ZORBA EL BUDA: Conversaciones con Facundo Cabral

“Hablaste y tus palabras sonaron en la estancia

como viejos hexámetros de Homero o de Virgilio”.

Nikos Kazantzakis.

Rael Salvador* / A los 4 Vientos

I

La obediencia no requiere ningún arte

Un 12 de marzo de 1932, la historia se repite: una bella mujer accede a los requerimientos de un hombre: primero se miran, después se dan la mano y luego se besan; él murmura un poema y ella pide una casa. Pasados los obligados meses, Rodolfo se va detrás de la Reina del Fuego de El Caribe –que era reina de cualquier cosa que estuviera prohibida– y Sara da a luz, el 22 de mayo de 1937, al cantautor argentino Facundo Cabral, para ofrecerle trabajo a los censores y desvelos enfebrecidos a Sylvia, la escultural princesa del barrio que le besa al oído estas hermosas palabras: “Sé rebelde, la obediencia no requiere ningún arte”.

II

Tiempo poético, espacio para embriagarse

De pueblo en pueblo, cantando el budismo lúbrico de Henry Miller y emulando el existencialismo sartreano de Georges Moustaki, Facundo Cabral deja en un aparador a Sylvia y “desayuna con Juan Rulfo, medita con los derviches mendicantes de Teherán, canta con los gitanos del Mar de Cortés (“deslumbrado, como aquella ballena que viera parir en la Baja California”), estudia los juegos de las estrellas con los beduinos del desierto de Negeb, almuerza con Rafael Alberti, descubre a Cioran, a Alvar Aalto, al Popol Vuh y al Eilat del Mar del Norte, escucha a Jiddu Krishnamurti en el Valle de Ojai, redescubre a Octavio Paz, a Macedonio Fernández y a la milonga, árido y austero ritual sureño” que, llegada la democracia, lo trae de vuelta a Argentina para recomenzar el mundo.

 Poco después, en un noche a la deriva de Ensenada –tiempo poético, espacio para embriagarse–, emulando la complacencia memoriosa de Jorge Luis Borges y los atributos incuestionables de Sylvia, tendríamos –entre tantas otras– esta conversación…

Cabral y Rael, en fotografía de Enrique Botello.

III

Vagabundos de las estrella

            Rael Salvador (R.S.): La última vez que nos detuvimos a conversar, hablamos muchísimo de literatura: de Henry Miller, de Emil Cioran, de Jack Kerouac, de Blaise Cedrans

            Facundo Cabral (F.C.): Todos ellos son claves para mi generación. El primero que nos pegó una patada en el culo fue Henry Miller, porque Miller era uno de los nuestros. Él hacía literatura viviendo y hablando como se vive y se habla en las calles. Y nosotros no sabíamos que esa era una manera de hacer buena literatura. Pasó con Juan Rulfo, haciendo alta literatura hablando como un campesino mexicano, y ese fue un hallazgo prodigioso. Jack Kerouac tenía un libro maravilloso, que se llamaba “En el camino”, como los caminos a Katmandú. Es más, yo fui a Katmandú por él.

            R.S.: ¿Conociste a Jack Kerouac?

            F.C.: Yo a Kerouac lo conocí por sus libros. Uno conoce a un autor o un lugar porque alguien o tú escribiste algo sobre eso.

            R.S.: ¿Cómo te fue con los “Vagabundos del Dharma”?

            F.C.:  “Los Vagabundos del Dharma”, esa maravilla; era la versión de un yankee desobediente más allá del bien y del mal. Era genial en su visión.

            R.S.: ¿Fuiste a ver a Henry Miller, aquí, en California?

            F.C.: Fui trescientas mil veces a ver a Miller… y nunca lo pude conocer. Conocí, sí, a un vecino que estaba un poco más arriba, en Los Ángeles. Un honorable vecino: Ray Bradbury. Un día vino el autor de “La feria de las tinieblas” a un concierto mío, y yo no lo podía creer. Era en la UCLA (University of California, Los Angeles), la que está en Beverly Hills. No lo voy a olvidar nunca, porque ese día yo tuve en el público a Bradbury en la primera fila, y en la última a Krishnamurti. Yo no sabía que estaba Krishnamurti, me enteré hasta el final, porque vino al camerino, y le dije: “Maestro, que gusto de saludarle”, pues yo lo había conocido recién, y él me dijo: “Colega, donde yo esté, está tu casa; donde esté mi corazón, se encuentra tu casa”. También Bradbury me dijo unas frases prodigiosas, porque le dije que yo estaba asombrado de encontrarme con él…  Y me dijo: “Me asombra que se asombre de encontrar un Bradbury viniendo de un país que tiene un Borges que es asombroso”. Y se lo fui a contar a Jorge Luis Borges a Buenos Aires, y quedó muy emocionado porque Borges lo trajo al español. Fue el primero que lo tradujo: las “Crónicas marcianas” y todo eso es obra de Borges.

