LOS PERROS GUARDIANES: Este es el Oeste, señor

Al igual que el Ártico se diluye en su muerte blanca, en el cotidiano transcurrir de los días queda claro que las relaciones humanas se encuentran en peligro de desaparecer.

Rael Salvador / 4 vientos

Ensenada, B.C. Los dos casos generan impotencia, porque ambos se asemejan a un mal chiste donde el final queda de manifiesto: contra la armonía de la vida, el espectáculo de la extinción es inminente.

En su desmedido avance tecnológico, el siglo XXI engulle en las fauces de su virtualidad a la condición humana, convirtiéndola en una especie de ectoplasma carente de significación objetiva que, amorfa y sin compromiso, se escabulle ante cualquier responsabilidad y se transforma en su propia amenaza.

Del escarnio público –ejecutado en la secrecía pública de un sitio web–, a la violencia de un horizonte de eventos –del cual imaginamos todo, por lo que intuimos devastador–, los individuos descarnados destrozan su presente en aras de una participación fantasmática en redes sociales, haciendo permisible la inmoralidad económica de los que sacan oneroso provecho de la transparente pasividad del Ser: silenciado en el mundo material, pero enconado, enfurecido, indignado e implacable en la “celularidad” de Facebook, Twitter, YouTube o Instagram.

Se van dejando en el camino enormes masas de cadáveres vivientes – prestidigitadores mancos, tuertos visionarios, cojos desarrapados, mutilados de dignidad todos –, los cuales abarrotan las imágenes de cristal transfigurados en zombis que, al ser incosteables para el consumo y la prosperidad aria, son expulsados del edén comercial sin el menor remordimiento.

Parásitos en el paraíso, eufemismo y adiestramiento en línea para exterminar la peste –ratas que mueren en una ciudad feliz–, ya que “existen para el pobre, en este mundo –advierte Louis-Ferdinand Céline–, dos maneras de reventar, una de ellas por la indiferencia absoluta de sus semejantes en tiempos de paz, la otra por la pasión homicida de los mismos una vez que llega la guerra”.

Abrigamos un mundo fragmentado –al que se le notan geográficamente las costuras–, donde el lenguaje en común se utiliza para disminuir las coincidencias y denostar al que tiene algo qué decir o algo qué aportar; pareciera que cualquier actividad conjunta, de antemano estuviese condenada a la toxicidad de un fracaso procurado.

Zombis de niebla, carroña para francotiradores, inmigrantes denigrados, sociedades fantasmales, trabajadores reclusos, obreros desplazados, extras de mierda, desesperanzados y sin papeles, rellenos del asco, como quiera que se les llame, su condenación es la ironía cívica de rechazarse unos a otros.

Lo anterior asemeja a la trama que recrea el cineasta Errol Morris: «En la película de John Ford El hombre que mató a Liberty Valance (1962), Ransom Stoddard (James Stewart) se convierte en un héroe arquetípico por disparar y matar a Liberty Valance (Lee Marvin), el secuaz a sueldo de los ganaderos. Pero Tom Doniphon (John Wayne), oculto entre las sombras, es quien lo mata en realidad. Stoddard se queda con la chica de Doniphon y emprende una espectacular carrera política: gobernador, senador, etc. Doniphon es el héroe anónimo. Al cabo de muchos años, Stoddard, tras la muerte de Doniphon, le cuenta al editor de un periódico local la verdad de lo sucedido, pero el editor se niega a publicarlo: ‘Esto es el Oeste, señor’. Cuando se descubre la realidad de la leyenda, hay que publicar la leyenda”».