Cómo miles de hectáreas y el gran bosque de Los Attenuatas se convirtieron en ceniza

Reconozco que antes del domingo 3 de septiembre algunos de mis trabajadores sí sabían a qué horas empezó el incendio que días antes, a lo lejos, se miraba desde Punta Gigantas, que se encuentra a unos 15 kilómetros al Este de la ciudad de Ensenada. Su respuesta fue breve pero premonitoria: “hace rato, pero se ve que ha cobrado algo de intensidad (…) De venir para acá, esto será el mismo infierno”.

Tsac Castañeda* / A los 4 Vientos

Lo que quedó de la zona boscosa del puente colgante que operó en una de las brechas del bosque de Los Attenuatas (Esta foto y la principal: Joel Murillo).

Tal como lo apreciamos, tanto el 30 como el 31 de agosto, así como el 1 de septiembre, se veía el incendio forestal a varios kilómetros de distancia en la zona donde el Ejido Ruiz Cortines termina e inicia el Piedras Gordas, esto desde la región del Bosque de Los Attenuatas, que son una especie de coníferas únicas en la Sierra de Ulloa, Ensenada.

Parecía que el incendio estaba bajo control y no se detectaban señales de que saldría más allá de la zona en donde había iniciado, que es un terreno donde se puede maniobrar porque en numerosas ocasiones anteriores, cuando se observa un incendio a esa distancia, no tenía mayores consecuencias: únicamente la preocupación de la contaminación que el humo causa en el ambiente.

Las personas del lugar cuentan que presumiblemente unos delincuentes, al ser perseguidos por la policía, incendiaron un vehículo en una zona donde existe un deshuesadero de automóviles en medio de un pastizal, lo que provocó que se iniciara el fuego el miércoles 30 de agosto en las inmediaciones del rancho Las Golondrinas.

También se sabía que las condiciones ambientales cambiarían de un momento a otro por la presencia en la zona de la tormenta “Lidia”, la cual avanzaría con fuertes vientos y posibles lluvias de un momento a otro por lo que era necesario que la Dirección Municipal de Protección Civil conociera y leyera la dirección y cambios de los vientos casi al momento. Esto los obligaba también a que tuvieran un control más rápido de las llamas en Piedras Gordas y a tener una coordinación precisa con quienes dan atención y seguimiento a este tipo de fenómenos.

Pese a todas estas advertencias, el incendio no se controló en ningún momento, aun cuando en la noche de los días 31 de agosto y 1 de septiembre parecía estar controlado.

Así llegó el sábado 2 de septiembre y la furia de los fuertes vientos, desde temprana hora, hizo que las llamas cobraran fuerza y avanzaran de manera descomunal.

Uno de mis trabajadores me alertó de que en pocas horas “esto sería el mismo infierno”, pero pese a su consejo seguí con mis labores de cuidado de unas parras de vid. Después de la 1:15 de la tarde note abruptamente cómo se incrementaba el calor en la zona en unos 10 ó 15 grados centígrados, y el aire estaba sumamente contaminado. Todo estaba cubierto por la gran nube de humo provocada por el fuego.

Dejé correr la mirada sobre el monte que se levanta frente a mi propiedad y vi a lo lejos, en alguna de las cabeceras de la sierra, como una sola brigada contraincendios de la Conafor (Comisión Nacional Forestal) atacaba el fuego para tratar de controlarlo, cosa que era imposible.

Observé también cómo la fauna y flora del sitio sucumbían ante el incendio. Cientos de animalitos corrían tratando de ponerse a salvo sin lograrlo muchos de ellos.

Era tiempo de iniciar mi evacuación del lugar ya que estaba en el centro de este fenómeno descomunal. La brigada contraincendios activó una alarma ya que el humo implacable llenaba todo el aire del lugar.

Platicando con un matrimonio que vive en el Rancho Sandoval, me preguntaban angustiados si el fuego alcanzaría su hogar. Los mire con ojos evasivos y les respondí que si el viento seguía tan fuerte sin duda podría alcanzarlo.

Más tarde volví la vista a la Sierra de Ulloa y constaté que el fuego prácticamente volaba con gran velocidad hacia el gran bosque de Los Attenuatas. Esto me indicó también que mi terreno estaba bajo el fuego. Impotente, sin poder hacer nada, me retiré haciendo caso a los brigadistas que nos aconsejaban que tomáramos muestras cosas y nos pusiéramos a salvo. Pensé: “¡Tanto esfuerzo, tanto dinero para nada!”. Mi casa y el almacén los imagine reducidos a nada.

