Votar con enojo

En plena efervescencia de las pasiones electorales, Enrique Peña Nieto nos pide cada que tiene oportunidad, “no dejarnos llevar por el enojo”. Las posibles respuestas que daría una persona mínimamente preocupada por las condiciones del país podrían ser: ¿Con qué estado de ánimo quiere entonces el presidente que nos acerquemos a la urna? ¿Por qué nos habla como si las manifestaciones de nuestra lastimada sensibilidad ciudadana fueran un berrinche? ¿No es justo lo políticamente inadmisible lo que debe ser denunciado con firmeza a la hora ejercer el derecho al sufragio?

Alfredo García Galindo /A los 4 Vientos

La enorme distancia que separa a la clase política respecto a sus gobernados se desnuda así en el cinismo discursivo de Peña Nieto, quien parece no importarle que la inmensa mayoría del electorado está manifestando su rechazo al gris candidato supuestamente “ciudadano” que abandera a su partido, el cual es, por supuesto, el moralmente más descompuesto. Insiste en que haya continuidad para las reformas que su gobierno impuso como si la crisis social propia del capitalismo de amigotes (diría Joseph Stiglitz) que él ha fomentado hasta el absurdo fuera una invención originada en la mala fe de los resentidos.

Así es; la debacle electoral del PRI es la mejor evidencia de un partido que ha cavado su propia tumba a fuerza de ofender a un electorado cada vez más politizado –con todo lo bueno y lo malo que eso pueda implicar– al grado de que actualmente ya no le resulten suficientes las maniobras mediáticas que en el pasado utilizó, cuando contaba con la mano dadivosa de Televisa siempre tendida para ayudar a domesticar al pueblo a través de una información distribuida con dolo y a cuentagotas.

Ricardo Anaya en lel Pacto por México con el presidente Enrique Peña Nieto. Aplaude otro panista distinguido, Gustavo Madero. Foto: internet/ Gaceta.mx

A tal grado ha sido la caída del PRI que en su arrastre se ha llevado buena parte de las posibilidades del candidato Ricardo Anaya, pues en cierta manera, muchos votantes –ya sea por una genuina convicción personal o porque se dejan arrastrar por el adagio de “la mafia del poder del prian que siempre recita López Obrador– en efecto ven en el joven queretano a un simple comparsa, a una estrella oscura de la continuidad que tiene demasiado parecido en actitudes, pensamientos y proyectos a lo que el grupo en el poder ha presentado desde hace varios sexenios dado que además no es posible identificar diferencias sustanciales entre el PRI y el PAN; de hecho sólo hay que ver los desagradables videos que Vicente Fox publica dirigiéndose a los electores como si tuvieran una discapacidad en el aprendizaje y que corona después reuniéndose con José Antonio Meade.

Enrique Peña Nieto pide a los ciudadanos «no votar con enojo» y reiteradamente pide el reconocimiento de los «avances» de su gobierno. Foto: internet

El caso es que la fijación permanente de Peña Nieto de hablar en abstracto –aunque es obvio a quién se refiere– de la amenaza de “vueltas al pasado” o de “modelos caducos”, no hace más que evidenciar a una clase política trágicamente indolente respecto a la suerte de las mayorías nacionales. Esa insistencia de echarse flores a sí mismo hablando de unos “avances” que pocos ven, de dar mensajes en cada evento como si fuera el mandatario de un país escandinavo y no de un México que se derrumba, expresa la urgencia de que esta nación sea conducida por caminos radicalmente distintos pues, para propios y extraños, de lo que no hay duda es de que estamos bajo la potestad de una corrupción galopante, de una pobreza que no disminuye, de una desigualdad atroz y de una violencia sin precedentes.

En un escenario semejante cobra una devastadora claridad el enojo como una reacción natural que es detestable que el primer mandatario menosprecie.

El hartazgo de la gente no es por el deseo no cumplido de hacer un experimento político superficial, sino por una extrema putrefacción, la cual, por sus efectos y consecuencias en lo cotidiano, ha tomado tintes de escándalo internacional pues hoy la prensa de muchas banderas presenta a nuestro país como un ejemplo de lo que ocurre en una democracia fallida.

Una de las movilizaciones multitudinarias realizadas en la mayoría de las ciudades del país en enero de 2017 en contra del gasolinazo y exigiendo la renuncia del presidente Enrique Peña Nieto. Foto: internet

En fin que si hacemos caso a las preferencias expresadas en los últimos meses (y si no se pone en funcionamiento un fraude monumental o algo peor) López Obrador ganará las elecciones. La suerte del país, en efecto, penderá en el aire pues nada garantiza que el tabasqueño se encuentre a la altura de sus propias promesas. Incluso no será raro que aun en el mejor de los escenarios, la adaptación implique un periodo de sacrificios y de decepciones para muchos.

En todo caso, no será justo recriminar a sus votantes por la decisión que hayan tomado en la plenitud de su enojo cuando hoy no existen suficientes pruebas de que la otra opción –Ricardo Anaya– tenga una autoridad moral claramente por encima de la mostrada por López Obrador; y tampoco lo será cuando los que actualmente tienen el poder se han encargado de reiterar con sus fechorías que lo urgente es lo que más parece estar lejano a ellos y a esa inmundicia política con la que en buena medida también el PAN se ha contaminado.