Llega a Ensenada la 63 Muestra Internacional de Cine de la Cineteca Nacional de México

La patrocinan el Centro Cultural Santo Tomás, el Instituto de Cultura de Baja California y el Cine Club de la Cárcel. Son 8 películas internacionales que se exhibirán, en funciones únicas, del 9 al 16 de marzo.

Bodegas de Santo Tomás-ICBC-Cine club de la cárcel

Por cuarta ocasión, Ensenada (Baja California) será sede de la Muestra Internacional de Cine de la Cineteca Nacional de México, uno de los eventos cinematográficos más importantes para el público mexicano amante del séptimo arte. Se proyectará una selección de ocho largometrajes de distintos países y directores en la Sala de Tintos de Bodegas Santo Tomás, Zona Centro, del viernes 9 al viernes 16 de marzo del 2018 con funciones a las 19:30 horas.

La primera edición de la Muestra Internacional de Cine se llevó a cabo en 1971 en la Ciudad de México. Una historia de más de cuatro décadas la avalan como un espacio para que el público en general pueda compartir mundos geográficos e imaginados de gran riqueza cultural y artística.

En cada edición se programan alrededor de una veintena de largometrajes de reciente producción, la mayoría de ellos galardonados en los festivales cinematográficos más importantes a nivel internacional; los filmes ganadores de la Palma de Oro de Cannes y el Oso de Oro de Berlín, por sólo mencionar un par de ejemplo.

Los grandes nombres de la cinematografía han desfilado por sus salas (inútil e injusto sería hacer una enumeración preliminar), que incluye a lo más selecto del cine mexicano. Referente y agenda obligados para los amantes del cine de todas las latitudes de nuestro país. Regularmente, la muestra tiene dos temporadas, durante la primavera y el otoño.

Este evento, un gran atractivo para el público de Ensenada, busca a partir del conocimiento y disfrute del séptimo arte, generar recursos para el proyecto que desde hace tres años el Centro Cultural Santo Tomás lleva a cabo en el Ejido Ajusco: contribuir en la restructuración del tejido social, a través de la implementación de cursos y talleres artísticos y capacitación empresarial para la comunidad en su conjunto, prestando mayor atención a los jóvenes en situación vulnerable.

Este programa ya tiene en su haber una serie de avances: una biblioteca, clases de dibujo artístico, danza contemporánea, un programa de fomento a la lectura a nivel federal en coordinación con “Crece Leyendo”; al mismo tiempo se está trabajando en un plan de desarrollo de empresas comunitarias.

Al día de hoy hay 30 jóvenes, entre 12 y 16 años, becados por la Fundación Grupo Pando a través del Centro Cultural Santo Tomás (CCST).

Gestión y organización del evento: Centro Cultural Santo Tomás, Instituto de Cultura de Baja California, el Cine Club de la Cárcel del Museo Histórico Regional de Ensenada del INAH y un comité ciudadano de voluntarios junto con la iniciativa privada.

Foto: Cinéfila

Programación:

1.- 120 latidos por minuto, 120 battements par minute, de Robin Campillo Francia, 2017, 144 min., 9 de marzo, 2017.

2.- Dulces sueños, Fai bei sogni, de Marco Bellocchio, Italia-Francia, 2016, 134 min., 10 de marzo, 2017.

3.- Zama, de Lucrecia Martel, Argentina-Brasil-España-Francia-México-Estados Unidos-Países Bajos-Portugal, 2017, 115 min. 11 de marzo.

4.- El otro lado de la esperanza, Toivon tuolla puolen, de Aki Kaurismäki, Finlandia-Alemania, 2017, 110 min., 12 marzo.

5.- Un minuto de gloria, Slava, de Kristina Grozeva y Petar Valchanov, Bulgaria-Grecia, 2016, 101 min., 13 de marzo.

6.- Una bella luz interior, Un beau soleil intérieur, de Claire Denis, Francia, 2017, 94 min., 14 de marzo.

7.- Western, de Valeska Grisebach, Alemania-Bulgaria-Austria, 2017, 119 min., 15 de marzo.

8.- The Square, de Ruben Östlund, Suecia-Alemania-Francia-Dinamarca, 2017, 142 min. 16 de marzo.

El objetivo de la Muestra de Cine: preservar la memoria fílmica tanto nacional como mundial, promover la cultura cinematográfica en nuestro país y que la población en general conozca con oportunidad la amplia oferta de calidad, tanto nacional como internacional, que programa la Cineteca Nacional de México.

