TECNÓPOLIS: procastinar, el arte de evadir la responsabilidad

Procastinar, dejar las tareas para el futuro, postergar el deber, verse arrastrado por el vendaval de Internet, no poder retener los impulsos de consumir toda la información a disposición, ahogarse en la marea de noticias arrojadas por Facebook. Ese es el tema de hoy.

Iván Gutiérrez / A los 4 Vientos

En ocasiones pasadas hemos utilizado este espacio para analizar aspectos de la era distópica como son la dispersión de atención, el multitasking, los pormenores de la concentración y las nuevas formas de la percepción del tiempo. Sin embargo, no hemos atendido todavía un fenómeno clave para la cultura digital: la procastinación.

Podríamos definir esta palabra como la tendencia de postergar tareas y actividades sustituyéndolas por una situación o actividad más irrelevante, ociosa y/o agradable, conducta que se ha visto exponenciada en la última década con el auge de las redes sociales.

Para todo joven (y no tan joven) esta calamidad es desayuno, comida y cena de todos los días. Sabemos lo que es tener una tarea —digamos una lectura, redactar un ensayo o resolver un par de problema aritméticos—, y decidir pasarla a segundo plano porque Facebook está rogando que nos pongamos a mirar memes, videos, publicaciones, noticias y demás contenidos banales que la red arroja a la conciencia (esta columna por ejemplo).

Quienes escribimos y publicamos en la web tenemos una certeza muy clara: la atención es el bien más valioso en la sociedad híper-mediatizada. Conseguir que un usuario abra un publicación es el verdadero reto de hoy, y para ello, la procastinación juega a nuestro favor. No que esté bien, pero así es, y quien busca competir con astucia en este campo de batalla que es la Tecnópolis debe tener presente cada arista del frente.

Procastinar es un vicio terrible, sin embargo, nuestro análisis sería parcial si pusiéramos todo el peso en el bombardeo informativo de las redes y los medios; eso está en el exterior. El aspecto interno del problema involucra fenómenos como los mencionados al principio de este texto (dispersión, multitasking), así como un par de palabras que hoy navegan a la deriva entre gran parte de la juventud: responsabilidad y voluntad. Claro que la pregunta es más atractiva que la respuesta: ¿una persona con voluntad de acero también procastina? ¿No es verdad que incluso los más responsables se ven captados por el placer de postergar el deber?

El asunto con la procastinación es que es una conducta que se ha normalizado y expandido a tal grado que incluso las personas de espíritu más resistente se descubren a ratos prolongando las tareas: Internet ha secuestrado la atención de todos nosotros.

Ello pudiera deberse a que el Internet atrae y embriaga a partir de dos elementos claves de la condición humana: la curiosidad y el ocio. El alpeh virtual en el que pasamos más de la mitad de nuestro día es tan adictivo porque tiene lo que todos buscamos: respuestas. Uno de los mayores placeres en el mundo terrenal es el de encontrar respuestas, soluciones, datos, información, razones, y ello lo brinda Internet; casi cualquier duda (siempre y cuando sea bien aterrizada) puede ser resuelta por la red.

A partir de ello podría explicarle porque cualquier mente y voluntad termina cediendo a las mieles tramposas de la basta información digital: «la redacción de ese artículo puede esperar, prefiero leer la historia de esta banda o el origen de la Guerra del Golfo».

El otro elemento en contra es el ocio, el infinito y absorbente ocio. Internet nos vomita desde la pantalla emociones, escándalos, novedades, carcajadas, lágrimas, asombros, sorpresas, deseos y añoranzas, todos alimentos para el ocio. Dejarse envolver por este torbellino de contenidos es lo más fácil del mundo, sobre todo cuando la información fluye con tanta rapidez y el sentido existencial tiene como uno de sus soportes principales consumir lo que arrojan las redes sociales.

Vamos cerrando la aportación de esta semana afirmando que la procastinación es un vicio horrible, no sólo porque atenta contra la disciplina y nos hace sufrir calamidades por la postergación y eventual acumulación del trabajo, sino porque verse inmerso en esta dinámica supone perder el control de uno mismo. Y bueno, si a este fenómeno le agregamos el consumo exacerbado de cannabis (habitual entre la juventud mexicana), tenemos la receta idónea para un existir arrastrado por el río del devenir, incapaz de luchar y conquistar lo que tiene frente a sí: su libertad.