VANGUARDIA: «Por lo menos no lo mataron»

“Por lo menos no lo mataron”, pensé con cierto alivio el martes pasado al enterarme de la gran pérdida que sufrió el periodismo crítico en Baja California, al fallecer Sergio Haro, reportero sin miedo, representante del periodismo de investigación en la entidad y fundador del Semanario Zeta.

Iván Gutiérrez

Si bien no conocí personalmente a Sergio, fue para mí una inspiración profunda en el ámbito profesional. Durante la universidad pude visualizar su documental y conversar con él sobre mis inquietudes del ejercicio periodístico. Recuerdo que una de mis dudas era si era posible formar una familia, siendo que el periodismo exige una movilidad constante y un ritmo de vida bastante acelerado. “Es difícil, pero claro que se puede”, me respondió con una sonrisa sincera detrás de la que había una ética profunda digna de admirarse.

Más allá del lamento que deja la partida de Sergio en el corazón de muchos, hay una cuestión que me inquieta de todo esto. ¿Cómo puede ser que la primera idea escrita en este texto —“por lo menos no lo mataron”— haya sido eso, la primera reacción que apareció tras la tristeza por la noticia de la defunción?

Esto es, pues, un reproche a mí mismo y a todos los que hayamos pensado algo similar, en particular los comunicadores. No es posible que nos estemos acostumbrando tanto a que maten periodistas como para que ésta sea nuestra primera impresión ante el fallecimiento de uno de los nuestros.

Claro, también se entiende que por los asesinatos recientes de Javier Valdez y Miroslava Breach y los sistemáticos ataques  contra la prensa en México, el asesinato aparezca como primera posibilidad, y con mayor razón si recordamos que Sergio fue amenazado de muerte en múltiples ocasiones por su trabajo, en el que nos pocas veces exhibió las entrañas del poder y su complicdad con el crimen organizado.

Pero esto no debe ser así. Normalizar el asesinato de periodistas es el primer paso para legitimar la impunidad. “Es que así es en México”, ya decimos de la corrupción, del tráfico de influencias, de la prepotencia de las autoridades, de las injusticias sociales. Si de verdad queremos hacer un cambio debemos decir no a este tipo de pensamiento derrotista y conformista, que transmuta la violencia contra la prensa en algo cotidiano, ineludible, casi natural.

Hay que poner la frente en alto y decir “¡NO!, ¡yo no estoy de acuerdo! ¡No estoy de acuerdo y me esforzaré todo lo que pueda por transmitir el mismo sentir a todos los que pueda, porque no se mata la verdad matando periodistas!”. En estos momentos de creciente inseguridad y violencia en la entidad, garantizar la seguridad del periodismo honesto y crítio debe ser una de las exigencias principales de la ciudadanía, pues sin prensa libre hay dictadura.

Si algo le podemos regalar a Sergio, si algo le podemos ofrecer al gran periodista que nos dice adiós, es un mínimo de dignidad. Que nuestras plumas le den voz a los sin voz, que nuestros trabajos sean un reclamo de justicia, que los disparos de nuestra cámara retraten el sufrimiento de nuestra gente. Ese es nuestra deuda con Sergio y nuestro compromiso con nuestra profesión. Que descanses en paz, reportero. Mantendremos vivo tu legado: la batalla por la libertad de expresión en México.