Datos generales: Costo del boleto: $50.00 pesos. La taquilla abre a las 19:00 horas. Funciones: 19:30 horas.

Lo que se ha dicho mundialmente de las cintas a exhibir

  1. Crítica

Dirigida por Robin Campillo, 120 latidos por minuto es una magistral crónica de la aventura del grupo Act Up París a principios de los años 90. Combinando intimidad y política, la película plasma la tragedia de una juventud abrumada que encontró la esperanza en una intensa y revolucionaria alegría que hacía frente a la mortífera epidemia de SIDA en la década de 1980.

Creada en 1989, Act Up París se propuso hacer visible dicha epidemia a través de espectaculares acciones y eslóganes devastadores. Campillo y su coguionista Philippe Mangeot, exactivistas de la organización, se inspiran en sus experiencias para retratar la lucha de este colectivo. La minimalista trama vacila y se fragmenta, así como el nacimiento de un romance atravesado por el VIH, acto aquí representado en la relación de Nathan, un novato en las reuniones semanales de Act Up, y Sean, un militante que se enfrenta a los primeros signos de la enfermedad. Su amor se hace inseparable de los discursos, la tensión y alegría que provocan las revueltas en París.

Tirar bolsas de sangre falsa sobre un representante de la asociación anti-SIDA o en un laboratorio farmacéutico que ampara sus intereses comerciales sobre la vida de los enfermos, son acciones que Campillo plasma como una politización de lo íntimo. Cada evento o asamblea trasciende las clases sociales, la nacionalidad, el género y el estado serológico, haciendo que los diálogos adquieran un poder político. Esta vitalidad infunde la primera parte del filme, en la cual la canción “Smalltown Boy” de Bronski Beat hace justicia a la inventiva de los subversivos jóvenes que se rebelan en las calles al tiempo que encuentran regocijo en las pistas de baile durante las noches. 120 latidos por minuto registra la historia de Act Up París puntualizando los fracasos, las tensiones internas y la angustia provocada por la enfermedad. El resultado es un emotivo testimonio de la lucha de estos chicos frente al odioso dolor que avanzaba hacia ellos.

Fragmentos de un texto de Isabelle Regnier, en Le Monde. Cannes, 20 de mayo de 2017. Traducción: Edgar Aldape Morales.

Escena de Dulces Sueños
  1. Crítica

La marca indeleble de ver el ataúd de tu madre cuando se es un niño. Tragedia incomprensible y seguramente imposible de gestionar. No hay palabras de consuelo, de justificación, pero el silencio tampoco es una buena opción. Los adultos se vuelven niños huidizos, y los niños, adultos contestatarios, en un juego de identidades y caprichos, de dolor y muerte, que acaba convirtiendo el recuerdo imborrable del duelo en el signo que marca una personalidad. Para siempre.

Marco Bellocchio, anciano de 77 años, intelectual crítico, geógrafo del poder en Italia, el político y el social, ha compuesto una película extraordinaria sobre el misterio de la pérdida: el de una madre, el de la infancia, el de la felicidad, el del futuro. Dulces sueños es una obra sobre la angustia que se ve a través de ráfagas, de pinceladas impresionistas sin una pizca de sentimentalismo, de subidas y bajadas del espíritu.

Bellocchio lleva cincuenta años radiografiando el aislamiento de la burguesía italiana. Aquí, en Dulces sueños, con un relato en dos tiempos, el de un chaval de nueve años, a finales de los 60, el de un periodista casi cuarentón, en los años 90, el director ofrece un curso de puesta en escena y montaje, de tratamiento de las elipsis y de los insertos, a través de una fotografía de piso viejo italiano, ocre, marrón, de habitaciones amplias y ventanales cerrados. Poesía visual, lírica y trascendental, en la que unas imágenes de Raffaella Carrà o de La mujer pantera, de Belfegor o de un concurso de saltos de trampolín, pueden ejercer de metáfora de toda una vida.

De paso, Bellocchio habla de periodismo y de religión, incluso de futbol, como ese póster del [equipo] de Turín junto al crucifijo, ambos sobre la cama. «Un hombre feliz no conseguirá nada en la vida», dice alguien en la película. Pero, ¿qué es la felicidad? Quizá el fantástico baile de Valerio Mastandrea, ese que expulsa traumas; quizá las pecas que rodean la sonrisa de Bérénice Bejo; quizá, simplemente, la verdad.

