Almas rotas: cuando la juventud se inmola, gracias a Dios

Un ritual de despedida, un ente que patina por superficies oscuras y advierte la catástrofe que se avecina. Las luces hablan, trasladan al corazón el color de la escena. Se aproxima un atentado guiado por el mandato que Dios ha sembrado en las almas rotas. Los zapatos deben estar bien lustrados para poder acceder a la gloria eterna.

Iván Gutiérrez / A los 4 Vientos

La obra que hoy se presenta en el Foro Experimental de Cearte —parte de las actividades de celebración de los 30 años de trayectoria teatral del Maestro Fernando Rojero— busca exhibir una perspectiva olvidada cuando ocurre un atentado: la de los terroristas, la parte humana de quienes son recordados como monstruos.

Opera prima del maestro Rojero, Almas Rotas es una obra que nació de la inquietud del director por explorar los motivos que llevan a una pareja de jóvenes a inmolarse en el atentado del 11M en España. Tras un profundo proceso de documentación, lo que los espectadores presenciamos hoy es un homenaje a las víctimas de éste y otros actos marcados por la pérdida masiva de vidas inocentes.

En una escena marcada por la profundidad azulada, la purificación es dada por el agua que limpia por última vez los miedos de quienes están dispuestos a perder la vida a cambio de llevar la devoción espiritual hasta sus últimas consecuencias.

Cambio de escenario. Vemos ahora el conflicto de la madre que llora a la hija que tiende a la autodestrucción: “Tú sabes que no me importa nada mamá, ¡sólo me importa el vértigo, el peligro, la muerte! ¡Si conocieras la sensación de omnipotencia que te da saber que todo va a estallar!”, expresa la adolescencia.

La madre, angustiada, impotente, recuerda su propia irresponsabilidad al criar a quien hoy es una terrorista: “¡Hoy me dueles, y ese dolor lo cuido como un tesoro, porque es lo único cierto que tengo de ti!”…

Rojero nos transporte a un nuevo espacio, donde miembros del grupo que planea el atentado se preparan su psicología para la tortura con la que tratarán de sacarles una confesión: “¿Tienes novia? ¿Cómo es la relación con tu padre y hermanos? Debes adelgazar esos lazos, porque son los que te harán débil y te pueden llevar a confesar, ¡debes ser fuerte y alejarte de todo para trascender!”.

El combate entre los que harán volar el tren es menester para fortalecer el espíritu y la voluntad, las máscaras se caen, el entrenador de almas destaza las resistencias que ocultas pueden sabotear el plan.

Viajes en el tiempo al primer encuentro de dos almas cuyo destino es volar. La muchacha extrovertida e irresponsable que goza de patinar y sentir el viento que detiene el vacío; el joven introspectivo que escribe y dibuja mientras en su mente prepara el exterminio. Los espectadores presencian la revelación mística del origen del fuego.

Suena por todos los medios el discurso político que multiplica el odio, alimenta el desprecio y aviva la violencia: “Me dirijo a todos los ciudadanos para pedirles unidad. No nos quedaremos de brazos cruzados, vamos a reaccionar ante los ataques contra la democracia y la libertad”. Palpita el trasfondo ideológico del estallido.

Otro salto en el tiempo y el espacio nos lleva al inframundo, donde dos almas que han llegado juntas son incapaces de cruzar el río; invertirán eternidades indefinidas en buscar una salida.

Volvemos a los sollozos de madre, esta vez sin su criatura presente, a quien sólo le dedica lamentaciones por no haberla sabido cuidar; la culpa de haber criado una hija sin apego la perseguirá por el resto de sus sueños: “¡pobre de tu madre despojada de ti, tan desgraciada!”.

Un giro dramático revela que el líder del grupo terrorista ha sacrificado a su propia hija: “¡La mandaste al matadero, a tu propia hija! ¿Qué voy a hacer ahora? Ni siquiera se pudo despedir de mí. ¡Miserable, me despojaste de lo único que era mío!”.

Con el velo negro encima la madre prende una veladora, no sólo para su hija, sino para todos los nombres que se fueron con el fuego; no hay lágrimas suficientes para ellos. “Aquí estoy mamá”, grita la hija fallecida. “Creí que no te importaba, y por ello mi hostilidad contra ti sólo fue creciendo. Lo que más quisiera ahora es abrazarte…”.

La escena final aparece. Un último viaje en metro, el abrazo final de quienes se aman y están dispuestos a vagar juntos en el infierno con tal de complacer a su Dios; después, la luz se apaga con el fuego.

Al finalizar la obra, me acerco al Maestro Rojero para hacerle, entre algunas otras, la siguiente pregunta: ¿Qué le recomendaría a los jóvenes que hoy incursionan en el teatro? Su respuesta condensa 30 años de experiencia: “Les diría pónganse a hacer, si tienen idea llévenla a cabo, sobre la marcha aprenderán, sentirán la necesidad de lo que les falta y lo buscarán. Hay que aventarse al agua y aprender a nadar ahí, en el escenario”.