            R.S.: Así es, Jorge Luis Borges tiene las más fabulosas traducciones. Basta leer un “Bárbaro en Asia”, de Michaux, para constatarlo.

            F.C.: Sí, esa época fue de  Asia y los maravillosos Burroughs (de William Burroughs y su “Almuezo desnudo”); los escritores de ese tiempo fueron para nosotros los poetas Allen Ginsberg, Jack Kerouac, Neal Cassady, Gregory Corso; ellos fueron los padres. Eran la Generación Beatnik… Sí, claro, la de los golpeados; eso fue un hallazgo que nos marcó. Y sigue siendo, porque yo volví a leer hace tres o cuatro meses atrás “Primavera negra”, de Miller, y me volvió a conmover como la primera vez; o sea, que él era un cuate mío…

            R.S.: En el París del 34, desde luego.

            F.C.: Fue una época maravillosa. Por él, por el Golfo de Nueva York, leí a Anaïs Nin, que leí conmovido por sus diarios, creo que tenía como cien.

Cabral, en fotografía de Jesús López Gorosave

            R.S.: Sí, su intimidad conmovedora… Ahora se pública, ya que salieron los diarios prohibidos, lo que no se pudo editar, por órdenes de ella, en los diarios formales. ¡Una mujer extraordinaria!

            F.C.: Ella era una mujer impresionante. Esa generación no se repitió. Se da cada tantos años, porque el alimento de esa generación eran los jóvenes, y los jóvenes hoy están frente al televisor. Y tal parece que influencian más los anuncios comerciales, porque ahora ellos son muy consumidores, y en cuanto más consumes menos creas. Ahora están muy en el consumo… y en aquella época el joven no consumía. Ahora él está muy protegido, y la protección es mala; el amor es una cosa extraordinaria, no la protección. Mi madre me amaba, por eso nunca me protegió, porque ella creía en mí y eso me hizo hombre fuerte, hasta le gané al cáncer. Ella tenía mucha confianza, fue una mujer excepcional. El otro día trajo una profesora a su hija de veintidós años para convencerla de que no se fuera, y lo primero que le dije fue: “Ella hace muy bien”. Le comento: “Oye, mañana o pasado se te va a ir y es lo mejor que te puede pasar, porque nació para vivir, no para no vivir”.

           R.S.: Hablemos un poco de los escritores del Sur: Eduardo Galeano, Juan Gelman, Rodolfo Walsh…

            F.C.: Eduardo Galeano es un Miller light.

            R.S.: Acabamos de estar con Galeano en Los Ángeles, en el Pacific Design Center

            F.C.: Es una versión light, porque es un desobediente hasta por ahí; y Miller era un desaforado, por eso yo lo amaba. El principio de “Trópico de Capricornio”… ¡Mi vida!: …este no es un libro, es una patada en el culo, a Dios, y a todo lo que tú creas, cabrón, ahora saco mi acordeón, empieza mi canción y va a terminar cuando se me den los huevos. Con toda la furia, cagado de hambre en París, empieza a escribir esa obra que es un monumento.

            R.S.: Definitivamente, Miller no ha muerto. Mira, Facundo: tú vas a la UCLA, hechas una monedita a un teléfono y escuchas la voz de Miller, y eso como quiera que sea refresca su cadáver…

            F.C.: Ha sido un tipo excepcional, fue un gran rebelde… Era una época. También se dio en la pintura, tenía atrás tipos extraordinarios, Jackson Pollock…

            R.S.: Conozco bien las acuarelas de Henry Miller.

            F.C.: Sí, cómo no: era muy “chagalliano”, de hombres volando; una cosa media naif. Pero, claro, el naif es otra cosa: el naif suele ser casual, alguien pinta porque pinta. Miller sabía por qué pintaba y él buscó en las acuarelas una liberación del intelecto, entonces lo que pintaba era muy aparentemente inocente… descansaba. A mí me pasó con la canción. A mí me dicen: “La canción es lo más importante en su vida”. No, la canción es mi amante pero yo estoy casado con la literatura, lo que pasa es que nos llevamos muy bien los tres: son como Anaïs Nin, yo y Miller, somos promiscuos y nos divertimos mucho. Pero también la canción es un descanso, yo me divierto mucho en el escenario. La literatura es muy seria, me levanto a las cinco de la mañana, por ahí, y eso es lo que va, es lo mío, de adeveras. La canción es sólo un juego. Lo que pasa es que se te escapan cosas en la canción. Entonces tienes una forma muy directa de relacionarte con la gente, a veces una sola frase le dice a la gente cosas increíbles.

