar. Esta sería la primer y más primitiva estructura.

De ahí el ser humano, en sus etapas iniciales, rigiéndose por el principio de placer, entiende una de las primeras formas de acercamiento a la felicidad, que sería el perseguir apaciguar estas necesidades e inquietudes meramente pulsionales. Y si se toma en cuenta el principio de conservación inconsciente, esta estructura psíquica causará problemas cuando el adulto consolide un verdadero principio de realidad, en donde el yo ya existe en función de un contrato social.

Acercarse a la felicidad mediante apaciguamiento pulsional considera Freud que se trata de un acercamiento pueril (gracioso considerando que literalmente se forma en el inicio de la vida) y cuasi-hedonista. Acercarse a la felicidad mediante estupefacientes sería también para Freud una forma pobre de acercarse a la felicidad, y consideraba a la intelectualidad como una forma de conseguir felicidad más completa, pues cumple con componentes intelectuales y no meramente pulsionales. Sin embargo, también argumentaba que así se trata de una felicidad efímera.

Este punto es analizado por Freud en un sentido casi arqueológico, más genealógico, de la cultura. Explora a las proto-familias y su formación cuando el hombre todavía no era hombre ni por evolución. La formación de las primeras familias habría de regirse por una necesidad pragmática (que sería el inicio de reconocer que la voluntad de poderío del más fuerte no debe prevalecer) pero también en los esbozos de lo que ahora sería una búsqueda de la felicidad, pues ha de buscarse en función de una sexualidad como generadora de este tipo de inquietud.

Sobre la cultura y su interacción con el individuo

Desde temprano se entiende que cultura es todo aquello con utilidad para el hombre, desde los aspectos más básicos hasta los más abstractos. De esta forma, la agricultura y ganadería hasta la limpieza y el orden forman parte de una cultura global. Quizás pueda entenderse mejor este ejemplo hablando acerca del punto de vista de Bruner (2008) acerca de la evolución del hombre como hombre y no como animal.

Así se entiende la evolución como especie inteligente mediante medios aloplásticos, que sería una evolución basada en herramientas y tecnología, pues es la que permite al hombre seguir avanzando como hombre en vez de animal; es decir, la tecnología y la técnica permite mayor avance intelectual y cultural.

Este punto es analizado por Freud en un sentido casi arqueológico, más genealógico, de la cultura. Explora a las proto-familias y su formación el sentido de realidad que después será en la conciencia del yo, pues equivale a reconocer por primera vez que la asociación con otros equivale a mejoría, formando así un contrato social y determinando que la voluntad de poderío del más fuerte debe diluirse frente a las voluntades de todos en promedio. Nace así un derecho y una justicia, en donde el yo se desarrollará frente a la cultura en función de estos.

Además, esta primera tecnología social es lo que permite esta evolución aloplástica a través de las mímesis de las técnicas y tecnologías, ahora más fáciles de recoger dentro de las primeras civilizaciones: copiar al otro. Y así volvemos al hombre como hombre y no como animal, sino como un Dios.

La creación de Adán es un fresco en el techo de la Capilla Sixtina, pintado por Miguel Ángel alrededor del año 1511. (Imagen publicada en internet)

El hombre como un Dios. El hombre como un semidiós. El hombre como un Dios imperfecto. El hombre como un Dios aloplástico… un Dios que necesita de sus prótesis. Es el mero hecho de transformar la misma naturaleza en función de las necesidades del hombre el hecho cultural más importante, puesto le permite una adaptación más sencilla, y en la modernidad el hombre dispone de extensiones sensoriales como las gafas hasta memorísticas, como la fotografía.

Los conflictos

La felicidad como búsqueda casi que teleológica del hombre se encuentra sesgada por el mero hecho de éste poseer consciencia de sí. Es esta consciencia la que sesga la felicidad pues en base a las primeras estructuras que se mencionaron al principio, todavía el individuo cuenta con entendimiento reaccionario de un no-yo (o un objeto) hacia un yo, en un principio de placer.

Así la felicidad se vuelve imposible gracias a que se trata de un estado consecuente y no perpetuo. El hombre no puede conocer una felicidad sin primero sentir lo contrario, y no puede sentir lo contrario a felicidad si no experimenta felicidad, por lo que tratar de mantenerla se vuelve meramente imposible.

La cultura es entonces una limitante, pues disminuye al sujeto frente a una sociedad, como hemos dicho, en base a ese contrato social. Y sus exigencias utilitaristas se vuelven instituciones en vez de contratos. Este problema lo trataría Lacan al abordar una ecología del sujeto a través de los medios de producción, el psicoanálisis y el lenguaje, con el sujeto como entidad siquiera antes de su existencia física.

