GATILLO: en defensa del servilismo a los Estados Unidos

Redacto esta columna en nombre de todos los ciudadanos orgullosamente agachados, como una defensa ante la gran ofensa que han supuesto las declaraciones de ciertos individuos sobre nuestra “falta de entreguismo y servilismo” a nuestros dueños y amos, los norteamericanos.

Alberto Guerrero / A los 4 Vientos / Foto: Revista Campestre

Estos fulanos “nacionalistas” han pretendido afirmar que, como bajacalifornianos, hemos fallado en ser el patio trasero de nuestro vecino del norte, argumentando que amamos la patria mexicana, que la tendencia apunta a voltear hacia el sur y que nuestra cultura no tiene nada que envidiarle a los gabachos, ¡nada más falso que esto señores!

Bien sabido es por todos los oídos que este año en particular nos hemos esforzado por demostrar nuestra entrega a los United States, ¿qué acaso estos ignorantes no miran las noticias? ¿Cómo atreverse a negar con tanta evidencia en mano que nuestra lealtad está con las hamburguesas del tío Sam y no con el cochino taco o el frijol?

Prueba de nuestra honra al país de Donald Trump es la cantidad mínima de gente que se ha movilizado para detener la planta trasnacional de la Constellation Brands, así como el consenso popular de financiar con recursos públicos las desalinizadoras que exportarán agua al otro lado, y claro, la firma del convenio actual con Score International para que vengan los aficionados a las carreras a hacer lo que les plazca en Ensenada (ojalá nos perdonen el retraso en la construcción de su museo).

¿Qué otra prueba quieren los negacionistas de la apertura de nuestras «puertas» a la inversión extranjera? ¿En serio les cuesta tanto aceptar que el estado mexicano es sólo un medio para que los de arriba vivan mejor? No por nada le hemos permitido tanta corrupción, impunidad y tráfico de influencias a nuestro ario gobernador, Francisco Vega de la Madrid, y de igual modo por algo hemos concedido que nuestro presidente municipal Marco Antonio Novelo ponga a disposición de las carreras de fuera de camino a paramédicos, policías y trabajadores de obras públicas. 

¡Es tiempo de que los negacionistas comprendan y acepten ya su lugar, y vean que estamos dispuestos a que la iniciativa privada utilice nuestra agua para regar los pastos de San Diego y elaborar cerveza extranjera con tal de que la embriaguez no disminuya, que destruiremos nuestros ecosistemas y firmaremos acuerdos vergonzosos con los empresarios norteamericanos a cambio de que las carreras Baja Mil llenen de turismo las calles del puerto, y que aceptaremos con gusto los insultos más grotescos con tal de que los Estados Unidos nos permitan comprar en sus tiendas departamentales y no nos retiren la visa!  

Hemos hecho todo lo posible para extranjerizar nuestra economía y nuestra cultura: nos hemos tatuado Coca Cola y Netflix en las venas; idolatramos el burdel de Hollywood y los íconos de la cultura pop gringa; en nuestro ADN viajan las historias de Dinseylandia y hasta la hierba la estamos importando porque es de mucho mejor calidad que la nuestra; También hemos adoptado su ignorancia y recibido de brazos abiertos sus políticas públicas contra las drogas, al igual que sus armas para matarnos los unos a los otros.

¿Cómo pueden permanecer invisibles todos estos esfuerzos por ser colonizados hasta las entrañas? ¿No ha bastado hacer de Ensenada un lugar que privilegia al visitante que al habitante? ¿Qué tendremos que hacer para convencer a quienes se resisten a ser sometidos? ¡Sépase además que no ha sido fácil sortear las acusaciones de traición de los chilangos y los pueblos originarios que no aprecian la gracia de vivir subordinados!

Por suerte nuestra noble clase política nos ha respaldado, apoyándonos desde hace decenios en la entrega del campo, el petróleo, la tierra, la dignidad, la voluntad y el pensamiento, a través de visionarias reformas estructurales y el silenciamiento de las voces discordantes. ¿Qué nos falta para acallar a los opositores de la explícita servidumbre al gobierno empresarial de los Estados Unidos?

¿Será necesario olvidarnos también de nuestra herencia mestiza o nuestro idioma para que entiendan de una vez a quienes debemos nuestra reverencia? ¿Será ya tiempo de que nuestros amos intervengan militarmente en este pueblo que olvida quien es su dueño?

Yo les digo, hay locos que todavía piensan que esta tierra es nuestra, dementes que se atreven a exigir derechos cuando ni siquiera las calles de su ciudad les pertenecen; si acaso son suyos los impuestos, los baches, y las ingenuas ideas de «independencia» o «soberanía». ¡Viejos ridículos, lo que se merecen es que los atropelle un todoterreno al cruzar la primera!