LOS PERROS GUARDIANES: La curiosidad: una historia natural en Manguel

“…com´ avesse l´inferno in gran dispitto”.

Commedia, Dante, Inferno, X, 36.

Por ser una de las más “lúcidas indagaciones en la historia orgánica de la biblioteca universal”, el escritor y director de la Biblioteca Nacional de Argentina, Alberto Manguel –ex columnista de Palabra–, ha sido galardonado con el importante Premio Formentor de las Letras 2017. Aquí, A los 4 vientos, presentamos la reseña de su más reciente libro

Rael Salvador* / A los 4 vientos

Ensenada, B.C.

            Y, como un plus en la aventura del saber, marcha uno –con el ímpetu de quien avanza en un enfrentamiento de alegría cabal– al encuentro o a la relectura de los clásicos y otros maîtres à penser, trátese de paganos o sagrados: la Iliada, la Divina comedia, Virgilio, Petrarca, el Quijote, los Ensayos de Montaigne, Mann, Cortázar o Alicia en el país de las maravillas…

            Es lectura que genera lectura: “arte que ofrece arte”, experiencia multiplicada, como cuando se enmontaña la poeta rusa, Olga Sedakova, en las doradas espirales del florentino. Coexiste gozo y amplitud, canto en la mirada y vibración de piel, semejante a quien atraviesa desnudo un viento de mariposas persas o los pasillos estrechos, rebosantes de justicia divina, de la librería Shakespeare & Company.

            Y que la verdad nos haga justicia: si leer no logra sofocar el Infierno con lágrimas de gloria, sí es lo más cercano que hay al Paraíso.

            Memoria impresa, ya lo refería Borges por partida doble: “Siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca”, porque “biblioteca es sólo uno de los nombres que le damos al Universo”.

            En la posible amplitud del tiempo, Manguel nos ha revelado el dominio de su territorio: Curiosidad. Una historia natural (Almadía, 2015) es una motivación exquisita y superior que evidencia la continuidad de Una historia de la lectura (Alianza, 1998).

            La ceremonia de la lectura –incorporando lo pertinente al asombro– se acredita desde su propia naturalidad, similar a esa gala acometida desde la inconsciencia que es la respiración: lo valioso en ella es que nos mantiene vivos.

            Se lee y da de leer. Y se deja leer, porque sé lo escrito.

            Vamos del escriba en el tiempo, lodo sumerio y carcasa cósmica, a la modelación de lo nombrado; de la magia privada al ritual de la convención; de lo aristotélico y tomista a los siete círculos de ultratumba; de lo teológico a lo tecnológico…

            Traducido al español o disertando en nuestro idioma (un deleite escucharle), el autor de La aventuras del niño Jesús enfrenta a su lector o a su oyente a la exploración de imaginar; es decir, a recuperar la vocación de la curiosidad.

            “Descubrimos muy pronto –nos advierte, sellando alianza– que la curiosidad pocas veces es recompensada con respuestas significativas y satisfactorias, sino más bien con un deseo cada vez mayor de formular preguntas, y con el placer de dialogar con otro”.

            Tomar un escrito –más allá de toda conjetura académica, avalada por la idiotez de los siete monos de la Secretaría de Educación Pública que, contabilizando las frenéticas palabras que se persiguen por minuto, ofrecen a la lectura escolar el carácter de “lamentable pérdida de tiempo”– y leer (descifrar lo que antes pusimos en los alfabetos de la vida), es sumergirnos en el vórtice ancestral del Universo, en franca interlocución con la piedra y la cera, con el hueso y el tatuaje, con el papiro y el manto de las constelaciones, ritual igual de antiguo a la justificación más divina de cualquier inquisidor.

            “Creen los censores –nos dice Manguel– que es posible anular el pasado, enceguecer el presente, desvalijar el futuro, aniquilar una idea una vez expresada y, literalmente, borrar las palabras de la memoria común”.

            Algo similar a la torpe conducta de los políticos, quienes suponen “que deformando o empobreciendo el acto de lectura, pueden transformar a los lectores en meros consumidores, debilitando su poder de reflexión y su juicio, condición necesaria para consumir a ciegas”.

            Aseverando que “durante un tiempo pueden lograr sus propósitos, pero no para siempre”.

            Ahí lo trascendental: la lucidez que sobreviene de los espejos rotos del lenguaje.

            Aprendemos como perros, en un proceso largo y doloroso, las reglas de la fidelidad y la obediencia. Sí, lo mismo para Dante, como para muchos de nosotros, lectores pertinaces. No atendemos y no satisfacemos la curiosidad que nos habita: negamos los caminos y ponemos peso al vuelo.

            Atiborrados de ediciones –con una destemplada lentitud sumergida en la indecisión profunda–, anteponemos el abordaje de nuestro “libro” –como quien arguye que los clásicos son los heraldos del tedio– a la retribución inmediata de conocimiento y, obertura de Guillermo Tell desrevolucionada, terminamos en el burdel de los libros: el coqueteo de la lectura convertido en oficio y pagando caro el triunfo misericordioso del placer.

            La reciente entrega editorial de Alberto Manguel no es nuestro último vagón del alma, por el contrario, como anotaba Antonin Artaud (aturdido ante la impiedad plástica de Van Gogh), con Curiosidad. Una historia natural, de la mano de este Dante metido a Virgilio, “uno se embarca como en un tren hacia una estrella”.

*Escritor, profesor y periodista, autor de los libros Obituarios intempestivos, Ensenada, instrucciones para hacer fuego con el mar y Claridad & Cortesía. En su momento, editor del suplemento cultural Palabra. Correo electrónico: raelart@hotmail.com