La vocación de ser maestro

No es la profesión mejor pagada, ni la mejor posicionada; incluso es una de las más cuestionadas. Cuando se habla de ser maestro, se habla de la gran responsabilidad que implica el ejercicio de esta labor.

Joshua Daniel Fuentes Velasco* / A los 4 Vientos

Dalia Aurora Orozco Preciado prestó servicio como profesora en Baja California por más de 15 años, en distintos niveles académicos, con mano firme y creyente de que el cambio verdadero se encuentra no en la política, sino en los jóvenes: el futuro del país. Porque ser maestro no es sinónimo de perfección, es sinónimo de enseñanza. A propósito del Día del Maestro, conversamos con ella.

-¿Siempre supo que quería ser maestra?

-Sí, siempre lo supe. Vengo de una familia de maestros donde siempre estuvo presente la profesión. Así que desde pequeña la admiraba.

–¿Qué tiene la profesión de docente que no tenga otra más?

–El poder compartir no sólo un aula de clases, si no historias completas de vida con personas que están a la espera de que su mentor o maestro les brinde las bases necesarias para continuar con el camino. Y, al final, que te tomen como un vivo ejemplo a seguir.

–¿Qué retos enfrenta un maestro al momento de entrar a un salón de clases?

–El miedo: a no cumplir con las expectativas del alumno, de la dirección, incluso del Estado; normas que se te estipulan desde un comienzo y que de no acatar dichos estándares te pueden hacer sentir incompetente e ineficiente.

–La profesión de maestro, en México, no es bien pagada, ¿por qué continuó dando clases?

–Duré más de 2 años sin que me pagaran mi sueldo completo, me pagaban sólo un parte, pero si a pesar de ello no faltaba es porque, primero, hacía algo que me apasionaba y, segundo, el saber que si yo faltaba los únicos afectados serían mis alumnos me hubiera hecho sentir que todo por lo que luché lo estaba tirado por la borda. Dentro de mí nacían las ganas de dar clases, era mi vocación.

–¿Cómo fueron cambiado las distintas generaciones durante el tiempo en que dio clases?

–Me gustaría decir que evolucionaron para bien, pero sé que no es así. Año tras año todo va cambiando y los alumnos no son la excepción. Los últimos tres años que di clases fueron difíciles: los alumnos iban perdiendo el respeto al maestro; y los padres de familia no eran el mejor apoyo, sobre todo porque pensaban que sus hijos siempre tenían la razón. Aun así, no dejaba de dar mi mayor esfuerzo. Siempre quise que mis alumnos fueran ejemplares; al menos que fueran dedicados en lo que quisieran ser.

–¿Por qué se retiró de la docencia?

–Mi salud ya no es la misma, me sometieron a una cirugía que salió mal y eso me impide hacer muchas cosas. Quisiera dar clases aún, pero me retiraron por mi estado de salud. Siempre pensé que me retiraría cuando mi muerte fuera inminente, que hasta entonces seguiría parada frente a esos jóvenes inexpertos que esperan ser educados por alguien ajeno a su familia.

–¿Qué es lo más significativo que le dejó la profesión de docente?

–El poder sembrar una semilla en cada alumno y ver que al paso de los años el alumno va creciendo, llenándose de conocimiento, de experiencia y, al final, verlos convertidos en profesionistas. También el saber que fui parte de su aprendizaje y que ellos lo recuerdan. Esos son de los momentos más felices de mi vida. Siempre lo dije: nunca tuve hijos propios, pero cada año adoptaba a más de 30 hijos que llamaba mis alumnos.

–Por último, y al ser usted maestra, no puedo evitar preguntarle sobre los 43 estudiantes normalistas desaparecidos y cuyo caso aún no se resuelve, ¿cuál es su opinión al respecto?

–Yo, como maestra que lleva la docencia en la sangre, siento furia, coraje, desesperación por el hecho de que eran futuros profesionistas, y, más allá de eso, porque eran personas jóvenes con un porvenir. El que aún no resuelvan el caso sólo demuestra la incompetencia de las autoridades por hacer su trabajo como de debe de ser. Uno como maestro sabe lo difícil que es perder a un estudiante. ¡No me imagino que hubiera pasado si uno de ellos hubiera sido mi alumno!

 

*Joshua Daniel Fuentes Velasco es estudiante de la carrera de Ciencias de la Comunicación de la Facultad de Ciencias Administrativas y Sociales de la UABC, en Ensenada.