¿A dónde va el conocimiento que la UABC produce?

“No será la universidad una persona destinada a no separar los ojos del telescopio o del microscopio, aunque en torno de ella una nación se desorganice” — Justo Sierra

Ricardo Lindquist / Buhario* / A los 4 Vientos

En el marco de tendencias que se remiten al siglo XIX —pero se norman hasta mediados del XX— las universidades de Latinoamérica han adoptado como razón operativa el cumplimiento de tres funciones: la docencia, la investigación y la extensión. Así, al objetivo inicial de legar el conocimiento (docencia) se adhirió el de producirlo (investigación) y, desde hace no más de cuatro décadas, el de compartirlo con el entorno (extensión).

No obstante, la tercera función universitaria es aún, quizá por su relativa juventud, epicentro de múltiples debates. Debates que inician, por ejemplo, con la forma en que dicha función debe ser llamada. Una primera lectura, visible en los documentos normativos más antiguos de la UABC, es la que refiere a la extensión de la cultura. Esto es, a la responsabilidad universitaria de “culturizar” a su entorno. En este sentido, surgen las siguientes preguntas: ¿es la universidad el único actor capaz de generar cultura? ¿debe la universidad extender (como se extiende el pan al hambriento) la cultura a aquellos que “no la poseen”?

A partir de la década de los ochenta, durante el auge de las corrientes administrativas, el enfoque de la extensión transitó al de la vinculación. A pesar de la relativa aceptación que dicho término tuvo al interior de la academia, en la actualidad sus críticas son numerosas. Una de las principales, se refiere a los débiles criterios de éxito que precisa la vinculación. Así,  por citar un ejemplo, dos actores, como la universidad y una microempresa, podrían organizar en conjunto un evento local y estar en posibilidades de hablar de un vínculo. A ello, sin embargo, le sobreviene una nueva interrogante: ¿implica lo anterior una relación de provecho para ambas partes?

Una tercera fase, cuya raíz se remite al contexto norteamericano, desecha las posturas extensionistas y vinculativas y apuesta por la función del intercambio del conocimiento. De esta manera, se plantea que las universidades no solo deben interactuar con los actores de su entorno, sino que dicha relación debe estar mediada por el conocimiento. Basados en estas premisas, surgen aportes operativos como el de la Triple Hélice, de Henry Etzkowitz. El cual propone, a grandes rasgos, que las relaciones universidad-entorno deben adoptar una forma helicoidal, en conjunto con otros dos actores: las empresas y el gobierno. Generando un proceso de interacción dinámico e interdependiente.

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Triple Hélice de Etzkowitz

Como se observa en el esquema, el modelo de la Triple Hélice ofrece una ruta operativa a las universidades para que éstas puedan orientar sus actividades de interacción. A cambio, invisibiliza a un actor fundamental: la sociedad. Ocasionando que, como sucede con diversas políticas y procesos, las universidades en Latinoamérica adopten modelos extranjeros sin llevar a cabo ningún tipo de reducción sociológica. Modelos que parecen obedecer a una premisa concreta: en los procesos de interacción primero está la bolsa, después el corazón.

Por desgracia, el caso de la UABC, no es ajeno al panorama antes planteado. Una vía para comprobarlo es la revisión del repositorio de convenios vigentes (disponible en el Portal de Transparencia de la Institución), en la medida en que éstos formalizan cualquier tipo de colaboración con los actores del entorno. En el repositorio puede observarse que la UABC cuenta con 531 convenios de colaboración vigentes. De ellos, el 38% están firmados con empresas, el 34% con el sector gubernamental, el 20% con el sector educativo (conformado por instituciones educativas de nivel básico) y solo un 7% con el sector no gubernamental (conformado por agrupaciones civiles).

 

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Distribución de los convenios vigentes de la UABC según los actores de interacción.