Fragmentos de un texto de Javier Ocaña, en El País (elpais.com/cultura), Madrid, 16 de febrero de 2016.

  1. Crítica

Como en La mujer sin cabeza [2008], más que en sus películas anteriores, Lucrecia Martel en Zama se sumerge en lo sensorial y lo metafísico antes que en la narración convencional. No es una película de estructura lineal ni ortodoxa. Es una invitación a los sentidos, una película que inunda, desborda en más de una acepción. La directora no traslada la novela homónima de Antonio Di Benedetto, ni la adapta, sino que la (re)interpreta a su gusto.

La, llamémosla de alguna manera, anécdota se centra en Don Diego de Zama, un asesor letrado, que cumple meras labores administrativas en el Gran Chaco, a fines del siglo XVIII. Está a la espera de que el gobernador le envíe una carta al rey de España para que su traslado a una zona menos inhóspita, se concrete. Está lejos de su mujer y de sus hijos. Todo está lejos. Pero sigue en espera. En eterna espera. Zama empieza, no a desesperar, pero sí a inquietarse.

Ese verbo, inquietar, es uno de los que mejor le cabe a la cuarta película de la salteña Lucrecia Martel. Hay temas abordados en el original y en la pantalla: el aparente sinsentido de la esperanza; el colonialismo; el racismo; la prisión interna de cada ser humano. Hay un anacronismo desde la banda sonora elegida por Martel, que se yuxtapone a todo. A referencias y tiempos históricos, y a animales que, más que parecer en un ensueño, son personajes que interactúan con los humanos.

¿Es Martel nihilista en Zama? Sí, en el sentido de la ausencia de algo permanente. Zama le pregunta a varios personajes por quiénes son, cuando en verdad debería demandarse ese interrogante a sí mismo. Es un tipo del que muchos se ríen, por más que estén muy por debajo en la escala del poder, y que está, más que perdido, abrumado.

Cinematográficamente, Martel utiliza todos los elementos que obtiene del set. La profundidad de campo del lente, el espacio off, tanto sea sonoro o de la imagen, lo que se escucha y no se sabe de dónde proviene, como lo que no se ve, pero se siente que está presente. Martel obliga al espectador a estar con todos los sentidos atentos.

Fragmentos de un texto de Pablo O. Sholz en El Clarín, Buenos Aires, 27 de septiembre de 2017-

Aki Kaurismaki, el director de cine finlandés tras presentar en Vigo, España, su ultima película El otro lado de la esperanza, en la que lanza sus dardos contra la falta de moral de la UE con los refugiados. Ha denunciado en una entrevista con Efe que la Unión Europea no quiere que nadie venga a su coto (Foto: EFE / Salvador Sas).
  1. Crítica

Infatigable defensor del humanismo incluso en un feroz mundo como el nuestro, Aki Kaurismäki regresa encarando la gran tragedia del presente. El otro lado de la esperanza supone la segunda entrega de la trilogía portuaria que el autor finlandés inició con Le Havre: El puerto de la esperanza (2011). De nuevo asistimos a la confraternización entre un europeo que se acerca a la vejez y un joven extranjero. Esta vez, Khaled, emigrante sirio que huyó de la guerra en Alepo, llega al puerto de Helsinki a bordo de un carguero. Por otra parte, Wikström es un veterano comerciante que decide cambiar radicalmente su vida abandonando a su esposa alcohólica y buscando otro trabajo.

Los caminos de estos dos personajes se cruzan en una historia en la que Kaurismäki exhibe una dilatada gama de elementos que conviven en la Europa actual: la indiferencia burocrática, la violencia del ultranacionalismo y el reducto social que empatiza con el migrante. Estas cuestiones se mezclan con los temas clave de su obra previa como la brecha abismal entre la clase trabajadora y las élites, y la revelación espontánea de una dignidad que creíamos extinta. En el filme cohabitan una realidad devastadora y un sentido del humor basado en la ironía de lo cotidiano, elaborando un discurso contundente sobre la decadencia ética de la Europa contemporánea.

La cinta brilla por la integración de Khaled en el paisaje de la capital finlandesa. El actor sirio Sherwan Haji encaja con naturalidad en el particular universo de Kaurismäki, alumbrado por la soberbia fotografía de Timo Salminen y avivado por los compases nostálgicos del rock autóctono. El cineasta señala que en esta Europa regida por normas que olvidan los derechos fundamentales de los nativos o foráneos, la única posibilidad de alcanzar la libertad radica en desafiar la injusticia con rebeldía humanista. El resultado es un filme que se revela como un impecable reflejo de nuestro mundo, pero, sobre todo, como un remedio infalible contra la derrota.

