Feminicidio: política, negocio y cotidianidad

El trágico desenlace de la desaparición de Mara Fernanda Castilla Miranda llevó a una de esas explosiones ocasionales que un escándalo criminal provoca, en especial cuando la actividad de las propias redes sociales fue de particular dinamismo para visibilizar un caso que, lamentablemente, no es excepcional; pero claro, la apuesta de las autoridades será, de nuevo, por el olvido y la memoria corta que nos caracteriza. Si a Peña Nieto y demás autoridades no les causó demasiado esfuerzo ignorar las multitudinarias manifestaciones por los 43 de Ayotzinapa, lo mismo podemos suponer que harán en esta ocasión.

Alfredo García Galindo* / A los 4 Vientos

Más allá de esos detalles de la impunidad como temática, la violencia expresada por el feminicidio convertido en norma contemporánea tiene fundamentos y etiologías concretas. Es una manifestación extrema cuyo origen se encuentra, entre otras causales, en una dupla siniestra: la crisis del Estado, evidenciada con los incontables casos de corrupción documentados en nuestro país; y un patriarcado capitalista que todo lo convierte en mercancía, incluyendo, desde luego, a las mujeres.

Este es el escenario político en el que toma vida el curso de esta economía de la tragedia. Una corrupción generalizada que garantiza la salud de los negocios más siniestros, incluyendo el de la industria de la trata de personas; desde la inoperancia de las instancias de justicia que deberían combatir el crimen, hasta el franco contubernio orgánico entre política y mafias. Mafias que persiguen el fin dorado de la abundancia y la riqueza progresiva que el capitalismo promete, aun si para ello es necesario usar como medio a las personas; explotarlas, violarlas, venderlas, asesinarlas.

Mara Fernanda Castilla Miranda, estudiante de 19 años, desaparecida desde el viernes 8 tras abordar un taxi del servicio Cabify, fue encontrada muerta una semana después, el 15 de septiembre. La necropsia reveló que la joven fue violada y estrangulada.

Una cotidianidad que igualmente fomenta por sus medios de comunicación el imaginario social de que la felicidad se encuentra en el dinero como don maravilloso que nos permite comprar no sólo cosas sino también cuerpos.

El ciclo vicioso que se cierra con una población enajenada con ese discurso pero postrada ante diversos grados de carencias. Así es; para muchos adolescentes cuya infancia fue un ramillete de privaciones y violencias, el modelo a seguir de una vida exitosa y feliz terminó por ser personalizado por el padrote y el narcotraficante.

La tradicional matriz de género en la que el hombre por excelencia es el audaz conquistador, termina así por apuntalarse con la idea de que ello también reposa en el anhelo consumista de una vida de autos, viajes y mujeres. Aunque claro, no todos los mexicanos viven en poblados hoy gobernados por el narco ni tampoco son personas que subsistan bajo el asedio de un salario miserable. El privilegio de clase lleva a otros (como aquellos, los “Porkys” de Veracruz) a habitar los barrios más sofisticados de la misma ciudad del machismo: La mujer está hecha para el ultraje, que para eso es que puedo pagar la impunidad que me garantiza un estado pleno de autoridades que padecen una severa atrofia moral.

En la marcha silenciosa en Puebla, con cientos de pancartas se exigió justicia para Mara Fernanda Castilla y erradicar los feminicidios en México. Foto: Luis Barrón, SinEmbargo

Es la cosificación politizada y mercantilizada del cuerpo femenino a través de la industrialización de males históricos legitimados por el poder: la prostitución y el tratamiento de las mujeres como accesorios. La trata con fines de explotación sexual elevada a negocio global, es decir, funcionando bajo todos los términos del proceso fabril: producción, distribución y consumo, mientras el discurso de los medios de comunicación reproduce a diario el imaginario de las mujeres como objetos lúdicos que cubren la demanda de un hedonismo sexualizado; ese mismo que presiona a su vez a los hombres a asumir su papel de género como proveedores, valientes y decididos. De ahí, a su vez, la estigmatización de los homosexuales y de otras identidades de género como anversos del mundo como debería ser.

Esa es una de las caras más funestas del monstruo estructural que asesinó a Mara y que a diario arranca a niñas y jóvenes del seno de sus hogares. Un espectro que devora dignidades y seres humanos; que cosifica a personas para convertirlas en productos novedosos para un mercado dirigido a clientes cuya sexualidad acomplejada y atroz (pero rentable) los convierte en cómplices de este capitalismo criminal que se ensaña, ahí, donde la virulencia de la corrupción es más aguda.

