¡Qué chinga nos pusieron estos de la estafa maestra!

—Ya no la quería el patrón, pobrecita: Retobona, mala pa parir y echona como ella sola. Ah, pero eso sí, muy lechera la jodida, hasta sus últimos días de sus últimos minutos de sus últimos tiempos (amén, Jesús).  

René Alfonso Rosas Islas / 4 Vientos

—La patrona le decía que no la sacrificara, que podría encontrarse otra más chichona pero más lechera no, pero no le hizo caso y pues pal festejo la hicimos barbacoa. Pobrecita la güera, que resabrosa estaba. El toro pinto todavía la llora a mares, como dice la canción.

—Y es que no era para menos, al patrón le habían hablado de las oficinas gubernamentales de la secretaría de la agricultura y la ganadería  pa decirle que el estatus de su proyecto ganadero había dado positivo, me sonó a embarazo pero yo no dije nadita. El señor delegado venía con un diputado y había que atenderlo a él y a su gente porque traían el cheque bajo el brazo. Nos pusimos de gala.

—A regañadientes y atufada, la patrona tuvo que fletarse. Ya ven como son las mujeres de percectivas y trasparentes, sin ellas sabe Dios donde estaríamos. Como que las asiste el sesto sentido y no se equivocan las jijas de su jijurria.

—“Qué le van andar andando trayendo dinero esos bandidos de la secretaría, todos los años le dicen lo mismo y todos los años les cree”. “Nomás vienen a emborracharse, a contar dinero ajeno frente a los pobres y a dedear a sus asistentes, porque ahora ya no son secretarias, son a-sis-ten-tes”.

—Ahí tienes que llega la comitiva y ¡ah qué mi patrón!, no cabía en el asiento del pick-up cuando los vio venir. Menos cupo cuando vio llegar dos suburbans llenas de cabrones trajeados y cabronas ya muy pedas. La patrona es clarividente, dije yo.

—Se tomaron fotos y videos con el patrón (la patrona no quiso retratase, dice que no es nada fotogénica), fueron a los establos, a los pastizales, a la maternidad, a la ordeña, a los corrales; pa la foto levantaron en brazos a unos cuantos chamacos de los chalanes y se dedicaron el resto del día  a lo que vinieron: ¿a darle la lana al patrón? ¡Nombre!

—Comieron, tomaron, miaron, dedearon, fanfarronearon y se fueron. Así como lo oye usted. Muchos pidieron para llevar, otros ni esa decencia tuvieron, se robaron la cheve que quedaba y ¡ay se ven! Ni pa la cruda nos dejaron.

Talvez le parezca muy chuzca esta historia que les estoy narrando pero sucesos como estos se dan  muy seguido por acá donde no se respira otra cosa que malestar. Cabrones que abusan de la buena voluntad y la hospitalidad de la gente del campo y que buscan nomas a quien chingar, timar, engañar, embaucar.

Servidores públicos que se escudan tras un puesto para burlarse del buen corazón de la gente que les abrimos las puertas de nuestras casas y que a cambio hacen escarnio de nosotros para su beneficio propio, un beneficio que más temprano que tarde se les revertirá. La gente del campo no somos pendeja, nos hacemos, que es diferente.  Somos gente de bien, atenta, amigable, confiada.

Aquí todavía vemos por el vecino al que le quemo sus animales el incendio del año pasado, ayudamos a la familia que está en apuros, le tendemos una mano. Aquí no se le chinga a nadie, estrechamos los lazos de amistad y de trabajo para que a todos, a todos, nos vaya bien.

No queremos a esta gente que nomás viene a prometer cosas que sabe que no van a cumplir, no queremos sanguijuelas que merquen con nuestro esfuerzo y se paren el cuello con nuestro trabajo. Somos gente que sabe respetar pero que no se deja. Aguantamos una, dos ¡pero hasta ahí!

¡Así no los queremos aquí, nos estorban!

—Ah qué mi patrón, se puso serio, y es que no es para menos, no es la primera vez que se lacen.

—Estos culitos cuadrados de la secretaría no se cogen solos porque no se alcanzan.

—Nomás que no se le acerquen al toro pinto porque ese anda más urgido de una vaquilla que mi patrón por dinero, ese animal los mata y los deja vivos.

—Unas por otras o ¿qué no?