Derecho a réplica: La impiedad artesanal del humorista

Hay razones cívicas para ofrecer respuesta a las pretendidas “reglas básicas” que el escritor Ramiro Padilla Atondo enumera en su artículo Cómo discutir con un intelectual mexicano, aparecido en el portal noticioso A los 4 vientos (13/02/2018), y que exhibe con ligereza humorística la trasmutación de valores al uso, tratados éstos vagamente con el desdén propio de alguien ajeno al mundo del conocimiento (o que lo padece a su modo).

Rael Salvador / A los 4 Vientos

         Pero el autor de “México para extranjeros” no pertenece a un plebellaje burgués, carente de saberes, contingencias y procesos que alimentan la historicidad temática de la decadencia política –asentada, hoy por hoy, en la violencia nacional y cifrada en narradores que tratan la sangre con embriaguez–, para que reivindique la insubordinación insolente de los intelectuales inorgánicos (económicamente amparado por el Estado) y no tome el contrapunto de la función del intelectual orgánico (sujeto revolucionario, basado en la ética y la cultura, así como en las ideologías y los valores), ametrallando con adjetivación nihilista –humor negro– lo que sólo podría ser la deshonestidad demagógica de unos ante la deficiencia académica o instructiva de otros.   

         Para dictar la agenda desde el poder mediático (como sucede con este artículo), se necesita muy poco del recurso de la verdad y, sí, mucho de lo patético, el chistorete y la descontextualización, aunado al inalienable derecho a esgrimir lo que le venga en gana y publicarlo. Con lo no anterior no quiero decir que la exposición de Padilla carezca del ingenio que se necesita –la impiedad artesanal del humorista– para sabotear el abultamiento pretencioso de ciertos intelectuales inorgánicos (los muchos Krauze, las sobradas Dresser, los letrados Silva-Herzog, el anexado Aguilar Camín, etcétera).

Enrique Krauze al recibir del gobierno de Felipe Calderón el Premio Nacional de Ciencia y Artes en 2010

         Los saberes no se ofrecen en el vacío de la experiencia histórica y, menos aún, en la deserción ante el conocimiento político. En relación a la enumeración un tanto plañidera de Padilla, considero que ahí puede no encontrarse lo más eficiente del intelectual como muestra orgánica (el mismo Padilla Atondo lo ha demostrado ser, con creces y radicalidad informada, en sus ensayos críticos y sus artículos incendiarios), sino aquel –estático, por supuesto, como lo categoriza Gramsci– que se arropa en la minusvalía del aprendiz autoflagelado… ¿Limitando la expansión de los conocimientos? ¿Constriñendo los saberes? ¿Poniéndole una estaca a la experiencia intelectual? ¿Denegando el placer de leer e informarse?

Antonio Gramsci, teórico marxista, político y periodista italiano.

         Mi silencio sería más incomodo, cercano a la complicidad del autoritarismo hegemónico, complaciente con los amigos de oficio, sobre todo con los hoy llamados “intelectuales de diseño” (mejor conocidos como “liberales”),  poseedores de un cinismo soberano y practicantes de un egoísmo insolente, sólo consolados en la monstruosa espectacularidad del consumismo, muchas veces exclusivamente lector.

         Si hay disensión en Padilla y la figura del intelectual (orgánico u inorgánico, que ya nadie parece considerar), es aquella que generaliza la función y compromiso social de éste, regalando la humorada siempre saludable de permitirnos examinar el tema.

PARA MÁS DE RAEL SALVADOR DA CLICK EN LA IMAGEN: