Fluir con tristes ojos: crónica de un concierto melancólico

Noche de ánimas en el Abels Bar. El acostumbrado retraso me ha quitado la oportunidad de escuchar a Hermann Haze. Al llegar al lugar descubro un coro de voces que diluye “Micro-sueños” y ecos de cuerdas que recuerdan al flujo constante de los espirales de niebla que se tejen al dormir. Caminos, persecuciones, dramas que se deslizan con el canto del violín que se aleja con el sol y la muerte.

Iván Gutiérrez / A los 4Vientos

“Pueden escuchar nuestro primer EP, cabeza de coyote, en las diferentes redes”, comenta el tuno de los músicos de Meltí, un proyecto ensenadense que mezcla géneros como el  jazz, el rock y el ambient para crear atmósferas que se desenvuelven por diferentes capas instrumentales. Conformado por compositores César Beltrán (bajo y voz), Joel García (teclado, trompeta y voz), Karla Alcocer (violín, xilófono y voz) y Julio Beltrán (batería), el nombre de Meltí refiere a “coyote” en lengua kiliwa.

Una trompeta acompaña la melodía de la chica que se balancea entre una banda sonora y el rock que renace en cada presentación. Debo confesar que la última vez que escuché a Meltí —durante el concierto de Entre Desiertos en este mismo lugar hace 2 meses—, no me gustó mucho su música; aún ahora hay una que otra canción que no logra llegar. Sin embargo, a diferencia de aquella vez algo ha cambiado; quizás yo, o quizás es que han estado ensayando.

“La revancha”, nueva canción de los coyotes, ondula como un estanque hecho de tres frecuencias que desaparecieron en busca de la verdad que esconde un violín al saltar escalones de cristal. “Están chidos, me gustan los coros, pero creo que sí les hace falta un vocal”, me comenta Alberto, un amigo que también se dedica a tocar en una banda local.

Las luces del Abels Bar revelan sin proponérselo que la vida se escapa invisible, justo como el humo que exhalan los que esta noche aúllan mientras Meltí “jammea en el desierto”. La presentación del grupo termina, dejando al público imbuido en una serie de paisajes misteriosos.

Integrantes de Meltí. Foto: Rosa Mora.

Franz Ferdinand, Foo Fighters y The Strokes ponen el ambiente en el bar mientras se intercambian los músicos sobre el escenario. Pido una cerveza indio, pago 50 pesos por ella, palpita mi pobreza; creo que está rebajada, me sabe mucho a agua. “Mientras embriague”, escupe mi parte mediocre.

Siempre es interesante conocer a los artistas fuera de la pantalla: uno reafirma entonces que también padecen de ansiedad, imperfección y hasta carisma. Al igual que todos, sólo están improvisando, y si acaso tienen un mérito es el de atreverse a salir al escenario en vez de permanecer en la comodidad de las conversaciones de juicios de borrachos. 

Uno de los guitarristas de Jardín juega a tocar los riffs de “The Pretender” mientras bromea con sus compañeros. ¿Recordará los viejos tiempos de tocar en el cuarto de ensayos? ¿La transición de tocar covers a sacar material propio? “Una banda tarda en pegar 10 años”, me comentaba hace dos semanas Alberto en el Bar Xibalba. Dialogábamos sobre la escena musical del puerto y el hecho de que el ensenadense por lo general abandone no sólo a las causas sociales, sino también a las bandas locales. “La gente se harta de escuchar lo mismo y ya no apoya, dejan de asistir a las tocadas y ahí andan quejándose de que el cover está muy caro, pero bien que van y se compran sus chelas artesanales…”. Muy ensenadense el escenario pintado por mi camarada.

Gabriel Martinez, vocalista de Jardín

Regresemos a Jardín y la ciudad fronteriza por excelencia. Parida en el seno de Tijuana en el 2013, la música de esta banda destaca por la nostalgia evanescente que emana al combinar géneros como el Dream Pop, el Jazz, el Indie-Rock y la psicodelia anclada con la música clásica. El grupo lo forman Gabriel Martinez (voz y guitarra), Alejandro Michel (guitarra y voz), Alejandro González (piano), Bryan Ruelas (batería), Marco Ibarra (sintetizador y secuencias) y Charlie Beraud (bajo), todos músicos unidos con la idea de cultivar un jardín.

El grupo inicia su presentación con una melodía muy Jardín, es decir, inaugura pozos melancólicos cuya textura recuerda a los sintetizadores de Enjambre y la oleada de bandas mexicanas que se dedica a arraigar la desdicha en las nuevas generaciones. Entre la gente se pasean los integrantes de Meltí repartiendo stickers de “cabeza de coyote”; tomo uno y pienso que hacen bien al aprovechar todas las estrategias comunicativas para difundir su proyecto.

“Amooooooor, respiroooo”, comienza el Monte de Venus con los asistentes ya en confianza para colocarse en primera fila. “Puedes dormir, y despertar, en calma…”, canta Gabriel Martínez mirando la distancia.

“¿Sabes por qué pegan estas rolas?”, me pregunta Alberto; le respondo que lo ignoro. “Porque son la fusión de las baladas que le gustaban a tu jefa (como Emmanuel, Camilo Sesto, Sandro de América o los Ángeles Negros) con el rock y sintetizadores, es lo que algunos le llaman ‘rockcito’. Piensa en “El Brilla” we, ese vato agarró una balada de los años 20’s, la actualizó, ¡y exitazo! Por eso yo voy a pegar en unos años, ya que retomen mis rolas tristes…”.