Fragmentos de un texto de Javier H. Estrada en Caimán Cuadernos de Cine, núm 59 (vol. 110), Madrid, abril de 2017.

Escena de Un Minuto de Gloria
  1. Crítica

Si se pensaba que el infame reloj de oro de Tiempos violentos [Pulp Fiction, 1994] causaba problemas, deberíamos ver lo que sucede con el de Un minuto de gloria, película ejecutada de manera brillante en la cual las vidas de una mujer cosmopolita y un solitario trabajador se cruzan de manera desafortunada. El segundo largometraje de Kristina Grozeva y Petar Valchanov, quienes debutaron con la exitosa película La lección en 2014, es una fascinante exploración de las debilidades humanas y las injusticias socioeconómicas del mundo actual.

Si los hermanos Dardenne hicieran comedia, o más bien dicho comedia negra, tal vez resultaría un trabajo similar al escenario que Grozeva y Valchanov han forjado aquí. En la zona rural de Bulgaria, el tartamudo Tsanko trabaja como liniero de ferrocarril, pasando sus días apretando los tornillos del sistema de pistas de tren que deteriora su nación. Una mañana, al hacer su rondín, se tropieza con un bote de efectivo, el cual procede a devolver a las autoridades sin embolsarse más que unos cuantos dólares. Mientras tanto, en Sofía, la veterana Julia dirige el departamento de relaciones públicas del corrupto Ministerio de Transportes de aquel país. La mujer se aferrará al gesto heroico de Tsanko para limpiar la conducta de la institución, invitando al trabajador a aceptar un reloj digital como premio simbólico y así sonreír frente a las cámaras.

Este acto acabará por arruinar la vida de los dos personajes que, en principio parecen divertidas, pero poco a poco se vuelven historias horriblemente oscuras gracias a sus giros sorpresivos. Dirigida con ingenio y precisión, Un minuto de gloria exhibe una fraudulenta sociedad plagada de crueldad, en la cual los dos protagonistas representan lados separados de un mundo que no se puede cambiar. En la película, hay momentos que recuerdan el icónico diálogo –«todo el mundo tiene sus razones»– de La regla del juego [La regle du jeu, 1939] de Jean Renoir, excepto que aquí la razón se convierte en locura.

Fragmentos de un texto de Jordan Mintzer en The Hollywood Reporter. Los Ángeles, 25 de octubre de 2016.

  1. Crítica

En el prólogo de su ensayo Fragmentos de un discurso amoroso, Roland Barthes apuntaba la razón que le había empujado a escribir un tratado sobre la experiencia romántica: «hoy en día, el discurso amoroso es un hecho de una soledad extrema. Es posible que lo estén utilizando miles de individuos, pero no lo defiende nadie; se encuentra completamente abandonado por los lenguajes que lo rodean, o ignorado y menospreciado, o bien es objeto de burla». [Este discurso romántico es el] espacio creativo en el que ahora se adentra la directora francesa Claire Denis, quien, después de recibir el encargo del productor Olivier Delbosc de “adaptar” el ensayo de Barthes, se reunió con la guionista Christine Angot para volcar en la deliciosa Una bella luz interior un torrente de experiencias románticas personales.

Es posible encontrar en la película apetitosos rastros del discurso ensimismado que reclamaba el semiólogo francés: planos subjetivos que van punteando las íntimas escenas de pareja que conforman el corpus central del filme. Mucho más habladas de lo que es habitual en Denis, estas escenas de encuentros y desencuentros acaban componiendo un collage de amoríos “escindidos”. Todo resulta extremadamente fragmentario e inestable: un conglomerado de romances descoyuntados que abocan al personaje de [Juliette] Binoche a un estado de volatilidad emocional permanente.

Cabe destacar la arriesgada apuesta de Denis por explorar un registro humorístico, muy apoyado en la disección entre satírica y surrealista de las costumbres bohemias y burguesas, así como en el trabajo de Binoche: nadie como ella sabe disolver la gravedad de una escena rompiendo a reír como si no existiera un mañana. Denis –cineasta de películas aguerridas, incluso hostiles– se atreve a poner en juego la comicidad sin disimulo, aprovechando el deseo de Barthes de retratar «el lugar de la persona que habla para sí misma, amorosamente, ante el otro (el objeto amado), que no le responde».

Fragmentos de un texto de Manu Yáñez en Otros Cines Europa. Cannes, 19 de mayo de 2017-

  1. Crítica

Hacía once años que la realizadora alemana Valeska Grisebach no se ponía detrás de la cámara. Su tempo pausado e introspectivo, siempre pendiente del desarrollo de sus protagonistas, continúa siendo un buen anclaje para la puesta en escena de Western. Ambientada en Bulgaria, donde una cuadrilla de trabajadores alemanes se desplaza para mejorar la canalización de un río, permite que la directora no sólo explore la capa emocional de sus personajes, sino que dote a la narración de una profundidad geopolítica dentro de las denostadas fronteras y culturas europeas. Lo primero que presenta Grisebach son dos grupos de personas que reivindican su identidad como entidades moralmente separadas. Por un lado, los alemanes, vienen con una mentalidad paternalista, como si aquella tierra les perteneciera porque vienen a proporcionar un «bien» a la sociedad. Los búlgaros, por el contrario, los ven simplemente como invasores que manejan el dinero, pero reivindican su derecho a controlar y decidir sobre todo lo que les rodea.

Western está llena de elementos que remiten al género americano por antonomasia: caballos, forasteros, locales, el río, tensión violenta… Ahí encuentra Grisebach de nuevo otro interesante punto expresivo, trasladando los códigos del cine del oeste a la idiosincrasia de una Europa actual llena de desigualdades, de poderes preestablecidos por el dinero y las oportunidades de futuro. Para ello se centra en el personaje de Meinhard, que, a diferencia de sus compañeros, intenta establecer nexos de unión con los habitantes del pueblo, demostrando que pese a barreras lingüísticas y culturales se pueden establecer lazos casi fraternales. Acostumbrados a la etiqueta de «directores de mujeres», a que la visión masculina nos muestre el universo femenino, el certero análisis de la masculinidad que presenta Valeska Grisebach, con su incisiva mirada interior y cómo ésta se acaba trasladando a hechos concretos, debería encontrar su espacio en la cinefilia actual.

Fragmentos de un texto de Víctor Blanes Picó en El antepenúltimo mohicano (elantepenultimomohicano.com). Cáceres, 19 de mayo de 2017-

Escena de The Squire
  1. Crítica

Existe una reacción casi unánime de indignación cuando en un debate o charla coloquial surge el tema de los sistemas de castas actuales. Lo curioso es que en pocas ocasiones nos paramos a pensar que esos sistemas no distan mucho del libre albedrío político-social que existe en nuestra sociedad. The Square, el más reciente filme de Ruben Östlund, incide sobre el dominio y evolución establecidos por líderes de grupos sociales, o castas, que se dan en la civilización moderna, en los cuales los “invisibles” aplauden la gracia de los “intocables” y contribuyen a que éstos puedan mantener su posición elitista frente al resto.

Bajo esta línea, Östlund nos presenta a Christian, un curador de un museo de arte que se prepara para una nueva exposición. A la espera de desentrañar los derroteros que tomará el principal esquema argumental de la película, el espectador asiste a una serie de historias secundarias que abrirán nuevos frentes al protagonista, como ser víctima de un robo, una campaña de marketing para el nuevo show, la relación con sus dos hijas o una tumultuosa aventura con una compañera de trabajo. En todas estas situaciones se aprecia una excesiva teatralidad y una clara superioridad de Christian frente a todos los que lo rodean.

Conforme avanza el metraje, esas historias secundarias se prolongan con tremenda hilaridad hasta componer la totalidad de un filme que, desposeído de una narración tradicional, adquiere una fuerza metafórica extraordinaria y una ironía muy elocuente. Toda la película puede ser leída como si se tratase del reino animal; de hecho, el museo y sus empleados son comparados constantemente con una jungla y sus fieras. Casi todos los eventos comienzan de forma natural y espontánea, y finalizan con una imposición jerárquica del poderoso al débil, de lo gracioso a lo violento, sea en el trabajo, la familia, los amigos o el sexo. Todo ello bajo un telón de fondo en el también se puede entrever una sagaz crítica al absurdo esnobismo en el arte.

Fragmentos de un texto de Alberto Sáez Villarino en El antepenúltimo mohicano (elantepenultimomohicano.com). Cannes, 20 de mayo de 2017.