Vientre

La vida es un desquicio, de repente recuerdas y te hundes, nadas a través del tiempo, estas pequeño y te sientes indefenso o más rebelde, terminas viendo la pared de algún bar o la calle sola en alguna madrugada, tu enemigo principal es tu cuerpo y tu cartera.

Carlos Adrián Loya* / A los 4 Vientos

Muchas veces te llegan espasmos de recuerdos felices, como estar con Papá. ¿Que son los padres ausentes? La piel chinita de ver una foto, el sabor de su comida favorita, el título de niño consentido colgado con un clavo oxidado,  un monedero que administra cada centavo, con su olor viejo y su valioso deseo de servir en un instante, momentos que te rebanan, eres un cerdo y rápidamente te venden como jamón. Quien crece y deja de ver a su héroe se casa con eso, con los pequeños regalos sin moños, balas al aire que te lastiman a ti mismo, vivió, estuvo y se fue, como la vida misma, como tu hambre, misericordia y calentura.

Fue justamente a espaldas de un hotel, tenía un palo de escoba y la energía del universo en mis manos, era la espada elegida para destruir mundos y demonios alados, caminábamos por una recta de tierra, nuestro destino era una hilera de rocas junto al mar, mentiría si dijera una hora específica o el día del año, solo tengo con certeza la edad de ese niño que montaba nubes y susurraba cometas, 8 años.

Amaba ir de pesca, no por la acción de sacar peces del océano, si no por las múltiples locaciones que convertía en mi set, fui un náufrago y pirata, maté nazis, exploré la Atlántida, y siempre terminaba viendo ratones enormes brincar por mis pies, al final cargaba el balde con la cena y una que otra caña. Pocas fueron las veces que me dediqué solo a pescar, pero ese día elegí la piedra más grande y estaba decidido a sacar una sirena, pasó un rato y  mi triste aporte fue una lata de cerveza con un pequeño cangrejo que devolví al océano. Tomé mi arma filosa de astillas y corrí a observar un velero.

La orquesta de las olas es única, no imagino aun a mi edad vivir lejos de la playa.

Escuché un silbido acompañado de mi nombre, el sol solo me dejaba ver la mano morena que se alzaba y me pedía que me acercara, llegué junto a mi padre y me presumió lo que pescó: era un tiburón toro, poco más de un metro y medio, nunca había visto uno, solo en películas y en fotografías en la clase de ciencias naturales, recordé el color verde del libro y la imagen de un dientes de sable, pensé en que la vida fuera buena y también me dejara ver uno algún día, debo admitir que temerosamente esperé más de diez minutos para acercarme a él, pronto descubrí que era ella, su vientre se revoloteaba, eran tiempos en que alguno de mis primos verían la luz y la barriga de su madre se movía igual, como con diarrea, pensé, y lo dije, mi viejo no se guardó la carcajada, sacó una navaja de su bolsillo, con ella abrió el color gris de sus escamas, dos pintura idénticas a la que yacía abierta se movían desesperadamente, diminuta vida, sentía su angustia, los tomé con mi mano y los llevé al mar, pasaron segundos antes de que los depositara en su palacio, los vi flotar, pensé que lo lograrían, pero la misma corriente los trajo de regreso, sin vida, como dos ramas varadas, empezaba a caer la tarde y no entendía, las gaviotas se empezaron a pelear por el festín, los mutilaron, la naturaleza hacía lo suyo, era violencia pura, volver a lo primitivo formando parte ya de ello, mi reflejo en el agua era triste, ¿cómo acabar con un ciclo de muerte si yo soy quien asesina?

Confesé  que en el jardín de mi abuela masacré plantas, que jugué al diluvio con las hormigas, que cuando fui a la playa oriné muchas veces, que sentí miedo de que algo me comiera, agaché la mirada hasta el núcleo, me acerqué a mi padre derrotado, pensando en el coliseo marítimo que había armado, en el compañero de mi primaria que se ahogó, ¿también fue desayuno de las gaviotas? Entendí el poder de la muerte, lo reemplazable que somos, si pierdo mi balón pueden comprarme otro, pero no tendrá el mismo significado, le di un  abrazo a mi padre y le pedí que nos fuéramos a casa, el sintió mi tristeza y con tranquilidad agregó, la vida es un ciclo, tanto en animalitos como en personas, todo se acaba, tenía tanta razón, mi ciclo de estudiante acabo, mi niñez se esculpió entre elogio y amistad, y él se fue, como aquella tarde, se me escapó como carnada, como una panga a un puerto, me dejó como una botella en altamar, flotando con un mensaje eterno.

 No hay mejor escuela que la vida, el mundo es eso, el vientre de un tiburón, nuestros hermanos nos comen, nos apuñalan, nos odiamos, nos quitamos el cobijo, somos una especie que pelea contra ella misma, solo pocos palpan la realidad, la rozan con sus yemas, otros se nutren de la piola en el líquido azul,  esa noche dejé que mi cuerpo se acostara oliendo a sal, pequeño tributo a la muerte, nuestro festejo.

Ayer soñé que la huesuda nadaba, que era quien surtía a todas las pescaderías, que los acuarios eran para quien infringía las leyes, que Neptuno tenía una dictadura y que contaban la leyenda del espadachín de la piedra, quien enfrentó a su padre para salvar a los tiburones.


Lic. en Ciencias de la Comunicación, Carlos Langas gusta de escribir poesía desde los 11 años. Ha ganado premios de poesía a nivel estatal e internacional (concurso “Cortnera” en Paraguay), siendo además finalista en convocatorias nacionales como la que abre anualmente la Universidad de Guadalajara. Sus textos se publican en espacios como Región Transparente y 4Vientos.