Contra la violencia en los conflictos sociales de Baja California

Tenemos un problema cuando, queriendo alcanzar un determinado resultado de manera inmediata y directa, no podemos realizar las acciones necesarias para ello. Como punto de partida este planteamiento es atractivo, pero en el mundo social las situaciones problemáticas distan mucho de esta sencillez conceptual. Para empezar, definir bien un problema es ya, en sí mismo, un reto considerable. Por otro lado, los problemas en los que nos vemos involucrados, demandan una buena comunicación y esto constituye otro gran desafío.

Jesús Francisco Galaz Fontes* /A los 4 Vientos

Cuando entre los involucrados en un problema, alguno de ellos puede hacer uso de la fuerza y, en el contexto de su ejercicio, se abre la posibilidad de que aparezca la violencia, uno de los mayores peligros es el de caer en el espejismo y la tentación de recurrir a ella. Más allá de consideraciones filosóficas, hay razones prácticas por las cuales la fuerza y la violencia asociada no son la solución a nuestros problemas sociales. Enlisto algunas que me parecen importantes.

1)La violencia, ese afán por ocasionar daño material y/o simbólico que en ocasiones parece ser connatural al ser humano, genera violencia.

Las personas que la sufren se pueden doler físicamente y sufrir daños significativos e, inclusive, irreparables, pero también se van a sentir humilladas, ofendidas en su calidad de personas. La violencia genera impotencia, rabia e, inclusive, deseos de venganza. Todo ello nos nubla la razón y, en esa tormenta emocional, perdemos de vista el problema para concentrarnos en ponernos parejos con nuestros adversarios.

2)La violencia, ya sea física o simbólica, evita en realidad la solución de nuestros problemas sociales.

Para solucionar nuestros problemas requerimos dialogar con los que no piensan ni actúan como nosotros; necesitamos también que los involucrados tengan la seguridad de que no recibirán represalias por su participación. La violencia inhibe el diálogo y reduce la participación y, con ello, trabaja en contra de podamos solucionar efectivamente nuestros problemas sociales.

El Movimiento Mexicali Resiste convoca el apoyo de los ciudadanos. Foto: internet

3)La violencia modela una forma de actuar que puede llegar a verse como normal y adecuada para enfrentar nuestros problemas.

El peligro consiste en que la violencia se normalice como una manera legítima de relacionarnos y, en esa medida, evite que desarrollemos nuestras habilidades analíticas, así como las actitudes y habilidades necesarias para el diálogo y la negociación, indispensables cuando se confrontan visiones diferentes de una aparente misma realidad. Además, al no respetar el derecho humano a la seguridad, se establece un referente para que otras violaciones a los derechos humanos también se vean como normales bajo ciertas circunstancias.

4)La violencia, por su aparente éxito inmediato, tiende a ocultar los problemas.

Los empuja hacia espacios de escasa visibilidad. Se genera así la impresión de que todo está bien, cuando de hecho se puede estar gestando una tormenta fuera de nuestra vista. Este es uno de los impactos más negativos de la violencia, pues nos evita seguir atendiendo una situación problemática que puede, a la vuelta de la esquina, aparecer “de repente” con costos implicados mucho mayores que los asociados al problema original.

5)No todas las violencias son iguales. En particular, la violencia que un gobierno ejerce mediante el uso de la fuerza pública no es equivalente a la violencia que pueden llevar a cabo los ciudadanos que reclaman sus derechos.

El gobierno, precisamente porque tiene acceso a la fuerza pública, pero también porque está obligado, ética y políticamente, a resolver los problemas mediante el diálogo, es el mayormente responsable de no emplear la violencia. No nos confundamos en esto.

Uso de la fuerza pública en desalojo de manifestantes del Movimiento Mexicali Resiste. Foto: internet

De tiempo atrás las autoridades públicas y la población de Baja California se han estado enfrentado a una serie de situaciones problemáticas que demandarían ser atendidas de manera coordinada. Las autoridades públicas reciben, vía nuestros impuestos, un pago para atender dichos problemas y, en lo particular, para coordinarse y actuar conjuntamente con la población a la que dicen representar y en nombre de la cual, se supone, gobiernan. No obstante, todo indica que no han sido capaces, al menos hasta estos momentos, de establecer espacios de diálogo y un esquema de colaboración que nos permita avanzar. Uno de los factores que ha impedido este diálogo es la muy peculiar expectativa (¿pretexto?) que tienen nuestras autoridades en cuanto a que todos aquellos que quieran dialogar con ellos, y particularmente los gritones e irrespetuosos ciudadanos que les faltan al respeto, deben hablar y comportarse según dictan las leyes del Manual de Carreño, las cuales ellos sí siguen puntualmente.

Nuestros gobernantes tienen la obligación y los recursos para buscar el diálogo. Con nuestros impuestos dan conferencias de prensa, aceptan entrevistas, publican boletines y desplegados, pero hacer todo esto no es dialogar, y lo que necesitamos en Baja California son autoridades públicas dispuestas a bajarse del pedestal y ponerse a nivel de la población para hablar con ella directamente y no a través de los medios. Pero si en lugar de bajarse del cielo en el que viven para platicar con los mortales, nuestras autoridades hacen uso de la fuerza pública y ejercen la violencia sobre ellos, los problemas, por más que parezca lo contrario, no desaparecerán.

Crece la tensión en los conflictos sociales ante la falta de diálogo y por constante tentación de la salida violenta. En el Congreso del Estado se manifiestan los intereses contrarios en disputa por el agua y los contratos multimillonarios firmados por el gobierno de Francisco Vega con empresas trasnacionales, a través de Asociaciones Públicas-Privadas. Foto: internet

Imagen portada: Marcha contra la represión policiaca a los movimientos sociales de Baja California. Foto: Mexicali Resiste.

*Jesús Francisco Galaz Fontes, es profesor de Ciencias Humanas en la Universidad Autónoma de Baja California (UABC)