Como se observa, la interacción de académicos y estudiantes con el sector no gubernamental-social es mínima. Además, el 90% de los convenios establecidos con dicho sector implica que los estudiantes puedan realizar su servicio social en las ONG. Este tipo de acercamientos reflejan, como lo señala Gerda Bender, que la interacción con los actores vulnerables no es, para las universidades, una cuestión de compromiso, sino de servicio. Logrando así transferir esta responsabilidad a los estudiantes y no a la institución.

Si bien el servicio social es una experiencia de aprendizaje que puede ser de gran provecho para los estudiantes, también es cierto que desde hace algunos años presenta, como mecanismo de interacción, algunos vicios. Tales como la priorización del cumplimiento de horas por encima del sentido social de la actividad; la tendencia de ciertas unidades receptoras de concebir al estudiante como un empleado no remunerado, antes que como un individuo ávido de conocimientos y habilidades; y la concepción de las horas-servicio como moneda de cambio.

Se acreditan horas de servicio por comprar despensas, por bailar dos horas en un asilo de ancianos o, en la mayoría de los casos, por vender boletos de sorteos.

Este último vicio, el de la concepción de las horas de servicio como moneda de cambio, es uno de los males mayores en las universidades latinoamericanas. Representa, sin duda, una forma de caricaturizar uno de los pocos mecanismos que permiten que el estudiante colabore con la sociedad. Así, se acreditan horas de servicio por comprar despensas, por bailar dos horas en un asilo de ancianos o, en la mayoría de los casos, por vender boletos de sorteos. Actividades que no retribuyen al estudiante con ningún tipo de experiencia formativa, sino que lo introducen en uno de los rasgos que parece contemplar todo perfil de egreso: la nula responsabilidad social.

En la ausencia de colaboración con el sector no gubernamental, testigo natural de las problemáticas sociales, se lee buena parte de la agenda universitaria. Una agenda que, en un contexto de violencia, pobreza y torpeza política, apuesta por el acercamiento con las empresas transnacionales. Encontrar la razón no es asunto complejo. Las universidades, por un lado castigadas en el presupuesto y por el otro presionadas por lograr indicadores de “calidad” que deriven en mejorar su posicionamiento, buscan interacciones que reditúen en el incremento de los recursos propios. Dejando de lado a los grupos sociales, de los que no se pueden obtener millonarios overheads (comisión del 30% de las ganancias que la UABC absorbe de cualquier convenio establecido).

Sin embargo, la interacción de la UABC con los actores más vulnerables, con quienes no ven en el conocimiento un producto de comercialización sino un camino para su propia superación, no  debe fundarse en premisas como la siguiente: la universidad debe interactuar con la sociedad porque la sociedad es quien la mantiene. Hacerlo, detona en lo que François Vallaeys concibe como una relación contractual. Es decir, una relación que las universidades suscriben, pero que convierten después en ejercicios de extensión solidaria. En cortar el cabello y no el hambre, en sanar raspones y no rezagos, en regalar libros a quienes aún no hemos enseñado a leer, en lograr que los niños en las reservas conozcan antes las estrellas que la carne. Esto es, en la gacetización” del compromiso.

Es cierto, el reto que enfrenta la UABC, al igual que el grueso de las universidades mexicanas, es grande. Es un reto que implica una reestructuración ontológica. Pero no una reestructuración que conduzca a cambiar dos o tres párrafos del modelo educativo. Sino una reestructuración que permee la totalidad de las funciones universitarias. Una reestructuración que rebase la esloganización. Que no apueste por fomentar un sentido de pertenencia hueco, sino por incentivar la construcción de un compromiso ideológico que, al final del día, hablará mejor que portar un termo o una camiseta. Implica, en suma, que la UABC comprenda que si quiere ser parte de la solución, primero debe aceptar que es parte del problema.

Publicado con la autorización de Buhario

Link original: https://buhario.wordpress.com/2017/11/04/a-donde-va-el-conocimiento-producido-por-la-uabc/