Alán Gorosave: Centenario de un fenómeno nunca antes visto

La primera pista para darse una idea de cuál es la esencia de un evento es, creo yo, el público.

Ana Paula Cortés

Me encontraba en CEARTE esperando a que se abrieran las puertas que indicarían el inicio del homenaje al centenario del natalicio de Alán Gorosave, mejor conocido como “el declamador internacional”. La concurrencia era de esa generación baja californiana que guarda en sus memorias los buenos y viejos tiempos de este municipio; si bien había caras jóvenes, la mayoría del público eran personas con una historia que contar.

Como dignos habitantes del municipio, los reunidos en la espera se saludaban con sorpresa de haber coincidido y con total familiaridad, dando el ejemplo de un encuentro sólo planeado en las cabezas de los que comparten un gusto y un pasado.

El evento que esparcía en todos los presentes un aura de lealtad y honra constó de cuatro partes guiadas por diferentes artistas de Baja California, los cuales, conocieran o no a José “Alán” Gorosave, estaban presentes y dispuestos a rendirle homenaje a una persona que logró lo que muchos de nosotros hoy en día dejamos de lado y nos hundimos en la lodosa frustración: vendía su arte.

Ya se ha hablado del declamador Gorosave en este medio. Nacido en 1917 en Mulege, Baja California Sur, donde falleció igualmente, este hombre fue un declamador con “una actuación integral” donde no sólo la voz y entonación eran parte de la receta al éxito; sino su vestimenta, sus ademanes, expresiones y actuaciones, su versatilidad no sólo conforme a la concurrencia que lo estaba admirando; sino al lenguaje en que declamaba: francés, italiano, alemán, inglés y español. “Era un poeta a la carta” dijo Enrique Américo Velasco Santana, el encargado de hacer este homenaje posible.

Al principio, cuando leí sobre Alan Gorosave y descubrí que no era un poeta sino un declamador di por sentado su invalidad. “Es solo un declamador ¿qué tan bueno puede ser?” pensé, más luego, tras escuchar a las personas a mi alrededor leer una poesía, una reflexión, incluso un ensayo me di cuenta que declamar tiene su chiste, cayendo en la realización de que, como en todo arte, el declamar requiere de talento.

Rael Salvador, maestro, escritor, poeta, editor y documentador de la cultura de Baja California fue el que abrió la “fiesta donde la palabra iba a tener protagonismo”, con un retrato en frases de la vida del declamador que, a 41 años de su fallecimiento sigue presente no sólo en la mente de sus amigos, familiares y público; sino en la cultura de la Baja.

La noche se trataba de rendirle homenaje al arte de la declamación y la manera atrayente en la que Alán Gorosave recitaba los poemas de los grandes, por lo tanto, cuando el coordinador del evento Velasco Santana presentó al declamador peninsular Adrián Ojeda Escamilla fue, el punto cumbre de la noche.

Un hombre, que miré oculto en la esquina del salón desde que tomé asiento en el salón, le brindó a la memoria del declamador un saltó de alegría, al salir de su escondite desvelando su presencia con una voz armoniosa e imponente, ausente de la necesidad de un micrófono.

Durante el poema de un autor desconocido para mí, éste me resultaba agradable al oído y al corazón. Pude imaginar a Ojeda Escamilla planeando como buen experto su participación desde la entrada, contradiciendo a los simples mortales y argumentando que la declamación es un espectáculo de principio a fin, y por lo tanto una buena entrada es vital.

Tomando de un vaso de agua y aclarando al público sólo ser agua, el declamador peninsular continuó con otros dos poemas para luego pasarle el estandarte a Iliana Hernández, una poeta y escritora de Tijuana que sin haber conocido a Gorosave se contagió de su persona gracias al estima y lealtad que personas como Santana aún tienen por el talento fallecido.

Compartiendo sabiduría sobre que los poemas son “registros del pasado” la escritora tijuanense leyó una reflexión y poema de su autoría inspiradas en  Alán Gorosave, para luego seguir con el cuarto y último acto: un paseo por los carriles de la memoria, el cual se tornó natural e inevitablemente en una reunión de amigos.

Para conocer realmente a alguien no sólo debes de conocer su comida favorita, su postre de preferencia y la chica que le gusta; sino de donde vino: sus raíces y su familia, las personas por las cuales, o a pesar de ellas, llegaron a donde personalidades como Alán se posicionaron, desempeñándose en un arte que hoy, en la revolución de los millenials, está en peligro de extinción.

Por lo tanto, Santana habló del apellido Gorosave y su recolección dio paso a testimonios del propio público sobre el declamador: como el simple hecho de verlo caminar por las calles primera y Ruiz con su sombrero y capa; sumándose lo alto que era resultaba un espectáculo; cómo Tijuana era el lugar en que más le gustaba vivir, pero disfrutaba de su cabaña ubicada en la Rumorosa y el encanto que la briza de Ensenada le provocaba.

Recordaron su convertible Ford nacional con el que paseaba y como verlo recitar un poema era algo impresionante, un hombre que no temía declamar haciendo contacto ojo a ojo con su público, que viajó por Europa y todo el continente americano siempre regresando a la tierra que lo vio nacer.

La poesía es parte fundamental de la literatura, miembro indiscutible de las siete artes, pero alguna vez han pensado ¿qué sería de la poesía sin personas que tuvieran talento para interpretarla con audacia, pasión maleable y contagiosa las obras de los maestros?

La velada terminó como Gorosave lo hubiera hecho: con poesía, una última declamación del talentoso declamador peninsular y amigo del celebrado, Adrián Ojeda Escamilla, cerrando así la conmemoración con broche de oro, y para los que ésta fue su primera introducción al talento mulegino como fue mi caso, con una sensación de encanto de haber conocido un poco más su tierra y darse cuenta de la riqueza que hay detrás de los habitantes de esta Baja California.