ME LLAMO JOSÉ, por Marta Aragón R.

Me llamo José

Marta Aragón R.

Me llamo José, contestó el chiquillo al hombre a quien intentaba prestar sus servicios. Éste lo miró con la honesta intención de encontrarle cualidades necesarias para que fuera útil en las labores del rancho. José era bajito, delgado, con la cara pequeña y afilada, la nariz un tanto respingona y de ojos huidizos. Estaba metido en un overol y una chamarra a cuadros enormes, con un sombreo de alas caidas, calado hasta los ojos. Tenía la voz un poco ronca y las manos inquietas; tendría dieciséis años.

̶  ¿Qué sabes hacer?

El muchacho se quedó callado. Luego de pensarlo contestó casi a media voz:

̶ Puedo cuidar los animales en el campo.

El hombre se mesaba la barbilla y se rascaba la cabeza para aclarar sus dudas. Alberto Quintero, dueño del rancho El Potrerito de Abajo, era muy joven, a la mitad de la veintena; había heredado la rústica propiedad apenas dos años atrás. Y con grandes esfuerzos construía su patrimonio. Por las noches, bajo el cielo estrellado y el canto de los grillos, analizaba su situación y organizaba los trabajos que realizaba en el rancho; muchas veces había pensado en la posibilidad de buscar al trabajador que tanta falta le hacía. La duda era sí quedarse con aquel chiquillo como ayudante o regresarlo por la vereda en que había llegado, donde no abundaba ni el agua ni la comida y el próximo asentamiento humano estaba a más de veinte kilómetros de allí. Volvió a mirar al muchaco y notó cierta súplica en su mirada. Estaba muy pálido, con las mejillas hundidas y la boca seca. Las pequitas salpicaban su cara como una manzana mal dada por falta de lluvia. Tal vez aprenda con el tiempo y se fortalezca, se dijo. Movido por la compasión le dijo:

   ̶ Puedes quedarte si aceptas el trabajo por comida, techo y una pequeña compensación cuando consiga vender la cosecha o los quesos, y esto último dependerá de cómo te desempeñes en tu trabajo. ¿Qué dices?

– Me parece bien. Acepto.

-Vamos a la cocina para que comas algo, te ves a punto de caer muerto de hambre.

Al día siguiente, Alberto Quintero se levantó al alba dispuesto a ir a ordeñar las vacas. Llamó a José a voces, pero éste no le contestó y no lo encontró por ninguna parte.

Sólo estaba hambriento, se dijo, se ha de haber ido. Esperó que no se haya robado alguna herramienta. Esto me pasa por tonto. Tengo que aprender a pensar con la cabeza y no con el corazón, en fin; pensó antes de enfocar su atención en la primera labor del día: ordeñar las vacas.

Al llegar al corral se sorprendió al encontrar a las vacas dentro con los becerros, encerrados y bramando hambrientos, en el corralito adjunto. Encontró a José ordeñando una de las vacas, la pinta de negro, que era la que daba un balde de veinte litros. La barrosa y la mascarilla, tranquilas comían zacate, mientras amamantaban a sus becerros que movían la cola gustosos.

̶ Te levantaste tremprano, vale José, me ganaste.

Entre los dos cargaron el bote de la leche hasta la casa del rancho, que era cuadrada de paredes de adobe grueso, cubierta por un techo de cuatro aguas, con un porche enfrente. Un cerco de postes rodeaba un pequeño espacio que guarecía un arbolillo de fronda espesa y unos cuantos rosales y geranios macilentos. Depositaron la leche en el cobertizo para el queso y entraron en la cocina a preparar el desayuno.

̶ Creo que distribuiremos las labores del rancho, hay mucho trabajo, por lo pronto me ayudarás con el queso, y mientras lo haces prepararás la comida, que al fin de cuentas no soy exigente y no me gusta cocinar. De paso servirá que te fortalezcas un poco para que luego me ayudes con la siembra y el corte de la alfalfa para que coman las vacas y las bestias. ¿Te parece?

