LOS PERROS GUARDIANES:  El Mayoral de Monet

         Miguel Ángel Mayoral Rodríguez (1994) es un artista de la lente que posee una imagen que ilustra con amplitud la pintura de Monet, una fotografía que, en el colorido despliegue de sí misma, es un elogio al genio.

Rael Salvador/ A los 4 vientos

         Portentosa porque la imita, obtiene características de estanque mágico –donde las visiones se hacen revelaciones–, y al atribuirle esta marejada solar de virtudes, confieso que la pondría al resguardo del área de poesía, a lo alto de mis libreros.

         ¿Cómo se logra atrapar al duende del fulgor y meterlo a la cámara? ¿Es un filtro recortado, con sumo cuidado, al rocío del arcoíris? ¿Es el accidente de una madrugada desnuda, bañada en oro y jugo de rosas, donde flotan las uvas fantasmas de la plata, para que los verdes del fuego sagrado se dejen sentir como ese viento la artesanal que es la música de Mozart?

Miguel Ángel Mayoral Rodríguez, artista de la luz. Foto: Rael Salvador

         No lo sé, pero intuyo que la Diosa Fortuna, en su narcisismo incontinente, refleja su vanidad etérea en algún lago cercano… Uno puede, accidentalmente, repasar las vocales en sus colores primarios, sentirse Rimbaud ebrio por un instante y… ¡sentar a la belleza en las rodillas!

         La fotografía que se desdobla en un Monet, integrada por la pluralidad de pixeles enfebrecidos por el color –homenaje y acto sublime de justicia plástica–, me dice que eso es posible.

         Los registros que realiza Mayoral Rodríguez guardan un componente que, de no dedicarse a la fotografía, lo inclinarían a tomar los pinceles: si los destilados de luz se exponen en un afán celebratorio, seguro que los dominios del pintor también ofrecerían elogios a la naturaleza.

         La luminiscencia en el agua también es un bautizo, permite que la trivialidad se trasmute en sueño y éste se eleve en prodigio: ondulaciones y trazos fluctuantes que entrecruzan sus limitaciones y, en una aventura sutil,  reveladora –alhajas que extienden en un rumor líquido lo ilegible–, alimentan tonos que sólo la imaginación a la deriva, desmayada, sin voluntad, alejada del traje de la razón, puede presentar como un mundo de oro visto por el ojo intoxicado de un mosca.

         Dios envidiaría tal visión si Él mismo no fuera el creador del dulce iris del diamante, estallido esquizofrénico que sólo los demonios y los locos  llevan escondidos en la frente… Los mitos del Himalaya sustentan estas palabras y le ofrecen vuelo al fulgor místico de algunos artistas y visionarios, como el caso de Monet y Mayoral Rodríguez.

        Los fotógrafos como Mayoral Rodríguez suelen tomar el acto poético como un aberración ante el obligado dominio de la  técnica: si no está lo que se persigue en la esperanza resuelta de los tabuladores y las fórmulas, el azar no puede presumir el espíritu de sus musas en una imagen tan oportunamente identificada y contrastada…

         Lo que sucede es que la Historia del Arte es también un virus a identificar, precisamente ahí donde las dudas van encaramando nombres conocidos y prodigios anteriores. Si nos dejamos llevar por la inopia reconfortante, el artista jamás sabrá que posee las cualidades de un genio y, en lugar de exponerla, en su sed de gloria se beberá la luz.