            R.S.: Tú viviste el exilio de la dictadura Argentina en Italia…

            F.C.: Yo estuve exiliado toda la vida, primero de la sociedad; o sea, no fue por los militares, los militares fueron los más bestias conmigo: catorce veces me aplicaron electricidad en los huevos, por ejemplo; diecisiete detenciones, que fue la causa el cáncer; pero no fue nada, de lo que fue la sociedad. A mí el mediocre o el cobarde me hizo mucho más mal que los dictadores. Por eso Miller fue un ejemplo, y dije: puta hay otra gente, y por él estoy aquí. Hay un libro de él que no sé si lo leíste o no, es extraordinario, al final pone una lista de cien libros que hay que leer…

            R.S.: Sí, claro que lo leí, se trata de “Los libros en mi vida”.

            F.C.: Lo cien libros que hay que leer y los libros que le quedan a él por leer, que había cosas maravillosas; pero en un reportaje le preguntaron: “¿De los hombres vivos, a cuál le gustaría, a quién le gustaría conocer?”. Y el dijo que a Krishnamurti, que es aparentemente todo lo contrario, sólo aparentemente.

            R.S.: Así es, sólo aparentemente.

            F.C.: Volviendo a California, no sé si te conté: Miller fue a visitar a Bradbury y Bradbury no lo atendió, le dijo que estaba ocupado; entonces cuando Bradbury se enteró que el que había ido era Henry Miller, fue a buscarlo a la casa de arriba… Miller lo vio subir la colina y le dijo a la japonesa, una de las dos japonesas que vivían con él: “Dile que estoy ocupado”, y no lo atendió. Bradbury se dio el lujo de no atender a Miller y Miller le devolvió la gentileza, que fue una pena porque hubiera sido una gran conversación… Acaba de estar en la feria del libro en Buenos Aires, te digo, es la primera vez que va porque le tiene pánico a los aviones. Bradbury fue ahora y dijo una cosa emocionante al final de su conferencia. Lo dijo muy emocionado: “Todas las escuelas del mundo quieren tener computadoras y yo les pido, por favor…”, dijo “por favor” y ahí se conmovió mucho, casi lloraba, y continuó: “No tengan computadoras, tengan muchos libros. Y si es posible, y esto se los pido por favor: maestros que sean buenos lectores, no computadoras”. La computadora me da un montón de datos, pero me priva de buscar en la fuente; la cosa es ver a Kerouac, hablar de Katmandú. La Internet me salva de la tarea y yo no quiero salvarme, yo quiero vivir, por algo tengo dos piernas. Octavio Paz dijo una cosa que me enorgullece mucho. Me contaron que dijo en un programa de televisión, donde le preguntaron por el Internet y dijo: “Yo conocí una versión, la primera versión del Internet que era más cálida que ésta: Facundo Cabral; el lleva la noticia de pueblo en pueblo”. Sí, y hasta te puedo decir dónde está tal o cual libro que uno no lo encuentra en su pinche ciudad. Nosotros teníamos que caminar. Si tienes noventa años, ya te puedes ver pegado a la pantalla, pero un tipo de tu edad con la Internet sólo dejaría de vivir.

            R.S.: Háblame de Sabato, ¿qué hace Ernesto Sabato en estos momentos?

            F.C.: Es un viejo triste, es mi amigo pero es un tipo… es un sartreano a destiempo, porque en 1950 Sartre era fantástico, pero a fines de siglo… Un amigo mío acuñó una frase extraordinaria hablando de Sabato, me dijo “Sólo en un país como el nuestro que se cree inteligente puede existir un escritor como Sabato que se cree triste”. El sufre por los demás, pierde su carácter por los demás… Si no vas a hacer algo por lo que te jode, para qué me voy a joder por la guerra de Vietnam, si yo no la puedo parar. Pero si yo soy una persona diferente, yo voy a ser uno menos para la próxima guerra.

            R.S.: ¿Qué piensas del Subcomandante Marcos?

F.C.: Me parece muy romántico, muy lindo. Es lindo que un tipo crea que desde Chiapas puede cambiar un montón de cosas. Me parece extraordinario. Es muy inocente, pero a mí ese tipo de inocentes me gustan, porque un inocente caminó cuarenta años en el desierto y sacó al pueblo Hebreo de la esclavitud. Jesús entró inocentemente a Jerusalén cuando estaban los soldados. Eso es una bella inocencia.

