VANGUARDIA: del tiempo «godinez» y el tiempo universitario

«Pensamos a partir de una cultura, y el desarrollo de nuestra inteligencia depende de la riqueza del entorno»  — José Antonio Marina

Iván Gutiérrez / A los 4 Vientos

En la columna pasada analizamos la cuestión del espacio y como la ubicación de las propuestas culturales crean una desigualdad de oportunidades entre la población de Ensenada, en cuanto al acceso a las iniciativas se refiere, poniendo énfasis en que la mayoría de los eventos se concentran en el centro de la ciudad. La conclusión de aquel artículo fue que ante este escenario es necesario crear más espacios en zonas periféricas y vulnerables del puerto.

Bien, ahora pasaremos a desglosar otro aspecto fundamental para comprender las posibilidades de contacto con las actividades de la “erupción cultural ensenadense”, teniendo como objetivo final dilucidar las aristas de este fenómeno que puede representar un crecimiento intelectual masivo para los ensenadenses. Hablaremos, pues, del tiempo como espacio de oportunidad y acceso. Para ilustrar el punto base de estas reflexiones, tenderemos un ejemplo.

Arnuflo es un adulto joven y trabajador, algo callado pero simpático, gustoso de leer filosofía en su tiempo libre y practicar el arte de escuchar black metal en el transporte público. Egresado como ingeniero de la universidad, trabaja todos los días (de lunes a sábado) en una empresa dedicada al desarrollo de software. Su horario de trabajo es de 8am a 5pm, sin embargo, el traslado desde su trabajo al centro de la ciudad le toma 30 minutos, más otros 30 del centro a su casa; tomar desviaciones implica seguramente otra hora en el ir y venir.

Arnulfo ha visto en varias ocasiones que la ciudad se está llenando de eventos muy interesantes. Apenas la semana pasada hubo una conferencia sobre Borges, otra sobre la filosofía de la Danza Africana, la inauguración de una obra artística de un talento local y una proyección cinematográfica sobre un director ruso de su agrado. Sin embargo, debido a sus horarios de trabajo, le fue imposible asistir a cualquiera de estas actividades.

Y así, la historia se ha repetido en los últimos veranos. Para Arnulfo, hay voluntad e interés, pero no hay tiempo; su vida de “Godinez” le impide el acceso a la mayoría de las actividades culturales de la ciudad (no por nada bendice los tokines del fin de semana).

Si bien Arnulfo es un caso representativo de un grupo de adultos del sector profesionista (uno muy particular: el que tiene interés por incrementar su bagaje cultural), su caso se extrapola a otro tipo de trabajadores “proletarios” en el sector de servicios, ventas, atención al cliente, maquila, burócratas y un largo etcétera de personalidades laborales. La conclusión es una: un número inmenso de adultos (interesados en las actividades de la ciudad) no tienen acceso a las propuestas culturales por cuestiones de tiempo. Para quienes viven esta falta de tiempo, este panorama es obvio; para quienes lo ignoran, puede resultar ilustrador lo aquí planteado.

¿El origen del problema? Un sistema dispuesto precisamente para despojar a los individuos de su tiempo, una lógica productiva de progreso que implica vivir para trabajar, generando con ello una brecha gigantesca entre el tiempo laboral y “los otros” tiempos (tiempo familiar, tiempo de ocio, tiempo cívico).

Esta situación representa un lastre enorme en cuanto al margen de acción-decisión posibilitado en la vida adulta, pues no sólo limita el realizar actividades no-productivas (en sentido económico), sino que tampoco permite fortalecer lazos sociales duraderos y mucho menos deja espacio para exigir justicia cuando se sufre un abuso; ni hablar de quienes tienen una familia y el poco tiempo libre que les queda lo destinan a ella. En fin, digámoslo tal cual: los adultos no tienen mucho tiempo para asistir a eventos culturales, al menos no aquellos entre los 25 y los 55 años.

Si a este escenario le anclamos las conclusiones de la columna pasada, daremos con un panorama tremende de desigualdad, pues de las actividades culturales se excluye a quienes viven lejos del centro y también a aquellos que viven para trabajar. (Claro, tampoco se trata de poner como mártires a los adultos trabajadores, pues dentro de este nicho hay muchos indiferentes a las propuestas culturales de la ciudad por simple desinterés).

Volviendo al asunto del reloj, entonces, ¿quiénes son los que sí tienen tiempo para acceder a iniciativas culturales? Si descartamos a grupos menores (jubilados, gente de nivel socioeconómico alto), la respuesta es sencilla: los jóvenes, y en particular, los estudiantes, son los “privilegiados” en este escenario.

No podemos abarcar a todos los jóvenes en estas reflexiones, por lo que para ser más precisos hablaremos de los estudiantes universitarios, y más en particular de aquellos que no trabajan y cuya mayor responsabilidad es una: estudiar.

Que los jóvenes sean quienes más tiempo libre tienen no significa que lo inviertan en actividades culturales, pues (al igual que con los adultos) para ello hacen falta otros elementos: el interés y la voluntad. Cabe, pues, preguntarnos, ¿qué están haciendo los universitarios con su tiempo libre? Las respuestas son varias: estudiar y cumplir con sus deberes, hacer deporte, ver serie tras serie en Netflix, perder el tiempo en Facebook o Internet, ir al mandado, ayudar en casa, limpiar el patio, pasar todo el día con la pareja, jugar videojuegos, dedicarse a sus hobbies, divagar, etcétera. 

Aquí recupero apuntes de mis observaciones como reportero para afirmar que de la matrícula gigante de universitarios en Ensenada, es una fracción minúscula la de los interesados en asistir con frecuencia y constancia a los eventos culturales de la ciudad. Es decir, la discusión que propicia el flujo de ideas no está dentro de sus prioridades inmediatas.

Hasta aquí hemos desglosado ya un escenario interesante con la intención de comprender las posibilidades de la erupción cultural en Ensenada, este momento coyuntural de múltiples iniciativas de corte filosófico, pedagógico, artístico, intelectual, científico y demás disciplinas que están brotando por todas partes.

Sin embargo, no todos pueden acceder a esas propuestas por cuestiones de tiempo y espacio, y otros más no lo hacen por falta de tener interés y/o voluntad de participar en el intercambio de ideas y perspectivas que estas condiciones culturales suponen.

El siguiente paso en estas reflexiones es desmenuzar a detalle los diferentes actores (en particular los más jóvenes) que conforman esto que llamamos vida cultural de la ciudad, y cuál es el rol y/o responsabilidad que cada uno puede asumir a partir de sus condiciones y posibilidades. Nos vemos la otra semana para seguir pensando el movimiento del ahora.