LOS PERROS GUARDIANES: Los hermanos Way Wild Country.

Osho, y no Sheela: “El hombre más peligroso del mundo”

       Wild Wild Country” (2018), de los hermanos Maclain y Chapman Way, causa revuelo en Netflix y, en sus seis abrumadores capítulos –más cercanos a la narrativa ficción que a la muestra de un testimonio claro–, es considerada por las audiencias televisivas como el más fascinante y maniático seguimiento de las actividades en Oregón (Estados Unidos) de la “secta de los Rajneeshees”, discípulos de las enseñanzas de Bhagwan Shree Rajneesh, llamado el “Gurú del sexo” y mejor conocido en el ambiente contracultural con el apelativo de Osho.

Rael Salvador/ A los 4 vientos

       La trama es un trenzado fino, no carente de despeines al viento de otros investigaciones y a los testimonios del propio filósofo indio, donde entra en juego el sexo libre, la mística oriental, la histeria judicial, las sectas satanizadas, el hastío de provinciano, la heroína paradisiaca, el fraude migratorio y el armamento por parte de los colonos de Antelope, pequeña ciudad del condado de Wasco (que todavía en 2016 reunía sólo 48 habitantes), en el abordaje expansivo de los internacionalistas Rajneeshees… priorizando la línea narrativa en los desmanes psicóticos, traducidos en sabotaje, bioterrorismo, intentos criminales y desfalcos administrativos, por parte de Ma Anand Sheela (conocida también como Ambalal Patel Shīla, Shila Silverman, Sheela Birnstiel), secretaria personal de Osho, implicado hasta el trato arbitrario, el encarcelamiento ilegal y la deportación inminente.

Los hermanos Way. Foto: internet

       Los hermanos Way realizan un culebrón demencial, tipo Discovery Channel (True Crime).

Revelan de manera parcial, en la acción y la aventura que promueven, las miles de cintas y videos confiscados al centro de meditación por el FBI, editados con una carga que evidencia rasgos de odio espiritual y exaltación de posturas neuróticas, expuestas como moralidad y razón, dejando de la lado las dosis de credibilidad dura que debería amparar la verdad en la vida de una persona traducida en documental, en este caso la del mismo Osho, además de negarse la lucidez de ir más allá de los testimonios payaso de los involucrados –políticos, religiosos, territoriales– como contraste a una visión sesgada que facilita la confusión de las audiencias desinformadas.

       Después de haber leído –la palabra “path” en hindi significa leer, pero leer la misma cosa cada día, durante toda la vida. No se puede traducir como el “leer” de occidente, en donde lees un libro de bolsillo y después lo abandonas en el parque o lo tiras– con acuciosa curiosidad intelectual la obra de Bhagwan Shree Rajneesh –contrastada con los trabajos de Yogananda, Gurdjíeff, Ouspensky, Krishnamurti, Maharishi y otros místicos que oxigenaron con su espiritualidad el siglo XX–, he llegado a la conclusión de que Osho, maestro de Filosofía occidental en las universidades de la India, se valió ampliamente de la fórmula de Schopenhauer, esa riqueza que es un binomio de los profundos saberes de Oriente y Occidente, que más tarde utilizaría Jean-Paul Sartre –quien la recrea en el legado de Martin Heidegger, un fino orientalista– y que daría como resultado el “Existencialismo” (que, al cruzar el Océano Atlántico, derivaría un poco más tarde, sobre todo en Estados Unidos, en el movimiento Beat, el hippismo y la Contracultura).

       A Osho hay que leerle en las ediciones originales (no tematizadas, como las presenta Editorial Grijalbo, sino en Neo Person, Gulaab, Kairós), pero sobre todo entenderle desde esa inevitable suma que es la filosofía de Oriente y Occidente, reconociendo que la libertad sexual es un legado de diversas culturas ancestrales y el cultivo de la intelectualidad –sensibilidad base para que el conocimiento se transforme en sabiduría– una exploración profunda a través de las diversas técnicas del budismo tibetano, el zen, el taoísmo, el hinduismo, el sufismo, el éxtasis cristiano, el legado ancestral de los habitantes originales, etc. –Rolls Royces, la primicia de las joyas, sexo lujoso y lujurioso, multipropiedades y demás tonterías las puede obtener cualquier ladrón de cuello blanco y quienes heredan fortunas manchadas de sangre, sin contar con las facultades de Osho–, y que es algo que escasamente transparenta el documental de los hermanos Way, “Wild, Wild, Country”, en Netflix.

