Mi corazón lloró: crónica de una noche sin Juan Cirerol

“El silencio de la razón mata los monstruos. El silencio deliberado los multiplica. Conocer y olvidar es el verdadero conocimiento”. Con esas frases se desenvuelve la conversación con Eduardo, amigo y colega escritor, con quien comparto letras al finalizar la pelea entre Mayweather vs McGregor.

Iván Gutiérrez / A los 4 Vientos

Juan Cirerol no se presentará esta noche, que porque se puso malilla desde temprano. La noticia ha dejado a cientos de almas desamparadas (“¿pero para qué? Para que me engañas de esa forma…”), desconcertadas por la necesidad de la música exacta para hundirse en la decadencia. Nada que reprocharle a un hombre cuya ausencia y valemadrismo sólo demuestra la autenticidad de su desenfreno.

Pero no todo se ha ido al carajo, al menos eso pensamos quienes disfrutamos del rock progresivo. Shaman Bombay comienza un suave jameo en el que mezcla funk, hardrock y blues con toques de jazz, en una atmósfera marcada por la presencia de los compas que una vez a la semana se permiten salir por una cerveza y olvidarse por unas horas de su condición proletaria.

Caguamas, bromas sobre la propia desgracia, narraciones y anécdotas de los últimos días se comparten mientras el pulcro desmadre de Shaman Bombay acaricia todas las historias que hoy salen a flote, se cruzan y hacen la orgía que llamamos presente.

Formada en noviembre de 2015, la banda conformada por Alfredo Fragoso (voz y teclado), Bejamín Yañez (guitarra), Salvador Aldrete (bajo y coros) y Óscar Romo (batería), tocan esta noche piezas de su primer LP de nombre “Premoniciones”.

Un grito de “el fofo” (vocalista de Shaman) en compañía de la ligera sacudida generalizada de cabezas obliga a pausar conversaciones sobre el apego, el sufrimiento, el nirvana y la filosofía del devenir; la música reina, domina, conquista los murales del Xibalba. Hoy no viene Cirerol, pero en Ensenada también tenemos algo de talento que ofrecer.

Aparecen unos teclados muy Pink Floyd (¿Us and Them?), para luego jugar con una melodía de la infancia. ¿Qué quieres evocar, Shamán? Los cigarrillos se encienden con el estribillo progresivo del “Noctámbulo”, imbuido en las influencias del rock clásico, Spinetta, Camel, y toda la maldita bella creación de los argentinos del siglo pasado.

La guitarra implosiva de Benjamín inaugura el momento preciso para abrir la mente y navegar por dimensiones intransitables con la palabra; sólo queda sentir el flujo de la música por las venas. Quien diga que la buena música murió el siglo pasado no se ha dado una vuelta por estos pasajes de caderas tatuadas y pisos que remiten a un escenario sacado de la serie “Twean Peaks”.

Corren los tambores, ruge el dragón, el tiempo explota y se disuelve entre preguntas cuya respuesta está en guardar silencio y escuchar latir la realidad. Reinicia un grito de lo que se terminó desde que llegamos aquí: “en esta vida, la vaga eternidad…”.

El teclado se viste de lamentos, los corazones esperan pacientes, atentos, porque saben que se aproxima la melancolía: el “Vía Crucis”. Se fuma mientras las amistades nos sostienen y nos dejan caer; es parte dé. “¡Frío, frío, ya no, ya no!”, grita fofo con fuerza irracional, en una convulsión del tormento que no cesa por la ausencia que se mezcla con la agonía del silencio, un desgarre “en cada rincón”, resignación que teje un alma artífice del miedo: “¡Frío!”.

La transición previa al final la siento algo fuera del resto de la pieza, pero qué sé yo. La libreta se incendia con las cenizas encendidas que caen sobre las letras. La locura retoma su camino con una potencia agresiva, en una canción que desborda por un éxtasis delirante.

Lo perfecto de los bares siempre será que la combinación  de alcohol y gente de todos los rincones de la ciudad inevitablemente desemboca en un choque de opiniones contrarias: “Ya me voy we, la neta no me pasó esa madre, está equalizado de la verga, no le entiendo a lo que canta ese wey, pero me huele a que trata de decadencia, muerte y putrefacción”, me comparte un viejo amigo al despedirse.

“Todos estamos muertos aquí, a eso hemos venido, a morir juntos, a fingir que no estamos solos”, pienso. “¡Danza de buitres!”, canta en respuesta el vocalista shamánico. Para los músicos, el abismo está en la urbe: que no es escape la vida sin provocar un terremoto inverso en esta ciudad asesina, donde se “cobran verdades, se asesinan”. 37 periodistas asesinados en el sexenio de Peña Nieto, cifra que no se tiene que olvidar.

Detrás de la mesa donde observo el show se encuentra “La chica vinil”, un mural pintado por una joven artista de la ciudad, estudiante de física pero apasionada por la pintura. Su creación plástica invita a un viaje psicodélico por un planeta-ciudad más cercano que la paz mundial.

Ha terminado la presentación de los shamanes y al escenario sube un joven de nombre Daniel ¿Montiel, Mastiel, Maciel? Sombrero, guitarra acústica, norteño de Obregón, Sonora; ¿una mala broma del destino?

El joven inicia su presentación (¿de folk?) cantándole una pieza a María, “para besarla ya sea de noche o de día”. Un lamento se desliza por mi pecho al ver el contraste entre la expectativa de sacar la desdicha cantando junto con Juan Cirerol, y el show de quien necesita mejorar sus versos.

“No me corten las manos […] no tengo yo la paciencia para soportar tanta inconciencia”. Su voz me recuerda un poco a Saúl Fimbres. Escuchándolo un poco más pienso que tiene potencial, sin embargo, sí le vendría bien leer un poco más de poesía maldita para dar el salto lírico que le hace falta.

Entre las letras del músico se reanudan las conversaciones amistosas, quienes tienen más quejas que halagos esta noche: “Por eso nos pasamos para arriba, es mucho ruido aquí y no se puede hablar”, me comenta uno de ellos. Una pregunta suelta la conciencia silencioso: ¿Se asiste a una tocada a escuchar la música o a conversar? 

La siguiente rola suena mejor: “mordiendo la pared, sigo un camino de cruces negras, mordiendo la pared…”. ¿Será que en Sonora está de moda el folk, o es que en medio del desierto brota con más facilidad este género musical?

“Este amor no da para siempre, buscando la muerte, sonriendo, ahogado por dentro…”. La guitarra acompaña la cerveza que sirve para olvidar y tapar el dolor. El amigo de sombrero canta de traición mientras nuevos romances nacen y otros viejos se deshacen, así hasta el infinito. “Muchas gracias carnales, con permiso, sigan pasándola chido”, finaliza el compañero. A 4 borracheras por semana podría conseguir una voz como la de Cirerol en unos cuantos-muchos años.

Me siento ausente, demasiado para darle seguimiento a la banda que sigue a continuación. Les pido una disculpa a los amigos de “Envergadura”, siguiente banda que esta noche viene a tocar para los 10 cabrones que quedan en el lugar, y me retiro a seguir con mi desgracia en otra parte. Ya habrá otra ocasión para desglosar la vibra del guacarock local.