VANGUARDIA: Las responsabilidades sociales y cívicas de la clase media

Un padre de familia vive en la periferia de la ciudad, tiene 3 hijos y trabaja en la maquila. Le han subido la luz, el gas y ahora se pretende hacer lo mismo con la tarifa del transporte público.

Iván Gutiérrez / A los 4 Vientos

Este sujeto quiere salir a manifestarte, está indignado y lleno de coraje porque ha leído que el incremento al servicio de transporte mediocre es el pago del presidente municipal a los concesionarios por su apoyo en las elecciones pasadas, al mero estilo de la mafia priísta del Siglo XX. Pero faltar al trabajo es algo que no se puedes permitir este ciudadano: los niños tienen que comer, hay deudas que pagar y el patrón estaría complacido de despedirlo sin tener que pagar fideicomiso.

Por otro lado, vemos a un ciudadano de clase media, sin hijos (o quizás con 1 o 2), que vive en una zona segura de la ciudad, tienen un ingreso decente y su mente se ocupa en asuntos más allá de cubrir las necesidades básicas de su familia.

Claro, al igual que todos sigue sufriendo el martirio de conducir por calles destrozadas, abiertas y perforadas como la dignidad de la mayoría de los ensenadenses. Sin embargo, su nivel de estudios e ingresos le permiten gozar de algo olvidado por las clases bajas: tiempo libre. ¿Qué hará con ello? Tiene a su disposición un millar de opciones: ir a comer, acudir al gimnasio, ver una serie, ir solo o acompañado al cine, comprar artículos de colección tocar un instrumento, leer, salir a caminar por la playa o ver memes durante horas.

Sin lugar a dudas, la acción con menos prioridad en la agenda de este individuo será la de asumir un compromiso social y cívico con la sociedad con la que comparte la ciudad. Es claro que no todos los ciudadanos tienen el mismo acceso a la participación cívica, pues la regla de la economía neoliberal dicta que el obrero de clase baja debe producir lo más posible, independientemente de que ello implique vivir una rutina agotadora que impida atender a sus hijos y muchos menos desenvolverse en la praxis política de su comunidad y/o ciudad.

Las diferencias entre ambos ejemplos de ciudadano abundan, sin embargo las expuestas aquí bastan para ilustrar el planteamiento principal de este artículo. Ante la explotación laboral y las condiciones precarias de las clases populares, le corresponde a la clase media de Ensenada atender el deber de asumir una responsabilidad social y cívica. De forma general podemos afiromar que la clase media tiene tiempo libre, estudios superiores, y seguramente también valores como la solidaridad, la empatía, la justicia y la dignidad.

Si bien, hasta el momento este sector —integrados tanto por científicos, licenciados, profesores, médicos, empresarios, ingenieros y demás— ha permanecido sumiso, no tiene por qué seguir el mismo libreto que le ha heredado su cultura política.

Es decir, no tiene por qué dedicarse a gastar el poco tiempo libre de su rutina laboral de forma individual, aislada y/o solitaria, sino que puede dar un salto hacia la defensa colectiva de sus derechos y los de sus allegados: puede y debe organizarse, porque es evidente que la inseguridad y el incremento de los robos y la violencia están vinculadas con la corrupción gubernamental y su simulación de atención a los sectores vulnerables, receptores de dádivas que según el pensamiento partidista deben mantenerse en la miseria para comprarles nuevamente el voto en las siguientes elecciones.

Claro, si algo tienen en común ambas clases sociales es su subordinación al patrón (uno como “godinez” el otro como obrero), y es posible que muchos integrantes de la clase media tampoco dispongan de mucho tiempo libre para la participación ciudadana.

Sin embargo, seguro tendrán mejores condiciones de vida y también mayor disponibilidad de tiempo, por ejemplo, gracias al amplio acceso a opciones de movilidad. Es decir, pueden conducir el propio coche, tomar Uber o en su defecto pedir un taxi, lo que representa un ahorro gigante de tiempo, en contraste con los obreros que deben desplazarse distancias enormes desde las zonas marginadas y periféricas de la ciudad hasta sus trabajos en un transporte público vergonzoso.

Así pues, las condiciones para la defensa de los derechos ciudadanos —agua, transporte público digno, vialidades decentes, seguridad, alumbrado público, gobierno justo— están inclinadas para que sea la clase media de Ensenada quien salga a exigir que está harta de que sus impuestos no sirvan más que para enriquecer a unos cuantos.

Quisiera anexar a estas ideas un argumento que rescato de las elecciones en el Estado de México, pensando en lo que se avecina en el 2018. Como se pudo observar por todos los medios, el PRI utilizó toda su maquinaria para comprar votos, llevar acarreados, intimidar a la oposición, secuestrar militantes, intervenir en el conteo de boletas electorales y en sí, realizar un cínico fraude.

En el ágora política no faltó quien dijo que quienes votaron por el PRI son idiotas, que Alfredo del Mazo es el gobernador que se merecen, que somos un pueblo que no aprende. Bueno, este recorte de la realidad deja de lado un aspecto crucial: es extremadamente absurdo esperar que un ciudadano con hambre, sin educación, techo ni trabajo pueda efectuar un sufragio efectivo en total libertad.

Simplemente sus condiciones precarias los obligarán a escoger las dádivas, la tarjeta rosa, la despensa, el billete de quinientos pesos. Y en realidad no podemos culparlo por ello, pues también pudimos ver durante la campaña de Edomex cómo los programas sociales fueron utilizados desde las más altas esferas del poder para secuestrar voluntades a partir de las extendidas necesidades.

Bueno, ahora regresemos a Ensenada. En nuestra ciudad no son pocos los ciudadanos en pobreza extrema, tampoco son pocas las colonias marginadas donde es fácil verse orillado al consumo de drogas, ni mucho menos escasean los desamparados que piden dinero en los semáforos.

Así que más que andar reprochando los votos que son realizados por necesidad, quizás es momento de que esas mentes capaces de grandes voluntades se decidan a organizarse e intervenir en los sectores más vulnerables de su ciudad. Sólo dando ese paso, hablando con el vecino, ayudando a resolver los problemas de la colonia, llevando cultura a las zonas periféricas. interviniendo en los sectores que el gobierno no desea atender y educando a quienes carecen de estudios podremos salir adelante juntos como sociedad. Ser conscientes de nuestro deber social y cívico implica atender la desigualdad, acción indispensable para que, más que juzgar, nos decidamos a actuar. 

El planteamiento ahí está, pero mi visión es parcial. ¿Usted qué opina? ¿Es la clase media de Ensenada la apropiada para este deber? ¿Está listo este sector para asumir un compromiso de este tipo? ¿Serán capaces los ciudadanos de ceder sus placeres/intereses individuales por un bienestar colectivo?