       Al entramado Way le hace falta la exposición del perfil de su sujeto, vertebrar con un modelado de oro la trascendencia del pensamiento de Oriente –sin la fulguración de los muchos dioses y técnico occidentalizados los saberes de la economía– a partir del filósofo alemán Peter Sloterdijk, alumno de Osho y quien considera a éste como el Wittgenstein de la religión, nivelando su vital importancia a los horizontes de un Nietzsche que baila y canta, de un Hegel sonriente y de un Sartre bañado de rosas.

Wild Wild Country. La serie. Foto: internet/Netflix

       Pasadas las vejaciones –observables en la serie–, Osho negocia su liberación ante las autoridades norteamericanas, aborda uno de sus aviones y, miedo, por acuerdos internacionales de por medio, no se le permite aterrizar en ningún país, siendo arrestado de nuevo en Grecia –si en la Unión Americana fue el Cardenal Ratzinger (futuro Papa claudicante) el orquestador de la salida, en tierras griegas será la Iglesia Ortodoxa quien lo expulse–, así como Suiza, Suecia, Inglaterra, Irlanda, Jamaica, Uruguay (donde dará sus afamadas charlas), pasando clandestinamente por Portugal y llegar a Bombay… recorriendo 73 mil kilómetros desde su salida de la India, y que es conocida como “La gira mundial de Osho”.

       Shree Rajneesh dejó muy en claro este episodio al responder de manera cabal ante el cuestionamiento de lo sucedido: «Si hubieran sido respetuosos, comprensivos y amorosos hacia mí, “eso” habría sido chocante. Su tratamiento es completamente el esperado».

       No el desfalco espiritual y material de Sheela, sino la revelación de su verdad fue la mayor ofensa, agregará: «La gente se ha alejado mucho de la realidad y el hecho de recordárselas les hace sufrir. El tratamiento que me han dado no es más que una expresión de su corazón herido. No quieren ver sus heridas; no quieren que se les recuerde lo que han tratado de olvidar y perdonar con tanto esfuerzo. (…) Es Natural que se enfaden conmigo. Es natural que quieran lapidarme. Es natural que quieran hacerme todo lo que siempre han hecho con la gente como yo».

 

       Sin mediación de metáforas, Sócrates y Séneca fueron conminados al suicidio; Jesús fue crucificado; Kabir fue llevado a los pies de los elefantes y aplastado hasta su muerte; a Mira, igual que a Osho, se le envenenó; en un periplo de tres semanas de acoso físico y psicológico, de alimentaciones obligadas en las diversas cárceles a las que fue sometido  –Carolina del Norte, Oklahoma, Portland–, Bhagwan Shree Rajneesh, Osho, muere intoxicado de talio, el veneno preferido del contraespionaje, a los 58 años de edad.

 

       En su casi inmovilidad, sentenció: «Déjame explicarte todo el concepto oriental de descender. Un hombre nace sólo si algo va mal, si algo va mal con él. Si nada va mal, él no nace; se va a la fuente, desaparece en el cosmos.

En su epitafio, siguiendo el cálido ritual de sus alegorías –él, que había leído los más de 150 mil libros que, de Sosan a Kazantzakis, de Aristóteles a Nietzsche, de Tolstói a Whitman, aún conforman su biblioteca–, se lee: “Osho nunca nació, nunca murió, solo visitó este planeta Tierra entre el 11 de diciembre de 1931 y el 19 de enero de 1990”

Osho, su historia. Foto: internet/ Camino al Regreso

       «Qué mundo tan maravilloso –nos comparte el “hombre más peligroso del mundo”–; incluso en estas alturas puede uno escuchar una risita en el valle».