LOS PERROS GUARDIANES: Telar químico de luz y tiempo

Sebastião Salgado: la estética de lo intacto

Rael Salvador* / A los 4 vientos

El artista, según la lente del fotógrafo Enrique Botello

Ensenada, B.C.

¿Posee nombre el ojo de Sebastião Salgado? No lo sabría decir…

Después de recorrer visualmente Génesis (Taschen, 2013. Edición, idea y diseño de Lélia Wanick Salgado), tengo parte del día reflexionando en el cristalino arraigo de inevitables ríos de sombras…

Alborozo de la nitidez, avanzo en mi interpretación y, por momentos, reafirmo confundir lo serio con lo profundo: la expresividad de un iris en el blanco y negro, sumando siempre a lo maravillosamente notable que sobreviene en cada uno de cientos  de grises en las fotografías.

Eso me hace recordar a C. S. Lewis, cuando sentencia que “la verdad es siempre acerca de algo, mientras que la realidad es eso mismo de lo que habla la verdad”. ¿Lo vital, continuado de un aliento visual? Tal vez. Lo intuyo, no lo sé.

En cada página de la edición a cargo de su mujer, la secuencialidad narrativa se impone, ofreciéndole a la subjetividad un presente que se entrelaza a lo poético –telar químico de luz y tiempo–, promoviendo la perspectiva inequívoca de estados de contemplación morfológica, que se continúan en revelación y éxtasis.

Acaso se llama: ¿Hermanación? ¿Adentramiento? ¿Experamentalidad? Con la memoria en éxodo, ni remotamente los neologismos se acercan al objetivo: todo huye como un animal virgen, ajeno a la falsa selva del signo y el convencionalismo humano.

Foto: Enrique Botello

¿Para capturar la inexistencia de un nombre –no de una imagen–, qué otra ruta aventurar?

Al que no le guste esperar no podrá ser fotógrafo”, es la línea inicial de las memorias De mi tierra a la Tierra (Sebastião Salgado, en colaboración con Isabelle Francp). Y, sintiéndome invasivo, agrego: “…ni tendrá el temple necesario para apreciar sus resultados”.

Entonces, reparo en el detenimiento que  realizó el propio Salgado en la isla Isabela, en Galápagos: “Había una tortuga gigante. Un ser enorme de al menos 200 kilos, de las que han dado nombre al archipiélago. Cada vez que me acercaba a ella, la tortuga se alejaba. (…) Me dije: cuando fotografío a grupos humanos nunca me planto en mitad de un grupo de incógnito, siempre pido a alguien que me introduzca en él. Después me presento a la gente, me explico, conversamos y, poco a poco, nos conocemos. Entendí que, del mismo modo, la única manera de lograr fotografiar a esta tortuga era conocerla, ponerme a su altura. Así me convertí en tortuga: me agaché y empecé a andar a su misma altura, con las palmas de las manos y las rodillas sobre el suelo. En ese momento, la tortuga dejó de huir”.

Estamos sujetos a una atracción ineludible, desde luego. La luz de los ojos en otros ojos se complementan en polaridad: el imán, que puede ser de reto o de rechazo (despolarización), cuando el objetivo no causa interés alguno.

Sé que está ahí, es la estética de lo intacto: puedo disfrutarlo, electrificarme, admirarlo, gozar su contemplación, arroparlo de luminiscencia, fotografiarlo… No lo puedo cazar, de ninguna manera, con el arco de las palabras.

*Escritor, profesor y periodista, autor de los libros Obituarios intempestivos, Ensenada, instrucciones para hacer fuego con el mar y Claridad & Cortesía. En su momento, editor del suplemento cultural Palabra. Correo electrónico: raelart@hotmail.com