Veinte minutos después, en el punto más alto que se ubica antes de llegar a un criadero de puercos, el mismo matrimonio me comentó con la mirada desesperada, llorosa y muy triste: “¡Señor, ya nos alcanzó el fuego!” Solo atine a mover la cabeza y a solidarizarme con estas personas.

La brigada contraincendios pretendió adentrarse en la sierra y me pidió les informara de algunas opciones de camino para su camioneta 4×4. Les comenté que ya era imposible hacer algo, que la furia del siniestro era implacable y el objetivo del fuego parecía ser Los Attenuatas.

Fue entonces que pregunté: ¿dónde están los bomberos?, ¿los de Protección Civil?, ¿dónde está el helicóptero cisterna que combate incendios forestales con grandes bolsas de agua?; ¿dónde está la maquinara para crear brechas corta fuegos?, ¿dónde están las autoridades encargadas de realizar la evacuación y protección de la gente?, ¿dónde está la gobernanza y dónde los responsables de la Protección Civil? ¿El Estado, el municipio, la federación? ¡Nada! Sólo una brigada de héroes anónimos queriendo combatir algo fuera de toda proporción.

Poco tiempo después varios vecinos del Rancho La Encantada, así como vecinos del lugar, se aglutinaron en un punto, pero justo a las 4:15 de la tarde los de la brigada regresaron para ordenar a toda la gente que evacuáramos de inmediato y nos pusiéramos a salvo fuera del área del fuego, que ya abarcaba desde La Encantada hasta el Libramiento Norte inconcluso.

Fue entonces que llegaron al lugar las personas de Protección Civil, de la Policía Municipal, Bomberos y alguna que otra autoridad; es decir, ya que el fuego se había llevado algunas viviendas y el incendio forestal estaba fuera de control.

Todo esto que narro ocurrió desde el rancho El Borrego hasta el Rancho El Árabe, así como desde La Encantada hasta el Bosque de Los Attenuatas, en donde el fuego arrasó con todo, no dejó parte seca que no consumiera. No hubo una mitigación del daño ni prevención del mismo hasta llegar al Bosque de Los Attenuatas, que si bien se regenerará al igual que la gran cantidad de encinos y su hojarasca, tardarán años en la recuperación.

Asimismo, muchos lugares que cuando llueve son arroyos y tienen encinos, sucumbieron ante la embestida del fuego y solo quedan en su mayoría los troncos, pero el fuego a ras de tierra fue inclemente: todo lo consumió. La autoridad dice que tenía el fuego bajo control pero fue mentira. Las llamas se apagaron porque todo lo redujo a cenizas.

Lugares que tenían una capa de hojarasca de encino de 10 a 15 centímetros se quemaron en su totalidad, y no se diga los pinares: solo quedaron los tallos todos incinerados.

Ahora es importante tener un comité ciudadano que se preocupe por atender este tipo de emergencias porque del estado ni sus luces, al igual que el municipio y la intervención de Conafor fue pobre.

¿Qué cuentas entregará quien coordina Protección Civil Municipal? No fue capaz de controlar a tiempo un siniestro que todo lo que toco lo convirtió en ceniza. Repito: se tuvo la presencia de las autoridades pero cuando todo había pasado. ¿Quién apoyará a todos aquellos que se quedaron sin hogar y a los que perdieron parte de su patrimonio? ¿Quién apoyará a quienes perdieron parte de su negocio? ¡Eso a nadie le importa!

Hoy se habla de un recuento de daños que está incompleto y es erróneo. El domingo 3 de septiembre solo unos reporteros y los habitantes del ejido se dieron cita en el lugar del siniestro. Ni las autoridades ni los titulares de las dependencias se acercaron. Todo es ceniza. No hay bosque de pinos ni encinales.

Todo esto lo viví, no me lo contaron. Esto fue el infierno y hoy lo expongo, muy triste, desde la región que una vez conocí como el Bosque de Los Attenuatas.

* Vinicultor y residente de la zona siniestrada. Es autor de todas las fotografías de esta crónica.