Criminalidad y amnistía

Al final de su vida, le preguntaron a Al Capone que si pudiera regresar el tiempo haría algo diferente. Dijo que sí, que si pudiera regresar al pasado, hubiese hecho su fortuna de manera legal, que requería el mismo esfuerzo que hacerlo de manera ilegal.

Ramiro Padilla Atondo* / 4 Vientos

El capo Alfonso Capone (Foto: AP).

La expresión reflejaba y refleja un asunto medular en los Estados Unidos, el hombre que de la nada puede hacer fortuna si tiene el deseo. También refleja el clásico pragmatismo norteamericano, su practicidad a la hora de hacer trabajar el sistema. Los gobiernos manejan dos agendas, una pública y otra que podríamos llamar confidencial, o clasificada.

La pública está hecha de números, promesas de campaña, gasto publicitario para promocionar sus logros y avances y un largo etcétera. La agenda confidencial es aquella con los números rojos, focos delincuenciales, información de actividades del narco, redes de corrupción y otras cosas. Es en extremo difícil que ambas agendas se crucen. Puede haber investigaciones periodísticas que expongan parte de esta agenda secreta, que como fuegos artificiales estallan de vez en cuando. Pero también si se observa con atención, se puede leer entre líneas, interpretar esta realidad para intentar explicarla. Un ejemplo; después de que quedó al descubierto el operativo rápido y furioso, que le costó la vida a un agente de la DEA, se hicieron arrestos masivos de narcotraficantes en Estados Unidos.

Eso implicaba una sola cosa, que la DEA siempre supo dónde estaban los narcos y los dejó operar. ¿Qué significa eso? Que para el mercado más grande de drogas del mundo, de manera tácita se acepta que es más importante mantener el orden social que una guerra frontal, una suerte de amnistía de facto mientras los narcos se atengan a ciertos lineamientos.

Y eso sucedió por muchos años en México. Los territorios estaban claramente delineados. Existían ciertos principios éticos que regían las venganzas mafiosas. No había víctimas colaterales. Felipe Calderón vino a alterar ese orden con una de las decisiones más estúpidas de la historia moderna de México: declararle la guerra al narco. Y al hacerlo, diluyó el poder del estado en amplias zonas del país. Allí donde las instituciones estatales eran más débiles el estado desapareció y los narcos se convirtieron en dueños y señores, compitiendo por ejercer la violencia con nuevas formas creativas de salvajismo.

Foto: Revista Forbes

Después de once años de violencia es claro que seguir haciendo lo mismo esperando un resultado diferente no deja de ser un despropósito monumental. Por lo regular, los apologistas de la solución armada viven lejos de la zona de conflicto. Sentados en un café en la condesa deciden el futuro de aquellos que viven en el perpetuo temor de ser levantados por un retén narco. Y poco saben del lenguaje político. Doy otro ejemplo. El presidente de Estados Unidos escribe en un tweet que cierta compañía que fabrica aviones le roba trabajos a los norteamericanos. Las acciones de la compañía se desploman. El emisor del tweet es consciente de su poder a la hora de influir en la opinión pública. Por otro lado, un candidato a la presidencia ofrece entre otras cosas una posible amnistía si las víctimas están de acuerdo, (situación altamente improbable) y las redes se caen en descalificaciones. En su acepción literal esto suena como un monumental despropósito, pero, ¿en dónde lo dijo, y en qué contexto lo dijo? Es claro que fue en uno de los estados más violentos del país, en donde sabía que el mensaje llegaría de manera directa a los grupos delincuenciales.

El narco es la economía de facto en muchas regiones del país. No se explican estas redes de poder si no es por su capacidad de imponer su agenda por medio de prebendas o violencia. El estado en el papel es infinitamente más poderoso que cualquier cartel. Pero un estado corrupto es presa fácil. Una escalera social altamente disfuncional genera una realidad alternativa para sus ciudadanos. Esta realidad alternativa indica que se puede hacer fortuna a la mala, ya sea por una carrera en el gobierno, o arriesgando el pellejo en el narco. Ambos se han convertido en comportamientos arquetípicos.

Por ello se requieren nuevas ideas. Estados Unidos ha despenalizado el uso de la mariguana que en su punto más alto representaba el 60 % de los ingresos de los carteles. Hay una vieja pregunta que sería importante hacerse de nuevo, ¿Cuáles son los límites del estado a la hora de decidir que se mete el individuo en el cuerpo? ¿No sería más sano cambiar el enfoque de guerra frontal por uno de salud pública?

Los ciudadanos tienen la última palabra. Y están bastante enojados por el estado actual de las cosas. Esperemos que se enriquezca este debate.

* Ramiro Padilla Atondo. Escritor ensenadense, columnista y ensayista. Autor de los libros de cuentos A tres pasos de la línea, traducido al inglés; Esperando la muerte y la novela Días de Agosto. En ensayo ha publicado La verdad fraccionaday Poder, sociedad e imagen.