Así aspirar al cumplimiento del contrato se contrapone en bastantes ocasiones con la misma lucha yóica por la búsqueda de una felicidad que ya se sabe imposible, pero no se sabe por el sujeto en particular. Los mecanismos de defensa como la represión toman bastante fuerza en contraste con una interacción que se obedece desapegada al ego, pero siendo el ego casi el régimen de la formación del sujeto, desde saberse la realidad como un yo-objeto básico…

De esta forma se puede entender a la planificación social y la genealogía de una filosofía política en Freud como una posición ilustrada (Crespo-Arriola, 2013), puesto que opera en función de un utilitarismo y una ética y se reconoce un ejercicio intelectual como la mejor forma de la búsqueda de una felicidad.

Podemos entender al sujeto como un ente reaccionario a la realidad, sí. Pero también es un ente reaccionario a sí mismo, pues reacciona en base a los mecanismos internos que le forman, pero también hacia un locus de control externo que actúa como un espejo de su identidad.

El problema se encuentra en la valía y en el sentido de la vida, en una posición un tanto más existencialista, con bases claramente Nietzscheanas, como se pudo observar al momento de hablar del hombre como un Dios, y entender a la religiosidad en un “sentido oceánico” como una dilución innecesaria y pueril del yo y la responsabilidad al delegarla en un igual que ha de entender al hombre por el mero hecho de ser hombre:

“[…] pero aquí se hace oír la voz de la crítica pesimista, advirtiéndonos que la mayor parte de estas satisfacciones serían como esa «diversión gratuita» encomiada en cierta anécdota: no hay más que sacar una pierna desnuda de bajo la manta, en fría noche de invierno, para poder procurarse el «placer» de volverla a cubrir. […] De qué nos sirve reducir la mortalidad infantil si precisamente esto nos obliga a adoptar máxima prudencia en la procreación; ¿de modo que, a fin de cuentas, tampoco hoy criamos más niños que en la época previa a la hegemonía de la higiene, y en cambio hemos subordinado a penosas condiciones nuestra vida sexual en el matrimonio, obrando probablemente en sentido opuesto a la benéfica selección natural?” (Freud, 2002)

El hombre entonces en una era de la reproductibilidad técnica adquiere la propia culpa de la dilusión y la poca capacidad de alcance de su propia felicidad al generar sus propios conflictos mediante la tecnología, pues en la modernidad, ¿cómo sería generada una angustia por la distancia, por ejemplo, si no tuviera en primer lugar una forma de viajarla? Hoy hablamos de aviones y teléfono, pero Freud de barcos y telégrafo…

En fin, que el sinsentido de la vida funciona casi como una piedra en el mito de Sísifo, y corresponde al hombre poner sus propias metas en una existencia que se debería entender vacía y conflictiva sólo porque se es consciente de esta

El mito de Sísifo. (https://www.goodnewsunlimited.com/the-man-and-the-rock/ )

Bibliografía

Crespo-Arriola, M. (2013). El problema de la cultura en Freud: de la arqueología del inconsciente a la utopía de la razón. Pensamiento y Cultura, 16 (1), 67-85. 

Etchegoyen, R. (2005). Los fundamentos de la técnica psicoanalítica. Buenos Aires [etc.]: Amorrortu, 25-101.

Fontana, C. (2001). Todo lo que usted nunca quiso saber sobre el psicoanálisis. Madrid: Sintesis, 27-114.

Freud, S. (2002). El malestar en la cultura [Ebook] (p. Librodot.com). Retrieved from https://lookaside.fbsbx.com/file/Freud%20Sigmund%20-%20El%20Malestar%20en%20la%20cultura_.pdf?token=AWxImBDxRtXO2lzuD5NYX2H3xY6wsD8qb_eI4x37Ses8ZOSFZkJCCznZ1vy76gdwUHqWadBN4HR80hAyxgjteYEKmvhd0hisjMWaYN5EtRWdlFYgGyTRPzXtX5DLUmZb-Q189KcTOLYPBfiuxFOa8cKeiZXirn2LGHogjs64LCFl4A

Fua, T. (1978). Cómo abordar el psicoanálisis. Barcelona: Libreria Editorial Argos, 13-126.

Bruner, J. (2008). Desarrollo cognitivo y educación. España: Morata.

Imagen de portada: internet/ Diario Literario Digital.