EL INGRÁVIDO ESPLENDOR DE LA ESGRIMA. Estefanía García versus Ingrid Mendiola

“Fascinante verle con el florete

en posición de guardia”.

Franz Kafka.

       Me detengo en el semblante y, silencio ensimismado, observo cómo éste ensaya el desdibujo de la inocencia: su mirada es un sable que no parpadea… Da tres pasos, se detiene; uno, dos compases más y, brillos de una canción metálica, sus ojos se precipitan al encanto meditativo… Se sabe campeona: la fuga se obnubila en el sabor a oro que ya mordió.

Rael Salvador /A los 4 Vientos

       No tiene más de 13 años y ejecuta con desenfadado un ballet de control y mucha disciplina. Escaramuza de elegancia, está por entrar en combate y la voluntad de su estilo –magia aprendida en la fiebre de repetir rutinas– imanta a la audiencia, la hace visible, y la estridencia se transforma en el dulce murmullo para una reina.

       Bajita, como el guijarro de una estrella, se eleva en su grandeza. Tenaz y hacia el frente, su refriega confronta, reta, anima: fija el sable. El cabello, inasible, recogido; el brazo, recto, luego merodeador, es la extensión del alma; la mano libre, una serpiente que hipnotiza…  

       Observo el tierno fundamento del orgullo: raíz que trenza a la niña con la campeona. Y, entre esa sombra iluminada de vórtices pasajeros, trasluce también la indócil alianza entre la deportista y la estudiante. 12 ó 13… y en el parpadeo de los años, la ternura es un aleteo que corrige su realeza.

       Se trata de Estefanía de Lourdes García Pérez, que representa a Tabasco en la categoría de Sable Femenil Infantil Olímpico, y que a través de su agudo sentido de anticipación y gracia, ya ha ofrecido, en sus tres niveles, la altura del podio triunfador a la mirada expectante de su entrenador y a su público seguidor.

       10 de mayo, Día de las Madres en el mundo. Nos encontramos en el Centro de Alto Rendimiento, en Tijuana, Baja California, sede del Campeonato Nacional de Esgrima 2017, en las categoría Infantil y Juvenil. Los representantes de los estados que conforman el país se dan cita, bromean en camaradería, ríen y celebran el auge de una actividad deportiva de entrenamiento y competición, considerada poco convencional para los alejados, convertida en metáfora técnica –sensual y cableada, vigilado por jueces y calificada por pizarras electrónicas– de los duelos de espadachines de la Edad Media y el Renacimiento.

       Un disciplina en la que sufrimos en la gloria de los triunfos, surgidos al compás de las inevitables derrotas, pero que nos alegramos en su cátedra de voluptuosidad ingrávida, manifiesta en la sublime resistencia de doncellas sensuales y varones perseverantes, quienes terminan en aullidos de alborozo o en una frustración adiamantada por las lágrimas.

       Después de 9 horas de escudriñar y ubicarse, para el reportero y el fotógrafo la jornada ha sido agotadora y, a la vez, larga y feliz, similar a un romance con un tiempo que da paso a la brevedad en el desgrane de minutos intensos y de horas pasmadas por la obligación de las contiendas, unas tras otras, que no paran de anunciarse en la lista de los mil encuentros.

       Tronos recuperados, nuevas campeonas, dando paso al revuelo compartido o, como refería hace un momento, a la soledad a veces triste de desnivelar el medallero de sus regiones, todo ello con la seguridad templada de la entrega total: competir para ganar, jamás para perder.

       Ahora estamos de nuevo con la pequeña Estefanía García, tabasqueña inagotable, simpática y acogedora, quien enfrenta por el oro a Ingrid Mendiola, alta y, a la vez, admirable, atleta madura, de una sola pieza, unidimensional, favorita de muchos, adalid de la selección de Baja California… Trae porra de Ensenada, la parentela: su madre, un silencio de confianza; su padre, un grito de apoyo en cada toque.

       Observo que la esgrima conserva la belleza que el beisbol perdió: los pantaloncillos protectores a la altura de las rodillas: elegancia que resalta las zancadas de aproximación, el vals  aéreo en los pasos del estudiado resguardo y su pinchazo sorpresa.

       En el fondo se admiran, de reojo se miran (“Mi táctica es mirarte”, versó el poeta Benedetti). Primero el enguantado y después el puño afianzado en la cazoleta, la hoja vibra su punta animada como una luna manejable. Las conexiones se encuentran listas: abajo las caretas, ahora las intenciones asoman su luz como un engañoso reflejo del sable y así nos vamos a los 15 toques –tres asaltos de tres minutos– de eliminación directa…

      

       Estefanía ofrece una tercia de pasos, se detiene: registra estocada; uno, dos compases más y, brillos de una canción metálica –contacto de sables–, sus ojos se precipitan al vórtice meditativo… y el sistema de puntuación emite una señal más… Bajita, se eleva en su grandeza: tenaz y hacia el frente, su refriega confronta, reta, anima y fija el sable: luz blanca, la estocada no es válida… El cabello castaño, inasible, recogido; el brazo, recto –hay moretes en el hombro–, luego merodeador, medido, juguetón, es la extensión dolorida y confiada del alma; la mano libre, una serpiente que intenta hipnotizar, que se abalanza o… se precipita.

       Todo un espectáculo deportivo. Esta noche, esplendor de por medio, Ingrid se cuelga el oro.

*Escritor, profesor y periodista, autor de los libros Obituarios intempestivos, Ensenada, instrucciones para hacer fuego con el mar y Claridad & Cortesía.raelart@hotmail.com