LOS PERROS GUARDIANES: Reaccionarios que no reaccionan

“La historia no es mecánica, porque los

hombres son libres para transformarla”.

Ernesto Sábato.

Rael Salvador/ A los 4 vientos

Ensenada, B.C.

Leo el epígrafe y… ¡Caray!

Ahora bien, descubrir que las consecuencias de un espíritu grandilocuente –como lo es el mío– es encontrarse en el camino con nuevos reaccionarios: porque así como un aerolito se reconoce en otro roca que vuela, un rebelde sólo puede identificarse con el resentimiento o descontento del otro –motivos de injusticia y abuso sobran–. A veces me digo que no sería necesario que la juventud se empeñe en lo contestatario: que se olvide del 2 de octubre, que reniegue del Che Guevara, que la Revolución del Terciopelo desaparezca junto con la Revolución de los Claveles, así como el Mayo francés o las Brigadas Rojas, seguidos de los movimientos guerrilleros de Latinoamérica, los Sandinistas y los Zapatistas, la caída del muro de Berlín, la caída de África, la caída de las Torres Gemelas, la caída de Medio Oriente, la aparatosa caída de un sistema sin futuro, agresor del planeta… Y tu caída, mi propia caída y un endemoniado largo etcétera.

Que toda la cruenta historicidad del Siglo XX, guerras mundiales de por medio, para no ir muy lejos, se vaporizara en una alegría contagiosa y los restos mortales de la Primavera Árabe dieran paso a un nuevo Verano del Amor –que, para acabar con tanta degradación (como lo cantó John Lennon), es lo único que necesita una mujer y un hombre– y las cosas de la existencia cotidiana pasaran a ser un preocupación de sabios con principios y no de idiotas encumbrados en politiquerías estériles (que afectan a la Educación, al Arte y a la Cultura, como el cáncer destruye a un niño, a una adolescente o a la abuela –mientras los abusos en la “democracia fallida” enriquecen indebidamente a bribones sin escrúpulos, cómplices en la generalidad de los fracasos, “crack” patrocinado por medios de comunicación coludidos, que es lo mismo decir “familias” que detentan el poder por el poder mismo, aburridos de tantas pasarelas con dios y atemorizados por la infinidad de catástrofes personificadas o tormentos “top ten”, diluvios incontinentes o sequías del sexo que ofenden su posición privilegiada o el estatus de un rancio abolengo heredado).

Consciente que tanta candidez es un lujo que no me puedo dar, ya que sería muy ingenuo de mi parte sostener comentarios contrarios a los que menciono –en lo mínimo–, cuando la realidad está demandando nuestra acción, conjunta o individualizada, para dar paso a un mundo mejor, a un territorio en armonía (aunque suene cursi, Lao-Tse y el desenfado de sus colegas fallan poco) y una sociedad autosustentable.

¿En qué demonios consiste un mundo mejor? ¿Una sociedad dividida ideológicamente por los partidos políticos, que les entretienen votando para no pasar a la responsabilidad? ¿Una congregación de iglesias dándose con los milagros en la cabeza? ¿Una afición deportiva llevada a los extremos, que despierta más rencor racista que el presidente de los Estados Unidos (Donald Trump, nominado al Nobel de la Paz? ¿Una solvencia burgués que no sirve ni para acabar con la opulencia de su ignorancia? ¿Cuánto imaginario se necesita para traicionar a tu clase?

Se ha entregado el Premio Nobel de la Paz 2017 a la Campaña Internacional por la Abolición de las Armas Nucleares, pero no la paz. Como la concebía y concentraba Bertrand Russell, la felicidad tiene un escalón más: la evolución festiva al estado de pacífico, no como resultado de la farsa sanguinaria de las guerras –donde el negocio de las armas y las constructores se agazapan–, sino como disolvente de las neurosis y las taras aprehendidas. Sin ella, encarnizada en el animal humano, la fiesta de los días queda sin proyecto.

*Escritor, profesor y periodista, autor de los libros Obituarios intempestivos, Ensenada, instrucciones para hacer fuego con el mar y Claridad & Cortesía. En su momento, editor del suplemento cultural Palabra. Correo electrónico: raelart@hotmail.com