Visceralidad y elecciones

Un capítulo más ahonda el juego perverso en el que participa la mayoría de los mexicanos. Es un capítulo que se suma al inmenso libro de la falta de civismo. Al final es eso. Un civismo inexistente donde todos de alguna manera participamos. La elección en el estado de México es el árbol, la sociedad mexicana es el bosque. Heriberto Yepez diría en una entrevista que los políticos no dejan de ser proyecciones de nosotros, lo cual es una realidad.

Ramiro Padilla Atondo/ A los 4 Vientos

La trampa está tan arraigada que ya se puede considerar uno de los elementos determinantes de los códigos culturales con los que nos comunicamos. La idea del chingón que ha ganado haiga sido como haiga sido. Somos viscerales porque la visceralidad es una posición cómoda. No se requiere ningún esfuerzo intelectual para descalificar. En términos psicológicos vivimos una etapa de negación colectiva. En pocas ocasiones en nuestra historia nos hemos permitido un ya basta.

La gallina que se proyecta en sombra de dinosaurio. «No nos falles», gritó la multitud a Vicente Fox aquella noche de julio del año 2000, cuando el panista celebraba su victoria electoral, con una botella de champán en el Ángel de la Independencia. Foto-imagen:youtube

El desencanto es normal para esa mayoría que optó por un cambio al inicio del siglo. Y esta idea viene del colonialismo mental priísta. Acción Nacional abonó al desencanto democrático al hacer un par de gobiernos desastrosos. Al final, los panistas no dejan de ser mexicanos, y sus comportamientos políticos abrevan de la tradición priísta. Esto se vuelve más notable al darnos cuenta que el antiprísta número uno del país, aquel que sacó a patadas al PRI de Los Pinos, ahora hace campaña de manera descarada por ese mismo partido.

 

Los mexicanos tenemos un primitivismo mental, que no distingue clases. Anclados en el cortoplacismo, optamos por un paternalismo que nos trate como eternos adolescentes y nuestras reacciones van en esa dirección. Una sociedad adolescente es radical per se. Divididos en pejezombies y peñabots vamos dando tumbos por la vida. No tenemos un proyecto de nación porque ese proyecto se lo dejamos a quienes nos gobiernan en base al robo del voto.

El cochinero electoral es recibido con indiferencia. Y esto se lo debemos a un acendrado individualismo promovido por las estructuras políticas del país. Para los partidos somos simple ganado político, ciudadanos desechables a los cuales se recurre solo cuando se requiere. El político abusivo es nuestra creación y a la vez nos crea a nosotros. Es esta contradicción la que permite que vivamos en la postración.

De los españoles heredamos el cortesanismo tan común en el altiplano. Para un norteño como yo, esos comportamientos rayan en la extrañeza, pero explican un poco los porqués de la situación que vivimos. Compra y coacción del voto, amenazas, que son recibidas como parte de un juego “normal” en épocas electorales.

La visceralidad es quizá la emoción más primaria. Todos somos partícipes. Siete de cada diez mexiquenses quisieron un cambio. El partido gobernante dijo que no. Y lo dijo con trampas. Y los ciudadanos al parecer están de acuerdo. Una inmensa mayoría. Están de acuerdo en que papá gobierno les diga qué hacer: que se conformen con un salario pésimo, que se dejen violar asaltar y asesinar porque al final los eternos adolescentes han asumido la violencia como parte del paisaje.

El 70% de los mexicanos ya quiere un cambio real que ponga fin a 90 años de autoritarismo priista que ha dominado la vida nacional, incluyendo los dos sexenio panistas que dejaron incólumes las estructuras antidemocráticas del régimen político mexicano y su modelo de desarrollo neoliberal. Foto: internet

Y es imposible hacerles cambiar de opinión. George Bernard Shaw dijo que a los políticos y los pañales hay que cambiarlos seguido, y por las mismas razones. Imagine usted un pañal que ya tiene noventa años. Y que ese pañal se lo vendan como nuevo. Y que usted no haga un mayor esfuerzo para cambiarlo. Empezaremos a tener un mejor país cuando decidamos dejar de lado la visceralidad. Tenemos pocas alternativas porque la partidocracia es como un gigantesco embudo, y nosotros seguimos anclados en el marasmo.

«Si los ciudadanos lo permiten, el cambio seguirá postergándose». Foto: internet

No se ha dado la última palabra en las elecciones de esos estados. Pero si sus ciudadanos lo permiten, el cambio necesario para el país seguirá postergándose. Y para que haya un cambio, se requiere dejar de lado lo que nos divide y empezar a pensar lo que nos une. Sin descalificaciones baratas.

 

Debemos de dejar la dinámica de pejezombies y peñabots. 

 

 

* Ramiro Padilla Atondo. Escritor ensenadense, columnista y ensayista. Autor de los libros de cuentos A tres pasos de la línea, traducido al inglés; Esperando la muerte y la novela Días de Agosto. En ensayo ha publicado La verdad fraccionaday Poder, sociedad e imagen.