Pero habrá que decirlo: las dimensiones del día a día en las que el mal de la violencia de género se incorpora, no necesariamente se reducen a las más extremas expresiones del crimen, también consisten en aspectos aparentemente anodinos del ser social cotidiano que habitamos los más comunes y corrientes de los ciudadanos:

Es la escuela separando a niños y niñas en los juegos y actividades “para ver quién gana”.

Es el machismo benevolente vestido de caballerosidad pero que parte del supuesto de que la mujer hay que ayudarla porque es torpe y débil.

Es el espectacular en la calle que promueve cemento y herramientas con una chica  vestida con poca ropa.

Es el programa de televisión que exige a sus locutoras y bailarinas demostrar suficientes dotes de juventud, belleza y sensualidad.

Es la estrategia pública contra el acoso como síntoma y consecuencia pero que no lo toca en sus orígenes.

Es el concurso de belleza que califica el cumplimiento de estereotipos lejanos para la mayoría de mujeres pero deseados morbosamente por la mayoría de los hombres.

Es el locutor Esteban Arce demostrando con sus conferencias, plenas de misoginia y  homofobia, que la mejor pareja de la vileza es la ignorancia.

Es la película que endiosa al narcotraficante como ejemplo a seguir del nuevo macho alfa porque entre otras cosas, es también el más cabrón con las mujeres.

Es la letra de la canción de reggaeton que dice “si sigues con esa actitud voy a violarte”.

Es el novio que se cree con derecho a controlar la intimidad de su pareja.

Es el gran investigador laureado pero cuyos posgrados no le impiden ser un adalid del machismo de cubículo.

Es la Iglesia que sigue defendiendo la posición dominante y patriarcal de los hombres en el seno de la que, según, es una institución divina.

Es la chica que llama “zorras” a aquellas mujeres que disfrutan su sexualidad de manera plena.

Es, en fin, la multitud de tweets y publicaciones en Facebook que afirman que Mara fue responsable de su muerte “por salir tan tarde y andar borracha”.

La cosificación del cuerpo y de la dignidad de la mujer

La lista podría seguir, pero hasta aquí nos queda claro que la macroeconomía, la política y el crimen organizado tienen más ramificaciones con nuestros procederes de lo que quisiéramos aceptar. En público gritamos nuestra ofensa por la violencia de género pero en el seno de nuestro círculo de familiares y amigos solemos conducirnos por los senderos de lo que esta sociedad de exclusiones nos ordena. Por la vía de la economía y la política vestimos, hablamos, compramos y consumimos machismo y luego nos preguntamos asombrados por qué hay hombres que violan y matan a mujeres como si ello no tuviera la misma matriz sociológica que nos hace clientes de la trata por medio de la prostitución y de la pornografía.

En fin que el caso de Mara Fernanda nos coloca enfrente del espejo de la vergüenza, lo cual debería ser el inicio de una reconstrucción de nuestra honorabilidad como sociedad tras reconocer que en buena medida estamos psicosocialmente demasiado enfermos. Plantarnos frente al poder político y económico porque pareciera que en este país de tragedias que a todos escandalizan menos a las autoridades, la única oportunidad posible para el cambio social tiene que venir de la ciudadanía misma.

Sigamos entonces por el camino del activismo y la pugna en los espacios públicos para confrontar los males que tienen a este país nuestro sumido en una penumbra que no cede. Para ello, bien podríamos iniciar denunciando con todas sus letras a este consumismo enajenante que nos hace sopesar al mundo y a las mujeres por “su precio” y actuar en nuestros espacios cotidianos para dejar de reproducir los males de la lista de la ignominia que arriba referimos.

Imagen de portada: Marcha contra los feminicidios en Puebla, a partir del asesinato de Mara Fernanda Castilla. Foto: Luis Barrón, SinEmbargo

 ALFREDO GARCIA GALINDO 2 Alfredo García Galindoes economista, historiador y doctor en Estudios Humanísticos. Es catedrático y autor de diversos libros y artículos; ha impartido charlas, ponencias y conferencias, enfocándose en el análisis crítico de la modernidad y del capitalismo a través de una perspectiva transversal entre la filosofía, la economía, la historia y la sociología.