“Sueña, que se rompen tus cadenas, ven y busca una sirena…”. Las chicas han empezado a mover las caderas, comprobando la hipótesis de Alberto al desalizarse como las olas que se alejan con la calma y la tristeza del ayer de quien canta.

“Un bello cielo… es lo que puedo dar”, canta el jardinero. Es tan cruel el querer, tan despiadado el sentir, tan frío el vivir. Ella baila sola y desenvuelta, no le importa que la vean, ya no controla su cuerpo ni su mente ni mucho menos su corazón; lo han capturado las figuras de brisa que replican los anhelos del pasado.

“Esta fue la primera rola que grabamos, y luego nos dieron ganas de hacer más…”, expone el vocalista para iniciar con aplausos “La vida de mi vida”, provocando que la razón del dolor penetre hasta lo más hondo de las cenizas.

“La siguiente canción… habla de fluir”. Para eso es la música, que en esta ocasión los tijuanenses lograron traducir en un video de danza contemporánea donde “todo escrito está”, siguiendo el paradigma de que el destino está decidido y sólo queda disfrutar el camino. No coincido con ello, pero entiendo el mensaje.

Termina la pieza y con ello el show de quienes buscaban una flor y encontraron un jardín; el público pide otra, quiere seguir sintiendo, viviendo, deprimiendo el sistema nervioso.

“Todo es temporal”, nos recuerdan los músicos de Tijuana, ejecutando al momento su mensaje, terminando el sueño y ocultando de nuevo la emoción. “¡Hasta pronto, gracias!”, se despide Jardín.

Arctic Monkeys y The Killers llenan la espera de la banda principal de esta noche: Ramona, joven agrupación que al igual que Jardín fusiona géneros como el rock psicodélico y el indie (más pop que rock) junto con breves destellos de progresivo. Integrado por Jesús Guerrero (voz, guitarra y trompeta), Joel Dennis (guitarra principal), Edgar Moreno (bajo) y Omar Córdoba (batería y percusiones), Ramona inició su trayectoria en el 2012, y desde entonces ha compartido escenario con grupos como Natalia Lafourcade, Hello Seahorse, Enjambre, Kinky, Plastilina Mosh y Ases Falsos.

Angel Peralta, quien fundara Angel Peralta Project, un trio de Jazz progressivo de Tijuana

Tras breves minutos arranca la banda con la fundación de un sueño colectivo otorgado a los reunidos en Abels Bar esta noche; los acompaña Ángel Peralta, un tecladista virtuoso de Tijuana cuyo proyecto personal se desintegró hace poco tras 3 años de tocar jazz progresivo.

“Esta rola se llama Cecilia”, comenta el vocalista de Ramona. Al momento un teclado teje la textura de una dimensión color rosa con morado, tonalidades tan propias de este tipo de grupos.

“Esta siguiente rola va para todos los sentimentales”, comparte Jesús para iniciar con “Vete con él”. El despecho llena la cofradía reunida entorno a los artistas. “Yo sólo te vi pasar, como un pájaro azul…”. Resignación ante el ahogo de no poder tener el querer anhelado, tragos perfectos para las almas que gustan de vivir deprimidas.

“Gracias por estar aquí, gracias a Jardín, a Meltí y a Herman Haze por armar esta noche”, comenta la voz. Con ritmo embriagante inicia una armonía de nubes que pasan sobre el mediodía. “Sólo quiero escuchar fluir agua del río…”, canta Jesús. Descubro entonces que el indie pop trasciende mi gusto personal, al menos el de esta banda. “Antes tocaban más progresivo, pero de unos años para acá se fueron haciendo más pop”, me comentará al día siguiente una amiga que los conoce desde hace tiempo.

Jesús Guerrero, voz, guitarra y trompeta de Ramona

“Tú te robaste mis ojos, te llevaste mi calma…”. Un túnel de espacios dimensionales se abre entre el bajo, los teclados y la batería que destroza el reloj. “El vino entibia…”, juega la voz al evocar una letra de Spinetta entre canción y canción.

“Siento el dolor que tú causas en mí, me haces llorar, no quiero ver el fin”, cantan esta noche para quienes se rehúsan a aceptar los amargos finales. Se mecen los cuerpos absortos por la melodía melancólica del presente. “Tanto contigo y nada sin ti, es tu ausencia que me pone así”, sintetiza para la juventud el llanto de Ramona. Todos bailan, dejándose llevar por las mieles del dolor.

Toques de dream pop también se escabullen por el presente, al igual que rasgos de progresivo y decentes solos de guitarra. De jazz se ha llenado la estancia, en un bello ritmo creciente por el que, me parece, debería de seguir experimentando la banda en el futuro.

Al igual que con la banda pasada, el público clama otra.  Ramona acepta e invita a los músicos de Jardín a subir. “Mirar tu silueta por aquí o por allá. Donde estás, no te veo…”. Cantan los dos vocalistas y el guitarrista de Jardín en un festejo íntimo pero compartido. Se acaba la función, el show debe continuar. “El Brilla” comienza a tocar “a mí me gusta como tú”, los y las fans se acercan a los músicos para sacarse fotos; veo por última vez la escena y me retiro. He tenido suficiente música triste para rato.