̶ Sí, señor, como usted mande.

̶ Y puedes llamarme por mi nombre; me llamo Alberto Quintero.

̶ Sí, señor Quintero, como usted diga.

Al ranchero le costó mucho trabajo sacarle más palabras de las necesarias, pero en cuanto al trabajo no había nada que objetar, el chico era de gran ayuda. Se levantaba de madrugada a ordeñar, preparaba el desayuno, aseaba la casa, hacía el queso, alimentaba a las vacas, a las bestias, a los marranos, a las aves del corral, y por si fuera poco, los rosales y geranios prosperaron junto con unos lirios que de secos, apenas se miraban. Era como una pequeña sombra silenciosa que se movía por El Potrarito de Abajo con diligencia. Así llegó el invierno, con él las lluvias y la temporada para plantar hortalizas, y José estaba presente, como lo estaba en todas los trabajos del lugar.

A pesar de que Alberto se esforzaba por entablar una conversación, lo tenía catalogado como muy tímido y reservado. Al indagar en su origen, se enteró que era de San Miguel de los Lobos y que se salió de su casa porque tuvo serios problemas con su padrastro. Alberto se congratuló por haber tenido la buena decisión de emplearlo, y le dio unas botas para el lodo, otro overol, una chamarra gruesa para el frío y un gorro de estambre para que cubriera su cabeza de cabellos casi pegados al craneo.

Llegaron las navidades y mataron una gallina para celebrarlo, partieron un gran queso y la sorpresa fue que José había preparado pan de levadura para la ocasión.

̶ ¿Ayudabas a tu madre en la cocina?

̶ Sí, señor Quintero, soy el mayor y solía ayudarle en la cocina. Mis hermanos eran muy chicos y ella no tenía quien le ayudara con todo el trabajo.

̶ ¿Y tu padrastro, qué pensaba de eso?

José agachó la cabeza y entró en un mutismo que les retumbaba en la cabeza. Alberto comprendió que lo que había sucedido entre José y su padrastro fue algo muy serio y no insistió más, hablaron mejor de los becerros que cuidada con gran dedicación. Fue una buena noche, luego de cenar estuvieron sentados junto a la chimenea a mirar arder el fuego hasta que se volvió rescoldo y dieron las doce de la noche.

̶ Feliz Navidad, José.

̶ Feliz Navidad, señor Quintero.

Entró el siguiente año con lluvias torrenciales. Alberto aprovechó para sembrar cebada y algo de trigo de temporal, para febrero sembraría frijol.

Llegó el día de la Candelaria; por la mañana entró al corral a ordeñar las vacas y lo encontró vacío y a los becerros berreando por hambre. Alberto no se preocupó por los animales, alarmado pensó que algo le había sucedido al chico y salió a buscarlo. No lo encontraba en ninguna parte, ni en la casa ni en el cobertizo ni en la huerta ni en los chiqueros ni en el sillero. Era un amanecer muy frío, había llovido a torrentes la noche anterior y los cerros amanecieron cubiertos de nieve. Mientras lo buscaba de un lado para otro, le salía un vaho espeso por la boca y tenía enrojecidos los nudillos de manos y mejillas. Fue a la zacatera y allí entre un montón de zacate seco estaba José hecho bolita con algo entre los brazos. Alberto todavía ansioso, con un nudo en la garganta, se acercó y dijo:

̶ No tengas miedo, voy a ayudarte.

Vio la carita del chico más pálida que nunca. Había sangre por todos lados, y José apretaba con fuerza un bulto que protegía dentro de la chamarra. Un llanto diminuto rompió el frío de la mañana, empezó a crecer hasta que Alberto reconoció el sonido: era un bebé. José también lloraba con los ojos llenos de miedo y súplica.

̶ ¿Así que entre todo lo que sabes hacer, también sabes parir hijos?

̶ Sí, pero me llamo José…

Alberto la tomó en brazos con dulzura para asegurarle que nunca más saldrían de ellos, ni ella ni su bebé.

Imagen de portada: Radio Daze, por Jim Daly,