LOS PERROS GUARDIANES: Apología del bien intelectual

Las provocaciones de Durrell** y otras historias

Rael Salvador* / A los 4 vientos

Ensenada, B.C.

Muerdo un higo, después dos dátiles…

La tarde cae, tengo en la mano una copa y la “Trilogía mediterránea” de Durrell en la otra –sólo me falta la bata de Harold Bloom y el certificado de Harvard–; en compilado, me complazco en leer el asalto a la isla de Rodas, donde el estratega Demetrio, rey de Macedonia, se encapricha en tomar la ciudad. Después de varias intentos, fracasa y, oportuna comitiva extranjera, una delegación diplomática lo salva de la vergüenza histórica. Pero hay un dato curioso que me remonta a Francia y al general Charles De Gaulle, cuando Demetrio también actúa con generosidad.

Por única vez, las tropas macedonias penetran los muros rivales; por el área de los jardines, observan a un viejo pintor que no se inmuta ante la algarabía transformada en pandemónium: ni con los gritos, ni con la sangre, ni con las flechas, ni con el fuego, ni con las piedras, ni con el ir y venir de ataques y contraataques… Él, a lo suyo: ensimismado ante el caballete y concentrado en espíritu, para terminar la obra.

Se trata de Protógenes y se encuentra perfeccionando su famoso “Yálisos como cazador”, héroe fundador de una de las ciudades de la isla. Le avisan a Demetrio de tal locura y éste lo hace traer a su cuartel. Intrigado, le pregunta: «¿Cómo puedes trabajar en el retrato de “Ialysus” mientras el destino de Rodas pende sobre la balanza?». A lo que Protógenes contesta:

–Tengo conciencia de que haces la guerra contra gente, no contra las artes.

Se deja entrever un leve grado de adulación en la respuesta, “lo suficiente”, comenta Lawrence Durrell (en su ensayo “El Coloso bañado por el Sol”), agregando que el conquistador, complacido, destinó una guardia especial al pintor y ordenó que “no se le molestara”.

En la “La batalla de Argelia” (producción ítalo-argelina, 1966, dirigida por Gillo Pontecorvo y merecedora del León de Venecia) podemos observar aquello que Frantz Fanon ofrecía como un derecho legítimo a los pueblos colonizados: la utilización de la violencia para lograr su independencia. La película recrea la lucha por la liberación de Argelia y, a la vez, expone la crueldad de la tortura en manos de los militares franceses. En una de sus escenas –un lindo guiño existencialista del director–, el coronel Mathieu (Jean Martin), saltando escalones hacia la guarida, ofrece el ambulantaje de una rueda de prensa:

En el supuesto informativo –porque es más un desenfado–, el interrogado coronel se pregunta: “¿Qué se decía ayer en París?”, a lo que un osado periodista contesta: “Nada. Ha salido otro artículo de Sartre”.

–Me pueden explicar por qué los “sartre” nacen siempre del lado opuesto.

–¿Le gusta Sartre, coronel? –cuestiona el mismo periodista.

–No. Pero me gusta todavía menos como adversario.

“Me gusta todavía menos como adversario”, exclama en el umbral de su oficina –con una cara de aprensión soñadora–, como queriendo decir “me gustaría tenerlo de mi lado”.

Cuando en los años 50 y 60 los oficiales levantaban de los mítines políticos al agitador filosófico Jean-Paul Sartre, De Gaulle –haciendo gala de la humilde lección de tolerancia aprendida del “Asediador” Demetrio (que seguro leyó en Plinio o en “Reflexiones de una Venus marina”, de un popular Durrell ya traducido al galo–, rinde homenaje al coloso de “El ser y la nada”, el intelectual más grande del siglo XX, al declarar: “¡No se puede encarcelar a Voltaire!”.

Vaya manera de engrandecer el espíritu de una época. No dijo Sartre, sino… ¡Voltaire!

** En la foto principal de este trabajo

*Escritor, profesor y periodista, autor de los libros Obituarios intempestivos, Ensenada, instrucciones para hacer fuego con el mar y Claridad & Cortesía. En su momento, editor del suplemento cultural Palabra. Correo electrónico: raelart@hotmail.com