LOS PERROS GUARDIANES: Robinson cuántico

         Lo que hace cien años era opulencia ahora es sólo balbuceo.

         De la literatura en ruina, concentrada cada vez más en lo que va de avanzado el siglo XXI, no se podría esperar otra cosa sino la inefabilidad en el territorio inestable de lo procaz.

 Rael Salvador / A los 4 vientos

         Demarcación que es una isla a-semántica que ya no canta misa en latín ni acierta a reconocerse en lo que nombra o intenta nominar.

         Ante este arribo, por si fuera poco, la variable invención tiende a producir la confusión necesaria para mantener fortalecida la esquiva evocación lectora: un átomo lingüista, dolorosamente frágil, que al leerle genera invisibilidad traducida a imbecilidad.

         Además, al cargarse al lado deshonesto, otorga prioridad a la traición del mismo lenguaje, de tal manera que la narración apuesta involuntariamente a ocultar lo que el autor desea, quiere o se esfuerza en decir.

         Robinson cuántico que, al no abandonar la isla, no se abandona en su totalidad a Viernes.

         Pero en algo habremos de estar de acuerdo: todos los tiempos han sido fatídicos –si no de angustia, sí de adversidad… y la literatura ha estado ahí para, de alguna forma, salvarnos. Quizá, como lo demandaba Stevenson, para volver a creer “en la decencia última de las cosas”.

         El escritor es alguien que goza con lo que maquina y hace disfrutar a los demás con ello (ocuparse de los asuntos literarios no quiere decir ser bueno, sino sólo eficiente). Sus lectores se lo agradecen y él continúa produciendo la legibilidad ponderada –ahora surrealista, mañana también– de su mensaje.

         Confío en la observación de Fernando Bárcena: “Para adentrarse en el terreno de la descripción sensible de un acontecimiento se hacen necesarias determinadas disposiciones, como ser capaz de ver la realidad desde lo extraño”.

         O desde el otro, que viene a ser lo mismo.

         Pero, como decía Leila Guerriero, “somos tan decentes que damos asco”.

         A mitad del siglo XX, el loco de Artaud acusaba ya que toda escritura era una soez porquería. Pero, más allá de las videncias del doble de Marat, el escritor que más arremete contra la basura del lenguaje es Joyce, porque es quien encadena, desangra y arrastra más lejos el demolido espíritu de la palabra.

         Si en el comienzo era el Verbo, ahora se observa en el horizonte del apocalipsis –más allá de la metáforas al uso– el llameante torbellino de Babel que, en la summa a-teológica de todos los lenguajes –metamorfoseados éstos en clavos, lumbre y astillas–, destruye la lógica, la coherencia y la razón del maldito mundo.

         ¿Qué diablos es lo impensable? Quizá aquello que nombramos sin autorización pero que validamos con la razón por el sólo hecho de encontrarse más cerca de la sinrazón…

         La lectura activa una reacción emotiva al interior del Ser, como la develación de un trauma, de algún miedo psíquico, etc., que pone algo en movimiento –¿qué términos electroquímicos puedo alegar o amparar aquí?– para que el escritor se permita ilustrar y desarrollar reflexiones en torno a alguna situación u obsesión, la cual se manifiesta en esa desdobles que es la escritura… proporcionándole a la noche de la prestidigitación literaria su luz fuera del día.