Las acrobacias de Anaya

Pocas veces había sido tan visible una crisis de desesperación electoral como la que hoy ataca a Ricardo Anaya. La imprudencia mediática de López Obrador de haber dicho alguna vez que tendería una mano conciliadora a Enrique Peña Nieto y a Salinas de Gortari, se convierte en una anécdota casi chusca al lado de la declaración de Anaya de querer pactar con Peña Nieto una estrategia para frenar al tabasqueño –cuando hasta hace algunas semanas estuvo dando el espectáculo vergonzante de acusarlo de las peores tropelías– para luego salir a declarar que no es cierto que lo haya sugerido.

Alfredo García Galindo/ A los 4 Vientos

El beneficio de la duda al que Anaya tenía derecho se ha esfumado por completo y ha quedado confirmado que con tal de lograr sus objetivos es capaz de hacer cualquier acrobacia, incluyendo la de traicionar a los propios y negociar con los ajenos. Si la mala fe de su estrategia le ha llevado a reiterar sin descanso falsedades como la de que una amnistía es lo mismo que pactar con los peores delincuentes, ahora él ha expuesto que lo suyo es una preocupación meramente de careta al querer negociar con un presidente que él mismo llamó un corrupto al que llevaría a la cárcel y luego desdecirse al ser rechazado por el candidato oficial así como por las reacciones de enfado al interior de su propia coalición.

El panista Ricardo Anaya emprendió toda su precampaña a la candidatura presidencial con fuertes declaraciones en contra de la corrupción. Aseveró, incluso, que metería en la cárcel al presidente Enrique Peña Nieto. Imagen: Youtube

De hecho la indisposición de Meade a darle el beneplácito de levantarle la mano (al menos por el momento), habla de la enorme dificultad de organizar las medidas más extremas y desesperadas como sería poner de acuerdo a Anaya con el poder actual para sacar a las calles a los operadores electorales tradicionales (porros y mapaches) para, en dado caso, tratar de dar el golpe extremo por la vía de encuestas amañadas que antecedan a una nueva “caída del sistema”. Hoy no es tan fácil. ¿En verdad obedecerían los miles de liderazgos del aparato electoral priísta, si sus jefes les dicen que ahora deberán promover a Anaya cuando ellos también saben que López Obrador anda por las nubes en las encuestas? ¿Se arrojaría este hipotético monstruo electoral al riesgo de desatar una crisis nacional cuando hoy los medios tradicionales y las televisoras ya no controlan a esa mayoría del electorado sumido en el hartazgo?

De esta forma, el pequeño margen de maniobra que tenía Anaya para presentarse como una opción para México distinta al autoritarismo del panismo tradicional, a la izquierda acomodaticia, a la soberbia de López Obrador y a la extrema corrupción del PRI, terminó por convertirse en una especie de botón de muestra de que en realidad se parece demasiado a todos ellos juntos y que encima es proclive a la mentira y el cinismo.

Y por si fuera poco, los tumbos que el desempeño de Anaya está dando, están siendo a su vez emulados por otros actores quienes con su torpeza siembran una confusión mayor que apuntala aun más a Andrés Manuel López Obrador (como el caso de la serie “Populismo en América Latina”). Así, López crece como aparente víctima de la “mafia del poder” mientras también crece la imagen de Anaya como un alfil más de eso mismo de lo que la mayor parte de México ya no desea seguir tolerando.

Ante la duda razonable de si no acaso pedimos demasiado a un político joven e inexperto diremos lo siguiente: No se trata de que como votantes estemos demandando algo extraordinario. De hecho pecaríamos de ingenuidad o de arrogancia (e incluso de incongruencia) si planteáramos la exigencia de que un candidato sea un dechado de virtudes e integridad para merecer nuestro sufragio. Sin embargo, sí nos asiste la justicia si lo que deseamos es que nuestros próximos gobernantes al menos muestren un utillaje moral algo más defendible que el de los que nos tienen sumidos en una tragedia social como la que hoy sufrimos.

Pues bien, las cabriolas político-electorales que Anaya ha estado ejecutando lo muestran como un sujeto que ha superado el promedio tolerable de cuestionamientos que podría hacerse a un político, más aun cuando una carta de presentación ineludible para un candidato presidencial de oposición debe ser la de mostrarse con unos escrúpulos más robustos que la clase gobernante a la que denuncia.

De inmediato proliferaron los memes en la red, en cuanto el panista Ricardo Anaya dijo que está dispuesto a buscar una alianza con el presidente priista Enrique Peña Nieto para impedir que Andrés Manuel López Obrador gane las elecciones el próximo primero de julio 2018

Es así que los extraños atajos que Anaya ha estado tomando en su errática estrategia han terminado por arrojarlo a los brazos de una incongruencia tan desbocada, que ya ha superado por mucho al resto de los candidatos en el rubro de comerse sus palabras. Sus spots en televisión, que reiteran algunas de las falsedades o inexactitudes con las que acusó en particular a López Obrador, son ahora el emblema de su decidida vocación por hacer lo que sea con tal de lograr sus objetivos, tanto, que ahora ya ni las formas parece estar cuidando. Su nulo empacho por gritar consignas que contradicen por completo anteriores declaraciones suyas, lo muestran como uno más de esos a los que la ambición por el poder les ha hecho perder la noción de la decencia mediática.

“Yo no quiero un gobierno que me mantenga, sino uno que me deje de robar”, reza una consigna que circula en estos días por las redes sociales; pues bien, lo menos que ahora podemos pensar es que Ricardo Anaya sea el que vindicaría esa máxima si hoy se está mostrando como el prócer de una generación de políticos, nueva, pero igualmente descompuesta y desvergonzada que la saliente.

Imagen de portada: Ricardo Anaya, candidato presidencial de la coalición PAN-PRD-MC y José Antonio Meade, candidato presidencial de la coalición PRI-PANAL-PVEM Foto: internet

 ALFREDO GARCIA GALINDO 2 Alfredo García Galindoes economista, historiador y doctor en Estudios Humanísticos. Es catedrático y autor de diversos libros y artículos; ha impartido charlas, ponencias y conferencias, enfocándose en el análisis crítico de la modernidad y del capitalismo a través de una perspectiva transversal entre la filosofía, la economía, la historia y la sociología.