            R.S.: Hay una cosa maravillosa en Marcos, que es su nombre. En una carta abierta en el periódico La Jornada, aquí en México, Marcos le manda decir, a través de Galeano, a Mario Benedetti, que él retoma el nombre de Marcos gracias a la novelista en verso de Juan Ángel…

            F.C.: Bueno, yo me llamo Facundo por un caudillo del siglo pasado. Se supone, según Borges, que el mejor libro de la literatura argentina es “El Facundo”, de Domingo Faustino Sarmiento. Siento que no nada más el nombre es por algo; hoy vino una muchacha que se llama Mahatma (Alma buena). El nombre tiene mucho que ver en tu formación, hay gente que nace con nombres tan grandes que inevitablemente van a ser las genialidades; no puede ser un pendejo un tipo que se llame Ludwin Van Beethoven; no puede ser un mal compositor un tipo que se llama Brahms; no puede ser sino un compositor sacro alguien que se llame Johann Sebastián Bach. Hay nombres… Jorge Luis Borges es un caso excepcional, porque es muy vulgar su nombre, sin embargo es un gran tipo. Pero llamarse Jack Kerouac… Son nombres que ya vienen con ángel; en el sonido hay un peso, hay como una orden, por eso el nombre no puede ser casual. Por eso mi madre proponía que los niños se pusieran el nombre cuando tuvieran edad de decidir.

            R.S.: Por eso son extraordinarios los cambios de nombre en el budismo.

            F.C.: Por supuesto, los iniciados en el budismo se cambian el nombre. Entran en un áshram o centro de meditación que tenga que ver con su secta, Yogananda, Ramakrishna… En realidad es como si fuera una escuela de disciplina, porque el yoga viene de yugo, y yugo es disciplina. El budismo no es una religión es una disciplina, donde el nombre implica… Yo tengo un libro que nunca lo edité, algún día lo voy a publicar, que es “El que se quedó en mi pueblo”. Uno llama al otro que también soy. Lo que he vivido y vive el otro que se quedó en el pueblo, que también soy yo. La vida, la cortísima vida que hace, sin embargo yo también soy ese tipo, cada vez que vuelvo a mi pueblo vuelvo a ser ése. Todo el mundo me sirve en todo el mundo, mi pueblo no me sirve cuando vuelvo a ser el que era. Mi madre decía: “Donde fuiste pendejo, aunque vuelvas después de cincuenta años, volverás a serlo. Y donde tuviste una idea inteligente la volverás a tener cincuenta años después”. Por eso decía que aquel que es pendejo en la vida es pendejo del otro lado también, porque no cambia nada, todo es eternidad. Y si eres pendejo acá, vas a ser pendejo allá.

            R.S.: ¿Anthony de Mello… Alan Watts, el gran gurú de California?

            F.C.: Alan Watts es cosa muy seria. Y Anthony de Mello, pues es una alma gemela como Osho. Es más, hay un texto que, en los cinco continentes y en no sé cuántas lenguas, nos lo adjudican a Anthony y a mí. Se les conoce como “Los estatutos del hombre”, que se supone la mejores traducción que tiene es de Neruda, y es imposible por la época. Son almas gemelas. Yo, cuando miro a Osho, dando sus lecciones… o leyendo uno de sus libros, puedo decir que es un alma gemela: es el mismo tipo, como si fuera yo, escribiendo desde allá, desde la India.

            R.S.: El también hace un gran reconocimiento con Krishnamurti.

            F.C.: Todos tenemos que ver con ese animal, ese animal marcó todo este siglo (XX). Alan Watts es una manera más, digamos, científica. Es un tipo muy armado intelectualmente en el tema que toca, es un gurú a la manera occidental. Pero es un tipo que tiene una gran experiencia de vida. O sea que no es un tipo que escribe desde un escritorio, es un tipo de una vida como la de Brando (Marlon). Es un caso muy raro, quizá una obra extraordinaria. Borges decía que es comparable a “El misterio de las catedrales”, de Fulcanelli. Son libros que casi sin darse cuenta son esotéricos; van manejando mundos, atmósferas y estados muy especiales.

*Escritor, profesor y periodista, autor de los libros Obituarios intempestivos, Ensenada, instrucciones para hacer fuego con el mar y Claridad & Cortesía. En su momento, editor del suplemento cultural Palabra. Correo electrónico: raelart@hotmail.com