Con un nudo en la garganta

Llevamos varios días, desde este pasado 19 de septiembre,  todos pegados a los medios electrónicos, dándonos cuenta en cómo una tragedia se convirtió en un reality en vivo donde los actores son los rescatistas, los perros entrenados y los seres humanos en espera de ser rescatados.

Álvaro de Lachica y Bonilla* / A los 4 Vientos / Foto principal: Quadratín

Los medios nos metieron en la dinámica de centrar la atención en “rescatemos a la niña Frida Sofía”. Vaya, las transmisiones centradas en rescatar a una menor, que al final ni existía.   Excesos de los comunicadores que son abusivos o hasta arreglados. Sin  olvidar que debemos atender la contingencia en paralelo a nuestra vida cotidiana…

Desde este rincón de la patria, las desgracias de lo que está  sucediendo en varias ciudades y municipios del país,  nos pesan demasiado. No es la inmediatez de los lamentos ni el vértigo oscilante que convierte a los minutos en siglos; es la lejanía dolorosa, la imposibilidad de abrazar a los afectados y el eco de sus llantos.

Resultó que  la coincidencia con el  aniversario del gran terremoto del 1985, en  la Ciudad de México amaneciera con un simulacro que quizá resultó más que premonitorio y tal vez,  preparó los sentidos ante la nueva tragedia. De hecho, quizá los sismos de hace dos semanas, fueron aviso de lo que venía  y metáfora de las desgracias a manos llenas.

Al día de hoy se van sumando los heridos, los desaparecidos, los edificios caídos, los muertos con sus nombres y apellidos, las calles del cascajo, los círculos concéntricos de un horror que parece haberse tallado en piedra desde  hace siglos.

Nuevamente, me tocó estar lejos de la ciudad de México el día del este nuevo terremoto del 19 de septiembre. Aún, con esta distancia los veo, los oigo, los siento y los lloro…

Foto: Periódico Novedades

No trivializo la muerte de un solo niño, adulto, o joven. No minimizo el desamparo en que han caído tantos que perdieron, así sea temporalmente ya no digamos en forma definitiva, su hogar en la capital y en muchos otros sitios de Morelos y Puebla luego del temblor del martes 19. Y no olvido que miles en Oaxaca y Chiapas sufren desde hace semanas por el otro temblor del 7 de  septiembre. Sin embargo, me invade una tristeza enorme de ver cómo muchas personas se quedaron sin nada, me llena de esperanza y fuerza ver cómo otras tantas están ayudando.

A ratos, los rescatistas levantan las manos con los puños cerrados pidiendo que todos alrededor guarden silencio y se me hace un nudo en la garganta de solo pensar que un gemido, un grito o alguna voz puede significar que algún niño o niña sigue con vida.

Desde acá veo en cualquier canal de la tele,  que nadie, nadie es nadie; se quiso permitir que sus manos sólo hicieran lo de todos los días.  Todos a llevar cosas, todos a preparar comida, todos a repartirla, todos a ayudar, a conseguir ayuda, todos a orientar, todos a elevar sus manos, prestos, todos, a formar filas  con sus cubetas para remover lo que la tierra echó abajo, todos a corregir para que ya no traigan lo que no se requiere, todos a improvisar la mejor parte de sí mismo, esa que llega al extremo de ponerte en las manos de otro, poner las manos en función del otro.

Este sismo en medio de toda su tragedia, de los derrumbes y las muertes, repite un proceso que parecía olvidado desde hace 32 años: la capacidad ciudadana para organizarse, asumirse como sociedad civil potente, que quiere y demanda derechos y desea corregir desviaciones de nuestros gobernantes.

¡Carajo!, como sufre México por desastres como este, cuando su llanto hacen eco diferente en todo el mundo, en los lugares apartados donde jamás han sentido la sacudida de un temblor, las lluvias sin fin durante semanas o al revés,  las sequías que dibuja a sus desiertos con la calavera de la desolación. Pero de igual manera, soporta  tragedias y cuando todo ese dolor con fuerza,  parece que no hay sombra que no parezca hablar en colores, que todo sabor incluso amargo sabe a jamaica y cilantro, cempaxúchitl y melancolía.

Foto: Quadratín

Desde acá,  vemos que existen diferentes maneras de llevar a la tragedia que vive el mero corazón de México y quizás con  la posibilidad que ahora mismo,  todo México perciba la preocupación desvelada, la tristeza infinita y la esperanza apretada de millones de personas que lloran, callan, evocan o preguntan, desean e incluso rezan para aliviar todo lo que se siente cuando el que sufre, es nuestro país entero.

* Álvaro de Lachica y Bonilla. Representante en Ensenada de la Comisión Ciudadana de Derechos Humanos del Noroeste, A.C. Correo electrónico: andale94@gmail.com